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Alfonso de Borbón, el hombre que quiso ser Rey

Sábado 15 de Septiembre, 2018
¿Quiso Alfonso de Borbón ganarse la simpatía de Franco casándose con su nieta para que les designara retes de España en sustitución de Carlos y Sofía? Tras una investigación histórica, así sería la historia. Fernando Rueda.

Alfonso de Borbón y Dampierre era hijo del infante Jaime, el sucesor al trono de su padre Alfonso XIII, un sucesor sui géneris porque tras la proclamación de la segunda república en 1931 tuvieron que irse al exilio.

Jaime era sordomudo y en 1933 su progenitor le obligó a renunciar a sus derechos, con lo que sus hijos también quedaron fuera de la línea sucesoria. Alfonso, el mayor de ellos, se educó en colegios italianos y suizos hasta que en 1954 se fue a España, junto con su hermano Gonzalo, una vez conseguido el permiso imprescindible del dictador Franco.

Continuó sus estudios superiores con cierta discreción, fuera de los focos de la opinión pública, gracias a que la atención estaba centrada en su tío Juan y en su descendiente, su primo Juan Carlos.

Nada habría cambiado sino hubiera sido por una carambola, que como ha demostrado la historia no fue tal. Y porque a pesar de la renuncia de su padre, él mantenía el ánimo de ser el futuro rey de España cuando Franco dejara el poder. Así lo manifestó abiertamente en una entrevista a una televisión francesa en los años 60 cuando le preguntaron sobre sus posibilidades de reinar:

“Hay tres condiciones para esto: tener sangre real, tener 30 años de edad y ser español. Obviamente, yo cumplo dichos requisitos”.

Sus pretensiones estaban claras y la guerra entre ramas de la monarquía española estaba declarada. Pocos años después, pareció que el conflicto se había acabado cuando el dictador nombró a Juan Carlos de Borbón sucesor a la jefatura del Estado. Franco era consciente de la pelea por la sucesión y no fue casualidad que nombrara a Alfonso embajador en Suecia, más bien fue un deseo de apartarlo de la vida nacional alejándolo de la realidad del día a día.

Alfonso se fue disciplinadamente a su nuevo cometido en representación de España. Como es imposible meterse en su cabeza y en la de Cristóbal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde, no podemos conocer si los primeros pasos de lo que ocurrió posteriormente fue casualidad o un intento premeditado.

Pero el hecho fue que Carmen Martínez Bordiú, la nieta de Franco, estaba sometida a un férreo control paterno, que incluía una vigilancia intensiva sobre todos los hombres que se la acercaban. De hecho, para quitarla de la circulación en España, la enviaron de viaje por los países nórdicos.

¿AMOR O INTERÉS?
Un día conoció en un acto al embajador español en Suecia, Alfonso de Borbón, algo aparentemente normal dado lo que ella representaba. Algo surgió en el interior del hombre que había sido apartado por Franco de la sucesión a la jefatura del Estado. Ese algo podía ser amor o simplemente que encontró la vía para recuperar el bien ansiado de la sucesión.

En Madrid, el marqués de Villaverde conoció el acercamiento de Alfonso a su hija y en lugar de seguir comportándose rígidamente con su hija le ofreció la libertad de movimiento de la que no había gozado hasta ese momento. Alfonso era un caballero de la época y supo manifestar sus intenciones con precaución.

Carmen vio que estando con él disponía de la libertad que nunca había tenido y se dejó querer para asentar esa libertad. Ahora sí que no había duda de que los planes que hacía Alfonso eran muy atracti vos para los padres de Carmen. Una unión entre ambos podría llevar al abuelo de la chica a reconsiderar el nombramiento de Juan Carlos como sucesor.

Carmen pudo estar al margen de conspiraciones y solo buscó hacer su vida, después de tantos años de control. La petición de mano tuvo lugar el 23 de diciembre de 1971 en el palacio de El Pardo, como no podía ser de otra manera, en presencia de Franco. Tres meses después, se casaron en el mismo palacio, acudiendo esta vez el infante Jaime, padre de Alfonso, que por primera vez regresó a España tras la salida de toda la familia cuando llegó la república.

Ese momento supuso para el príncipe Juan Carlos un disgusto que ponía en peligro su futuro como rey. Sabiendo cómo funcionaban los sectores franquistas es fácil deducir que imaginó que pretenderían colocar a la nieta de Franco como futura reina de España para garantizarse su supervivencia tras la muerte de un dictador ya mayor. No se equivocaba.

DESPRESTIGIAR AL MARQUÉS DE VILLAVERDE
Los conspiradores que querían apartar a Juan Carlos de la sucesión partían del hecho de que Franco no podía ni oír hablar de su padre Juan y que su mujer, Carmen, intentaría influir en su marido para coronar a su nieta, la niña de los ojos de los dos. Los movimientos comenzaron en el entorno del dictador.

La camarilla que tenía acceso a él era reducida, pero todos empezaron a lanzarle el mismo mensaje a favor de Alfonso y su nieta Carmen. Pero Franco tenía sus ideas claras y no terminaba de ver el asunto. Estas maniobras, previas incluso a la boda, llegaron a los oídos del vicepresidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, que nunca había sentido una especial predisposición al príncipe Juan Carlos.

Sabía que muchos franquistas no veían con buenos ojos que una griega reinara en España, pero estaba en contra de lo que sabía era una campaña urdida por el marqués de Villaverde para asentar sus influencias en el futuro. Así que prefirió optar por Juan Carlos para la sucesión y lo hizo recurriendo a las alcantarillas del poder en ese momento, que era el servicio secreto que él controlaba.

Se reunió con el jefe del servicio, José Ignacio San Martín, pero lo hizo más de un año antes de que se anunciara el compromiso, previendo que la conspiración en marcha podía intentarlo todo. La orden que le dio al jefe de los espías tenía que ver con los odios más profundos arraigados en el interior de Franco: los masones. Había que desprestigiar a Alfonso y Carmen utilizando al marqués de Villaverde, vinculándole a grupos mafiosos.

Nada en ese momento hacía presagiar que existiera realmente esa relación, pero era la única vía posible para dar un golpe en la mesa del dictador y hacer que se olvidara de convertir a su adorada nieta en reina. Si alguien podía desenterrar esa vinculación, sin duda serían sus fieles del servicio secreto.

¿Cómo demostrar que el marqués de Villaverde era masón? San Martín puso sobre la mesa unas sospechas que, según quien lo cuente, era información con base escasa o una mera especulación. Porque pensar que el yerno de Franco podía estar próximo a la masonería parecía una locura.

Pero el jefe del espionaje les contextualizó el trabajo que les estaba encargando. La unión de un Borbón como Alfonso con la nieta de Franco había despertado unas ilusiones inusitadas entre diversos círculos del franquismo que veían cómo el jefe del Estado, entrando en la recta final de su vida, había tenido la ocurrencia de designar como sucesor a Juan Carlos, hijo de don Juan, un Borbón que no gustaba a nadie.

Eso suponía, ninguno se engañaba, que en cuanto sucediera a Franco aparcaría el régimen y todos ellos perderían la influencia de la que gozaban hasta ese momento. Entre ese gran grupo de personalidades atadas al régimen estaban, según San Martín, gente influyente de todos los sectores de la vida nacional, entre los que destacaban empresarios y banqueros que habían asentado sus reales en el franquismo y temían perder su espacio.

Si conseguían que la nieta de Franco fuera reina, sin duda tendrían muchas más posibilidades de mantener su estilo de vida cuando Franco muriera. San Martín tenía claro, y sus directivos de confianza también, que Carrero Blanco quería desmontar la operación desprestigiando al yerno y metiendo el tema de los masones de por medio. Aunque todos sabían que cualquier otro asunto grave que apareciera y pudieran vincularlo con Alfonso y Carmen también serviría.

Cuando comenzó esta operación, todavía no se habían casado y existía la posibilidad de que no lo hicieran, con lo que se habría clausurado. Nadie les dijo que el encargo debía cerrarse en poco tiempo, aunque con el paso de los meses la relación de la pareja se asentó, se anunció la pedida de mano y luego el matrimonio. Iba a ser un trabajo con mucho estrés.

MUCHO TRABAJO Y POCOS DATOS
El servicio partió de un principio a demostrar: el marqués de Villaverde era masón y estaba conspirando para que su hija fuese reina. Por ello lo prioritario fue investigar las personas con que se relacionaba.

Los agentes operativos iban siendo avisados de que tenían que controlar esas comidas, cenas o reuniones de Cristóbal Martínez Bordiú, con el matiz que les señalaban sus jefes de que él no era el objetivo, sino las personas con que se encontraba. No daban detalles, no explicaban razones, pero lo lógico era pensar que había garbanzos negros entre sus amistades. Después de cada uno de sus encuentros, los operativos se distribuían entre las personas que se habían reunido con él y al único que dejaban sin seguimiento era al marqués.

El resto pasaba a engrosar inmediatamente una lista de sospechosos a los que identificaban, vigilaban, intervenían sus teléfonos e, incluso, revisaban su basura, algo muy común en aquella época en la que no existían ordenadores y la gente echaba a la papelera los papeles que no quería guardar.

Las decenas de personas perseguidas pertenecían a lo más granado de la sociedad española, personas influyentes de alto poder económico, que se veían con el marqués en clubs privados como el de Puerta de Hierro o en restaurantes prohibitivos como Jockey o Zalacaín.

Cuando Alfonso y Carmen ya se habían casado y el tema de su designación estaba más en ebullición, uno de los personajes de la lista de contactos del marqués planeó un viaje a París. Era una de las principales pistas que tenían para demostrar la conexión masónica del marqués. Era Antonio de Villar Massó, considerado por algunos un confidente policial, que era masón y había tenido problemas con la cúpula de la organización.

Con la esperanza de encontrar algo, le siguieron por su periplo francés que concluyó en la localidad de Le Havre, en el noroeste de Francia, en la región de Normandía. Allí le vieron reunirse con uno de los más importante francmasones del país. No es que el marqués tuviera una intensa relación con Villar Massó, pero los directivos del SECED cantaron bingo.

A principios de 1973, Carrero Blanco le pidió a San Martín que le entregara un informe por escrito con sus conclusiones para que Franco lo leyera. Había que parar a los que querían quitar a Juan Carlos para poner a Alfonso amparándose en su esposa Carmen. El redactor fue Leandro Peñas que desde el principio había sido uno de los que había llevado directamente la operación.

Después de más de tres años de investigación es fácil de suponer los miles y miles de folios escritos y los cientos de grabaciones archivadas. Sin embargo, su informe ocupó menos de tres folios, algo inteligente pues iba a ser leído por el jefe del Estado. Peñas sabía lo que Carrero Blanco quería que pusiera el informe y lo escribió basándose en todo lo que sabía que habían descubierto.

Si le hubieran encargado defender lo contrario lo podría haber hecho perfectamente también. Explicó la vinculación del marqués con la masonería española representada por Villar Massó y de este con la masonería francesa. Y le añadió, sin que se sepa de dónde procedía esa información, que Martínez Bordiú les había pedido apoyos para que Alfonso de Borbón fuera rey y a cambio les ofrecía que la masonería española aceptara el ingreso de mujeres, la primera de las cuales sería su hija Carmen, la reina de España.

¿Podía alguien creerse eso?, desde la perspectiva de hoy parece imposible, pero… San Martín firmó el visto bueno del informe de Peñas, se lo pasó a Carrero Blanco y este al general Franco, que sí se lo creyó, un ejemplo de la poca estima en la que tenía a su yerno. El informe sirvió para que el dictador tomara de inmediato la decisión de que Alfonso y su nieta Carmen nunca serían los reyes de España, poniendo punto final a las conspiraciones urdidas entre los sectores más franquistas. Franco murió el 20 de noviembre de 1975 y fue proclamado rey Juan Carlos I.

Alfonso de Borbón reprocharía a su mujer que su abuelo no le había ayudado a alterar la línea sucesoria, algo que a Carmen no le importó demasiado porque en cuanto pudo se separó de él alegando que nunca estuvo enamorada.

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