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El mundo de los dólmenes, raíz de la antigüedad

Viernes 20 de Julio, 2018
Los dólmenes y megalitos del sur de la península Ibérica siguen suscitando el interés de expertos y profanos. Ahora, el escritor José Ruiz Mata aporta en "Megalitismo" (Almuzara) una nueva visión sobre el origen de este fenómeno y desentraña la raíz común de las antiguas civilizaciones.

Si nos fijamos en un mapa en el lugar que ocupan las ciudades de Asta, Huelva, Lisboa, Oporto, las rías gallegas, Burdeos, la región de Bretaña, Amberes, Hamburgo, Dublín, Londres o Bristol, comprobaremos que todos esos sitios, y algunos más, comparten varias particularidades:

1. Son ciudades que están construidas en el fondo de una ría, viven del mar, pero se protegen de él.
2. En esos lugares, o en sus cercanías, existen restos megalíticos y yacimientos de vaso campaniforme y espadas en lengua de carpa.
3. El cultivo de la vid es importante en todas esas zonas donde el clima lo permite.
4. El nombre que nos ha llegado de esos territorios tiene que ver con la palabra gal: Portugal, Galicia, Galias, País de Gales; del nombre original de Tartesos no queda más que la denominación griega. De todas maneras, el nombre de Gadir o Gades nos presenta también un sugerente “Ga”.
5. Los pueblos que allí moraban tenían comercio con los megalíticos.
6. Dan a la costa atlántica.
7. El gen R1b (celta-vasco) es mayoritario en sus habitantes.

Estas características nos sugieren que se trata de una misma civilización que ocupa todo el frente atlántico europeo, un pueblo navegante, que conoce el vino y edifica monumentos con grandes piedras. Nuestra hipótesis es que un pueblo, de amplia cultura, dejó su tierra en África a causa de alguna catástrofe marítima y viajó hacia el norte, pasó el estrecho de Gibraltar y vino a asentarse alrededor del lago Ligustino.

En este lugar privilegiado desarrolló su cultura original y fue colonizando toda la costa atlántica hasta las islas británicas. El lago Ligustino, también conocido en la Historia como Sinus Tartessius o Lago Tartésico, era un lago con salida al mar que ocupaba las actuales marismas del Guadalquivir, desde Sanlúcar de Barrameda hasta pasado Sevilla, de largo, y desde Lebrija al Rocío, de ancho; gran parte del actual Parque Nacional de Doñana se ubicaría dentro de este lago.

DEL PLEISTOCENO AL HOLOCENO
Esta catástrofe pudo ser el cambio del Pleistoceno al Holoceno fechado hacia 9800. El Holoceno, época geológica actual, es un período interglaciar en el que la temperatura se hizo más suave y la capa de hielo que cubría gran parte del hemisferio norte se derritió, lo que provocó un ascenso del nivel del mar.

Entre 9500 y 9000 la línea de costa subió unos 25 metros. Entre 6200 y 5600, quizá por el drenaje de algunos lagos, el nivel del mar creció un metro más hasta casi estabilizarse hacia el año 4000. Además, muchas zonas del norte, que habían sufrido el peso de los glaciares, subieron considerablemente al verse liberadas de ellos; por encima de los 40 grados de latitud se elevaron unos 180 metros, ascenso que continúa en la actualidad.

Lo que, por isostasia, provocó que las placas más al sur se hundieran para estabilizarse. Si el actual desierto del Sahara fue un vergel durante el Pleistoceno, donde se pudieron dar importantes culturas, la entrada del mar provocaría tal desastre que sus habitantes tuvieron que emigrar. Cuando el mar se retiró solo quedaría un inmenso arenal que, a causa de los vientos alisos que aleja las lluvias, se convertiría en el desierto que es hoy. No obstante, en aquella amplia zona africana debieron coexistir diversos pueblos con culturas afines pero distintas. En su emigración unos se debieron ir hacia Egipto, otros hacia Europa, algunos se refugiaron en las islas Canarias y puede ser que, incluso, llegasen a las costas de América y Asia.

La expansión de ese o esos pueblos explicaría también el porqué se dan pirámides en Egipto, pirámides truncadas en Canarias y en algunos lugares de América y Europa, y los zigurats de Mesopotamia. Ésta también sería la razón sobre las versiones de la leyenda de Noé que se dan en diversos y distantes lugares del mundo y todas con relación al cultivo de la vid; la de los hombres blancos que dieron origen a los incas y tantas otras tradiciones antiguas que otorgan el origen de ciertos pueblos a unos seres venidos del mar. Algunos estudiosos plantean el parecido entre la lengua vasca y el guanche de Canarias.

LOS HIJOS DE JAVÁN
La llegada de este pueblo a la península Ibérica debió ser hacia 5600, cuando comienza el Neolítico gracias a las técnicas que estos hombres incorporaron, si no fueron ellos mismos quienes dieron comienzo a este período sin la participación de los autóctonos. Según la Biblia, fueron “Los hijos de Javán (hijo de Jafet): Elisa, Tarsis, Quintim y Dodanim. A partir de estos se poblaron las islas de las gentes”.

Para Martín de la Torre, “durante la Edad Media, los eclesiásticos dedicados al estudio y comentario de la Biblia advirtieron por vez primera que el “país de Tarschisch” era el mismo Imperio de los tartesios descrito por los helenos y que parecía estar situado en el Suroeste de España, comparando asimismo la analogía del nombre hebreo con el de Tharsis, hijo de Iavan, nieto de Iafet, biznieto de Noé, y que fue el primero de los hombres que vinieron a poblar España, de quien los españoles se tenían por descendientes directos”.

Diversas fuentes citan al ligur o a otros pueblos del sur que llegaron en la remota antigüedad al Guadalquivir: Hesíodo nombra a los ligures como pueblo principal de Occidente que poseían gran parte de la península Ibérica; Escimo y Estrabón dan noticias de que los tartesios cuentan que los Etíopes se extendían antaño hasta Erytheia; Avieno nos informa al respecto: “Los Cempsos y los Sefes tienen elevadas colinas en el campo de Ofiusa; cerca de estos el ágil Ligur y la prole de los Draganos colocaron sus lares hacia el septentrión nevado”, y más adelante “Y, por fi n, muchos autores dicen que aquel Herma (banco de tierra cerca del estrecho de Gibraltar) estuvo primitivamente bajo el dominio de Libia, no siendo de despreciar Dionisio, quien enseña que Tartessos es el confín de Libia”.

Schulten sostiene: “El origen africano de los Íberos se confiere con absoluta certeza de la repetición del nombre de los Íberos en los Nekt-Íberos de Marruecos (Ptolomeo, 4, 1, 5) y de numerosos nombres toponímicos libios en Andalucía; pero principalmente de la identidad de su naturaleza física y espiritual. Y los antiguos anales de los tartesios informaban acerca de la inmigración de tribus africanas en Andalucía”.   

DURANTE EL PALEOLÍTICO
No debió de existir un concepto de propiedad privada; el hombre recolector y cazador apenas si tendría unas pocas armas líticas, de madera o hueso, y unos utensilios domésticos que bien podrían pertenecer a la tribu. En cuanto a la tierra poseerían un territorio de caza y recolección que, llegado el caso, defenderían de otras tribus, pero sin un sentimiento claro de propiedad; en cuanto una zona no les resultara rentable se desplazarían a otra.

La dirección del clan estaría en manos de los viejos, por tener más experiencia, y de algún adulto que hubiera demostrado su valía, tal como ocurría en los indios de América del Norte. Con la entrada del Neolítico la situación cambió, ahora sí tenía una tierra que había trabajado y de la que esperaba obtener sus frutos; se había convertido en sedentario. A los antiguos utensilios, pues seguiría siendo cazador y recolector, se incorporarían sus nuevas herramientas de trabajo y, sobre todo, la propiedad de la tierra y su producción, aparte de armas más sofi sticadas con las que defenderlas de posibles enemigos.

Entonces sería cuando aparecerían una serie de señales, como los menhires o las estelas, con los que señalar que un territorio tenía dueño. Está claro que es más rentable atacar a una comunidad, y quedarse con el fruto de su trabajo, que esforzarse en cultivar y esperar la cosecha, con el ganado pasaría algo parecido; es más productivo robar unas cabras que criarlas.

Para defender la tribu de los atacantes aparecerían los guerreros, los hombres más fuertes de la comunidad que se enfrentarían a los posibles ladrones y, llegado el caso de necesidad, dirigirían expediciones para robarles a los vecinos. Los jefes de estos guerreros partirían con una situación de ventaja con respecto al resto del poblado, ellos controlaban la violencia. Poco a poco irá surgiendo la propiedad privada, sobre todo con la aparición del cobre, pues estas elites, bien por coacción o por convencimiento, se apropiarán de los recursos del poblado.

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