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La cuna del castellano... y del euskera

Martes 25 de Diciembre, 2018
Este lugar tiene el color de la historia y la gracia de una lengua que hoy hablan cerca de seiscientos millones de personas. Alberto de Frutos.

Que La Rioja es un paraíso natural, gastronómico y cultural lo sabemos todos, en España y fuera de España. Los astros se alinearon para alumbrar una tierra cuya visita constituye siempre una experiencia que perfecciona la anterior. En este puzle inacabable, San Millán de la Cogolla es como la clave que sostiene la bóveda de La Rioja.

Los nombres del santo visigótico Emiliano –san Millán– y de Gonzalo de Berceo se citan con el del anónimo monje que, a mediados del siglo X o principios del XI, anotó en los márgenes de un códice en latín unas glosas para orientarse en medio de ese laberinto lingüístico.

Se sirvió del romance, el habla del pueblo y, con razón, los estudiosos consideran que aquel trabajo fue la primera muestra de la “literatura” en español. El descubrimiento de las glosas emilianenses se produjo allá por 1911, de la mano del arqueólogo e historiador Manuel Gómez-Moreno, quien, trabajando en el monasterio riojano, se topó con esos apuntes, que transcribió para que el sabio Menéndez Pidal los estudiara a su sabor. Fue este quien los dio a conocer, aunque la expresión “cuna del castellano” no se acuñaría hasta unas décadas más tarde.

SUSO Y YUSO
San Millán de la Cogolla está conformado por dos monasterios, Suso (arriba) y Yuso (abajo). El primero, iniciado a fi nales del siglo VI, es el más antiguo, como nos sugiere el relente de sus cuevas: en su scriptorium se fraguó el castellano y, en su biblioteca, se labró el alma de nuestro primer poeta, Gonzalo de Berceo, autor de Los milagros de Nuestra Señora.

Cuando éste vio la luz, el monasterio de Yuso, un sueño del rey García Sánchez III el de Nájera, llevaba más de un siglo en pie –de hecho, Berceo fue también clérigo notario del templo–, aunque nada se conserva de su primera planta y lo que ha llegado hasta nosotros es un fruto posterior. Ambos recintos pueden –deben– ser visitados, puesto que cada uno nos brinda unas lecciones diferentes.

En Suso se encuentran, por mor de la leyenda, los sarcófagos de los siete infantes de Lara, el cenotafi o de San Millán y lo que algunos reputan como el altar más antiguo de España, consagrado, cómo no, al santo que fundó el monasterio, patrón de Castilla tras la batalla de Simancas del siglo X.

Yuso, El Escorial de La Rioja, nos recibe con las pinturas de Juan Ricci en el Salón de los Reyes –Fernán González, Sancho el Mayor, García el de Nájera y Alfonso VII de Castilla son sus protagonistas–; nos amansa luego en el claustro; y nos seduce en el resto de sus estancias: la iglesia, la sacristía –con los impresionantes frescos del techo– o el claustro superior.

SINÓNIMO DE HISTORIA

Hay lugares con historia y luego está el monasterio de San Millán de la Cogolla, historia viva, inmarcesible, emocionante. Si hace mil años la devoción atraía a miles de peregrinos a este rincón junto al Camino de Santiago, hoy su número de visitantes se ha multiplicado por esa religión global llamada turismo, que se subraya aquí por el interés científico del recinto. Tres institutos de investigación –“Orígenes del Español”, “Historia de la Lengua” y “Literatura y Traducción”– velan por el legado que un monje sembró en los márgenes de un códice en latín y apuntalan día a día nuestro patrimonio lingü.stico. En San Millán de la Cogolla las piedras hablan, ¿cómo iba a ser de otra manera?

Aunque las glosas emilianenses halladas en el monasterio de San Millán de la Cogolla –que entonces pertenecía al reino de Navarra– se conozcan sobre todo por ser el documento fundacional del castellano, dos de ellas están escritas en vascuence o euskera, concretamente las de los folios 67v y 68v.

Como hemos visto, estas anotaciones las solían escribir los monjes para explicar y ayudar a entender el párrafo en latín al que acompañaban. En el caso de las escritas en euskera, se refieren a un texto sobre el beato San Agustín y su interpretación no es fácil. Las glosas en cuestión rezan: “Izioki dugu” y “guec aiutu ez dugu”. La teoría más plausible sobre su traducción sería “nos alegramos” y “no nos es suficiente”, respectivamente.

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