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JÚPITER CONTRA CRISTO

Viernes 22 de Agosto, 2008
La llegada del cristianismo a la Península supuso un punto de inflexión en el curso de nuestra historia.
Sin embargo, su implantación en Hispania no fue sencilla. El paganismo, firmemente arraigado, resultó ser un duro adversario a pesar de que el cristianismo pasó a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano. La lucha librada entre ambos, por lo extensa en el tiempo y la multitud de ámbitos que abarcó, resultó formidable.

En el año 380 d.C., el por entonces emperador romano Teodosio I (378-395) promulgó en Tesalónica (Grecia) la constitución Cunctos Populos, por la que ordenaba a todos los pueblos que vivían bajo su amparo la adhesión al cristianismo, credo del que hacía la religión oficial del Imperio. El texto, más conocido como Edicto de Tesalónica, se expresaba con toda claridad:
“Deseamos que todas las gentes gobernadas por nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos y que es la que hoy profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría Pedro, hombre de santidad apostólica. Según la disciplina apostólica y la doctrina evangélica, dicha fe dice que hemos de creer en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, iguales en majestad bajo la Santísima Trinidad. Por esta ley disponemos que los que sigan esta norma sean llamados cristianos católicos. Los demás, a quienes se puede juzgar locos, sufrirán la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no serán considerados como iglesias y serán destruidos tanto por venganza como por nuestra iniciativa, que tomaremos de acuerdo con el arbitrio celeste.

Expedido por Graciano Augusto, Valentiniano y Teodosio Augusto, Emperadores, el día tercero antes de las calendas de Marzo.”
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