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La cara oscura de ETA: crímenes sin resolver

Jueves 31 de Mayo, 2018
Más de 50 años de historia se han acabado. Sin embargo, el fin de ETA no tiene que cerrar las decenas de agujeros que están sin resolver, algunos sucesos trágicos no sabemos si fueron o no culpa de la banda terrorista, la guerra sucia sigue sin ser aclarada…

El final de la banda terrorista ETA, anunciado oficialmente el 4 de mayo pasado, no se entendería sin buscar las claves históricas. En 1952, un grupo de jóvenes, con formación universitaria, consideraron que el nacionalismo del PNV no era la solución a los problemas del País Vasco. Era el germen de una disidencia que los seguidores de Sabino Arana consiguieron contener durante unos años, pero que finalmente dio origen en 1964 a una ETA que defendía la lucha armada para conseguir sus objetivos.

Los nacionalistas conservadores hicieron en un primer momento todo lo posible para evitar su creación, pero con el paso de los años optaron por utilizarlos para llevar a cabo sus objetivos en la medida de lo posible. Para ello, emplearon al Servicio Vasco de Información (SVI), montado durante la Guerra Civil –muy activo durante la Segunda Guerra Mundial–, en la que habían creado importantes vínculos con el espionaje inglés y muy especialmente con la CIA estadounidense.

El gran baluarte del SVI fue el lendakari en el exilio Jesús María Leizaola, que siempre intentó, al igual que sus sucesores en las alcantarillas del PNV, que gente afín estuviera bien colocada en los aledaños del poder de ETA. Algo que consiguieron al menos en las dos primeras décadas de la banda. Razón por la cual los especialistas vieron su mano detrás del atentado del presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco. A Estados Unidos le interesaba que no se asentara en ese puesto durante la Transición y pudieron facilitar información sobre sus actividades a ETA, utilizando un contacto con la banda que a su vez colaboraba con los espías vascos. Nunca se ha llegado a conocer su identidad, pero sí que facilitó el informe sobre Carrero Blanco durante una reunión en el hotel Mindanao de Madrid.

Después de los primeros asesinatos de ETA en 1968, el de Carrero Blanco dio a la banda la imagen de ser un grupo terrorista que luchaba a favor del cambio de régimen y muchos creyeron que eran defensores de la democracia. Se equivocaban totalmente.

No pasaron muchos meses del atentado con bombas en Madrid cuando ETA se escindió en dos ramas: los milis y los político-militares. Los primeros eran minoría y defendían una lucha más salvaje, mientras los segundos creían en la lucha armada a corto plazo para conseguir fines políticos.

El guirigay que tenían montado era tal que en 1974 una de las primeras misiones de un joven que pretendía formar parte de la banda en ese momento, Mikel Lejarza, El Lobo, un topo del servicio de inteligencia, fue descubrir que la rama más fuerte era la político-militar.

“PERTUR”, VISIONARIO DEL PARTIDO POLÍTICO

Eduardo Moreno Bergaretxe, alias Pertur, era en aquella época el responsable político de ETA p-m y representaba el tipo de militante de la organización. De familia burguesa acomodada, buena educación, había estudiado Empresariales con los jesuitas en Deusto. Era uno de los más radicales de la clase y no dudó en entrar en la banda, aunque pronto quedó claro que sus ideas no eran la defensa de una larga batalla contra el Estado, sino la creación de un partido político abertzale que defendiera en la democracia unas ideas políticas distintas a las del PNV, más avanzadas y de izquierdas.

Una gran parte de sus compañeros disponían, como él, de una formación política previa y aunque discrepaban en los tiempos, pensaban que el objetivo último de ETA p-m debía ser entrar en política. Pertur quería llevar a cabo grandes acciones que pusieran al Estado contra las cuerdas para que aceptara algunas de sus exigencias y después hacer desaparecer ETA y convertirse en una formación política. Sus compañeros de la rama militar, que siempre ha sido la que ha mandado en ETA, decían que estaban de acuerdo, pero que había que esperar.
Pertur quiso ejecutar su plan en 1975 llevando a cabo diversos secuestros de españoles influyentes e importantes, consiguiendo una fuga de los presos de ETA encerrados en la cárcel de Segovia y anunciando en un gran mitin en Portugal las condiciones impuestas al Gobierno para poner fin al conflicto. Su plan se vino abajo porque tenían a El Lobo infiltrado y en septiembre de ese año cayó la inmensa mayoría de sus jefes y comandos.

Después de eso, los que consiguieron evitar la cárcel se sumaron a ETA militar y tomaron la dirección que marcaban las armas y se olvidaron la vía política. Como broche final, en 1976 Pertur se convirtió en un estorbo para los planes por los que la mayoría había optado y “le hicieron desaparecer”, una forma cobarde de llamar a un asesinato que nunca reconocieron.

Fue el inicio discreto de la forma en la que ETA empezó a solucionar sus problemas de disidencia. Nadie que hubiera entrado podía salir, nadie podía criticar el tipo de acciones asesinas que llevaban a cabo. El silencio entre sus militantes fue una obligación.

Si con Pertur a día de hoy todavía reina el silencio sobre los detalles de su asesinato, diez años después, en 1986, no tuvieron problema en lanzar a los cuatro vientos la información de que habían ejecutado a Dolores González Katarain, Yoyes.

Si Pertur había escrito días antes de morir que “esos bestias han creado un clima tal en la organización que ETA no es un colectivo revolucionario, sino un Estado-Policía, donde cada uno sospecha del vecino y éste del otro”, también Yoyes explicó en otra carta que “no quiero actuar en apoyo de una lucha que ha degenerado en algo terrible, dictatorial y mítico, contrario a mis valores y sentires más profundos y constantes en mi trayectoria”. ETA consiguió que los militantes no expresaran sus dudas por miedo a las represalias y evitar deserciones durante mucho tiempo.

ATENTADOS NO REIVINDICADOS

En esos años de plomo se generó también una política informativa de la banda que decidía qué acciones reivindicaban –la mayoría– y qué otras les hacían correr un tupido velo. Porque si oficialmente son 829 las personas asesinadas, las asociaciones de víctimas establecen que el número real podría rondar las 1.200.

Entre ellas destaca el incendio que el 12 de julio de 1979 acabó con el hotel Corona de Aragón de Zaragoza. Las familias de los cadetes de la Academia General habían viajado a la ciudad para asistir al nombramiento de alféreces, entre ellos la familia Franco. Ochenta personas murieron y más de ciento treinta resultaron heridos. Mucho se ha especulado sobre el tema. Según parece ETA reivindicó la masacre, pero el Gobierno prefirió taparlo, algo que benefició a la organización terrorista.

De entre todos los casos históricos que muestran y explican los motivos del silencio de ETA para no reivindicar asesinatos, está el de tres jóvenes gallegos que se habían trasladado al País Vasco en busca de oportunidades laborales. Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García eran apolíticos y su único “delito” fue viajar a San Juan de Luz para ver la película El último tango en París.

Al concluir el pase, se fueron a tomar unas copas a una discoteca y tuvieron la mala suerte de coincidir con un comando de etarras controlado por Tomás Pérez Revilla y formado por Prudencio Sodupe, Jesús de la Fuente, Ceferino Arévalo y Manuel Murúa. Estos les confundieron con policías y al salir de la discoteca los amenazaron con sus pistolas y se los llevaron a un chalet donde los interrogaron sometiéndoles a todo tipo de salvajes torturas. Cuando se dieron cuenta de su error consideraron que ya era tarde para dejarlos en libertad. No querían reconocer una equivocación tan tremenda, sobre todo después del castigo al que les habían sometido. Así que los mataron, los lanzaron a cualquier agujero y se juramentaron para no contar nada. Muchos consideran que no habrá un final real de ETA hasta que se reconozcan estas muertes, como no hubo final a las dictaduras latinoamericanas hasta que se explicó el paradero de los desaparecidos.

LA PRENSA COMO ARMA

Con el paso de los años, la guerra de ETA fue introduciendo nuevos elementos que les ayudaran a conseguir sus objetivos de independencia por medio de las armas.

Uno de esos frentes fue la creación de un grupo mediático que sirviera de altavoz a sus planteamientos. Tuvieron diversos medios, pero el más importante de todos fue el diario Egin. Fue la plataforma que les defendía incondicionalmente, en la que solo podían trabajar periodistas vinculados al brazo político de ETA, Herri Batasuna, en un tiempo en el que no había diferencias ideológicas entre ambos.

El uso de la información para conseguir réditos en su lucha quedó plasmado en el papel que jugó el periodista Pepe Rei, jefe de investigación del diario. Desde el País Vasco, con total libertad durante muchos años, señaló objetivos a los comandos y llegó a pasarles numerosas investigaciones que había llevado a cabo sobre personas contrarias a su movimiento de liberación.

En 1988 fue cerrado por orden del juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón. Once años después, los consiguientes recursos echaron atrás la resolución, pero ya no les fue posible reabrirlo y lanzaron su sustituto, Gara.

GUERRA SUCIA DESDE EL PRINCIPIO

Hablar de la historia de ETA exige echar una mirada no solo a su parte oscura, sino a la de los distintos gobiernos que se enfrentaron a ellos. Decenas de terroristas y muchos que no tenían nada que ver con la organización, perdieron la vida desde sus orígenes a manos de asesinos a sueldos –algunos franceses que habían militado en la OAS durante los enfrentamiento previos a la independencia de Argelia–, guardias civiles y policías, que en algunos momentos contaron con el apoyo del servicio de inteligencia.

El grupo más conocido fue el GAL, que cometió atentados en la época del Gobierno socialista de Felipe González, entre 1983 y 1987. Impulsado por el Ministerio del Interior, llevó a cabo acciones contra etarras, pero su secuestro más famoso, contra el ciudadano hispano-francés Segundo Marey, fue uno de los graves errores que más les dejó en evidencia.

Sin embargo, las acciones de guerra sucia habían comenzado tiempo antes. A raíz del asesinato en 1973 del presidente Carrero Blanco, muchos mandos de la seguridad del Estado se juramentaron en la venganza.

Uno de los primeros intentos tuvo lugar en 1974. Dos hombres colocaron un paquete bomba en la cooperativa Sokoa, donde sabían que iba a tener lugar una reunión de la cúpula de ETA. En el edificio de dos plantas, los trabajadores ocupaban la primera y por suerte estaban comiendo cuando se produjo la deflagración. No hubo heridos.

Se sabe que fueron los cuerpos de seguridad los que colocaron el explosivo porque el servicio secreto de aquella época, el SECED, alertó a uno de sus hombres, Mikel Lejarza, que acababa de ser elegido jefe de Infraestructura de la banda. Decidió estar presente porque los demás se habrían mosqueado de su ausencia, y por suerte salió indemne.

Unos años después, el 2 de julio de 1978 falleció el primer miembro de ETA a manos de los grupos que, se llamasen como se llamasen –en este caso Triple A–, perseguían ejecutar la guerra sucia. Ese día, el miembro de la banda Juan José Etxabe, y su esposa Rosario Arregui, salieron como muchos domingos de Casa Etxabe, donde se reunían con otros compañeros. Subieron a su coche y pasó al lado un Peugeot 604 que les ametralló produciéndoles la muerte.

La gran venganza vino unos meses después, el 21 de diciembre, cinco años y un día después del asesinato de Carrero Blanco. José Miguel Beñarán, alias “Argala”, el responsable del comando que asesinó al presidente del Gobierno, salió de su casa en Anglet, en el sur de Francia. Se metió en su coche y al accionar la llave de contacto el vehículo explotó en pedazos. Los restos se esparcieron en un radio de cien metros.

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