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La espía de Canfranc

Viernes 27 de Julio, 2018
Dolores Pardo fue una espía con mayúscula. Trabajó incansablemente para los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, jugándose la vida una semana tras otra por la causa de la libertad. Cuando acabó todo, se casó y jamás desveló a su marido lo que había hecho. Hoy conocemos todos los secretos de la espía de Canfranc. Aquí te los contamos. Fernando Rueda

“Yo la palabra espía no la usé nunca”, contó Dolores Pardo muchos años después, cuando salió a la luz su trabajo para la resistencia francesa. Si guardó silencio, fue porque no sabía cómo reaccionaría su marido ante lo que había hecho. Fue el único secreto de su larga vida…

Dolores, Lola, tenía 17 años cuando su existencia cambió. La Guerra Civil había terminado y su padre, Joaquín Pardo Gavín, era el jefe de las obras del túnel de Somport. Ella trabajaba como modista y su vida no estaba destinada a protagonizar ninguna historia de la Segunda Guerra Mundial que azotaba la Europa cercana.

No solo porque era muy joven o porque era mujer en un país controlado por los hombres. Sino porque nadie en su entorno la podía ver con la capacidad necesaria para aportar un valor añadido a una contienda tan peligrosa. En España se vivía la guerra de una forma especial.

Franco había declarado la neutralidad, pero de pacotilla. Los alemanes disfrutaban de todos los privilegios necesarios para usar el territorio a su antojo, mientras que los aliados vieron la península como un lugar de escape de la guerra, de tránsito hacia la libertad. Los nazis compraban en España wolframio y otros materiales que necesitaban para mantener el esfuerzo militar y franceses e ingleses buceaban para conseguir toda la información posible sobre las actividades de Hitler amparadas por su amigo Franco. En esta situación, nadie pensó en Lola para acometer trabajos de espionaje.

¡Cómo involucrar a una niña! Vivía en el pueblo de Canfranc, que disponía de una importante estación de tren inaugurada por Alfonso XIII a principios de siglo. Estaba únicamente a ocho kilómetros de la frontera francesa, lo que la convertía en un lugar estratégico en esos momentos, el primer pueblo de libertad alejado teóricamente del dominio nazi. Solo en teoría porque los alemanes eran consientes de su importancia y se movían por la zona con libertad sabiendo que los guardias civiles eran aliados en sus fines.

ORO Y WOLFRAMIO
Lola desconocía que a su estación viajaban los trenes que el alto mando de Hitler enviaba a España cargados de oro que había sido robado a los judíos que emprendían camino hacia los campos de concentración a una muerte muy probable. Por esa estación pasaban los trenes, pero en dirección contraria, con los materiales para la fabricación de armas que necesitaban.

La joven también desconocía que en los trenes con pasajeros que circulaban regularmente procedentes de Francia viajaban con frecuencia judíos, militares de diversos países y resistentes que huían de los nazis. Su vida durante la Segunda Guerra Mundial debía ser tranquila, pero cambió por una casualidad. Su hermana Pilar, de 26 años, recibió una propuesta llena de riesgos.

La aceptó, pero el miedo que la dominó hizo que le pidiera a su hermana pequeña que la ayudara a llevarla a cabo. Sabía que Lola era osada, valiente y arriesgada, que no la dejaría sola. Tenía la fuerza que a ella le faltaba. Albert Le Lay era un amigo de la familia Pardo.

Jefe de la aduana francesa en Canfranc, coordinaba una red de la resistencia que se dedicaba a todas las acciones necesarias para que los nazis perdieran la confl agración. La valentía es algo que solo se sabe que se tiene cuando hay posibilidad de ejercerla, y él demostró que le sobraba.

Era un hombre entregado a la causa de la libertad y en cuanto los ejércitos de Hitler tomaron Francia, se ofreció a la resistencia francesa. Le aceptaron de inmediato, pero le pidieron que permaneciera en su puesto en Canfranc, donde les podía serles de más utilidad que pegando tiros contra los soldados nazis.

PUNTO DE FUGA
Le Lay montó un dispositivo de gran efectividad. Por un lado, recibía en su estación a todos los huidos que necesitaban pasar a España como vía intermedia para llegar al norte de África o para regresar a Gran Bretaña para seguir combatiendo. Muchos eran soldados, pilotos o resistentes, pero la mayor parte eran judíos desamparados que habían conseguido escapar antes de que los llevaran a los campos de concentración.

Su otra misión era enviar a Gran Bretaña la información que los grupos de resistencia conseguían sobre los movimientos de tropas y actividades de los nazis en Francia. Una información que facilitaba ataques posteriores de los aliados. Con este fin, tuvo que captar a personas nada sospechosas para que transportaran los mensajes desde Canfranc hasta Zaragoza, donde otros enlaces la llevarían hasta Madrid o San Sebastián, y de ahí hasta Londres.

Le Lay pensó en Pilar Pardo. Era perfecta. Estaba casada con un guardia civil y nadie sospecharía de ella. Cuando Pilar le propuso hacer los viajes en compañía de su hermana pequeña debió ver que su presencia haría más inofensivos aún los viajes para transportar información.

Lo que no debía imaginar era que Lola se convertiría en el alma mater de la misión. Lola era entrañable y bonachona. No sentía la sensación de peligro que invadía a su hermana. Puede que fuera inconsciencia, que no se diera cuenta de que si las pillaban acabaría en una cárcel. Pero el hecho fue que acometió la misión con mucha más tranquilidad de la que era lógica.

Se había convertido en una espía de los aliados en un momento en que el gobierno franquista apoyaba al otro bando de la contienda. Corría el año 1940 cuando emprendió el primer viaje. Los preparativos exigieron un gesto para que su contacto en Zaragoza las identificara en la estación. No se les ocurrió otra cosa que ir vestidas iguales.

Algo que los padres hacían con frecuencia con los hijos pequeños, pero poco habitual cuando las hijas ya tenían cierta edad. Decididas, escondieron en la faja los documentos de la resistencia y se subieron al tren. Sin contratiempos llegaron a la ciudad de la virgen del Pilar y en la estación se les acercó, nada más y nada menos, que un sacerdote, que les llevó al interior de la ciudad para que le entregara la información que, de haberlas pillado, habría supuesto su detención.

CURAS Y GUARDIAS CIVILES
Todos le conocían como el pater Planillos, un cura castrense que en una época convulsa de la Iglesia en España, había decidido saltarse sus obligaciones con la curia poniendo por encima sus propios ideales para que los nazis no ganaran la guerra. Él recogía la información y la mandaba a Madrid lo más rápido posible para que fuera de utilidad en Inglaterra.

En aquellos años tratar con un sacerdote debía dejar bastante tranquilas a las chicas. Concluida con éxito la primera misión, vinieron muchísimas más. Durante cerca de tres años, cada quince días o cada menos tiempo, según la información clandestina que llegaba a Canfranc, las dos chicas se subían al tren camino de Zaragoza.

Sabían que el peligro para ellas estaba en los guardias civiles que viajaban a bordo de los trenes, pero Lola no les tenía miedo, quizás porque su hermana estaba casada con uno, quizás por su propia locura de juventud, que la permitía no pensar en la posibilidad de ser descubiertas.

De hecho, no solo no huían de su proximidad, sino que a veces la buscaban, como si estar cerca de las personas que podían descubrirlas las diera mayor seguridad. En una ocasión, un guardia civil las preguntó el motivo por el que tanto se las encontraba en ese trayecto, ante lo que Lola, con desparpajo, le contestó que su padre trabajaba en la construcción de un túnel y como familia podían viajar gratis.

Al llegar, pasadas las primeras ocasiones, quedaban con el pater Planillos en algún lugar de la ciudad para entregarle la documentación y, cuando en alguna ocasión estaba enfermo, incluso se acercaban a su casa. La osadía de Lola llegó al extremo de no soportar la curiosidad sobre los documentos que trasportaban. Muchos días, antes de emprender el viaje, se encerraba en su cuarto y miraba el contenido del sobre que les habían entregado.

Mucha documentación no la entendía porque hacía referencia a la ubicación y movimientos de las tropas nazis, pero otra eran cartas de resistentes y fotos de muertos y lugares bombardeados. Lola desconocía que sus viajes estaban dentro del trabajo de una red de la resistencia y que había otra red que llevaba a cabo misiones similares y otras más arriesgadas. Todo estaba compartimentado para evitar que si los nazis o los franquistas descubrían a alguno de sus integrantes, cayeran todos.

CAE JUAN ASTIER
Gracias a esa precaución, cuando cayó una de las redes paralelas, Lola pudo seguir con su trabajo de correo como si nada hubiera ocurrido, entre otras cosas porque nunca se enteró. En esa red descubierta estaba su paisano Juan Astier, que había luchado en el bando de los sublevados durante la Guerra Civil y que tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial se ofreció a trabajar con la resistencia aliada.

Juan recogía también información en Canfranc, pero además ayudaba a entrar en España a los perseguidos por los alemanes. Su red fue descubierta por la Gestapo, que informó al gobierno de Franco.

Detenidos todos, les condenaron a tres años de prisión, una pena menor de la esperada fundamentada en que los franquistas no querían imponer un castigo excesivo a los que colaboraban con los aliados para intentar mantener su imagen de neutralidad.

Lola nunca se enteró, a pesar de que estaban en el mismo trabajo clandestino, entre otras cosas porque Le Lay las había adoctrinado para que no confi aran en nadie y guardaran en el más absoluto secreto la misión que realizaban. También les explicó que si las detenían, no revelarán ni identidades de personas ni datos de los que integraban su red.

EL FIN DE LA MISIÓN
Cuando Albert Le Lay fue desenmascarado, Lola y Pilar tuvieron que cejar en su empeño para ayudar a los aliados y nunca más volvieron a llevar mensajes escondidos en las fajas. Acordaron no contar nunca a nadie lo que habían hecho, promesa que ratifi caron con el paso de los años.

Nunca intentaron saber qué había sido de algunas de las personas que habían participado con ellas en la aventura. Por ese motivo, alguna gente no debió entender que al concluir la guerra, cuando Le Lay se encontró con ellas las abrazara de una forma especial. Él también había acordado un pacto de silencio con su familia y amigos, la lucha pasada debía quedar en el pasado.

Lola y sus hermanas acabaron casándose con guardias civiles, a los que no hicieron partícipes de su desgarrada aventura durante la Segunda Guerra Mundial. Su historia, seguro que como tantas otras, fue desapareciendo del recuerdo según sus protagonistas fueron muriendo. Pero en 2001 una casualidad cambió el rumbo de la historia.

Jonathan Díaz, nacido en Francia de padres españoles, conductor del autobús que a diario iba de Oloron a Canfranc, encontró en el suelo de la estación ya abandonada papeles oficiales que hablaban de Canfranc como centro de lucha y espionaje durante la guerra entre europeos. Un periodista aragonés, Ramón J. Campo, se sintió cautivado por la historia y la convirtió en su pieza favorita de investigación. Sus libros imprescindibles “El oro de Canfranc”, “La estación espía” y “Canfranc, el oro y los nazis, tres siglos de historia”, permitieron recuperar a los personajes de esta aventura de espías, en la que Lola Pardo jugó un papel muy especial.

Entonces nos enteramos de que Lola no quiso compartir su secreto con su marido porque pensaba que no habría querido compartir lecho con una espía, aunque ella había sido lo más alejado posible de una Mata Hari.

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