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La fiebre del oro en España

Miércoles 17 de Octubre, 2018
Sucedió en un diminuto y mágico rincón de la costa almeriense. Ahí España vivió un suceso que parece exclusivo de las películas del oeste. Esta es la historia de cómo se desató la fiebre del oro en Rodalquilar, una pequeña aldea que atrajo la atención de todo el país. Mado Martínez.

Poner los pies en la aldea de Rodalquilar, sumida en el silencio de su paisaje tan árido y tan lleno de vida al mismo tiempo, es lo más parecido a dejarse atrapar por la magia del desierto.

La sobrecogedora tranquilidad de ese reino de quietud, apenas rota por chicharras al sol, grillos a la sombra, exalta la belleza de un paisaje volcánico de piteras, polvo y serpientes.

Un panorama inmortalizado en las películas hasta la saciedad, y es que Rodalquilar y sus minas han servido de escenario para grandes producciones cinematográficas, desde Indiana Jones y la última cruzada (1986) de Steven Spilberg hasta Exodus: Dioses y Reyes (2014) de Ridley Scott.

Pero Rodalquilar no es Los Ángeles, ni Hollywood, y apenas cuenta con poco más de 150 habitantes, aunque son cada vez más los turistas que buscan el paraíso azul de su playa fortificada, la Batería de San Ramón, aquella misma que en el pasado hubo de defenderse de los ataques de los piratas berberiscos.

Ellos también querían echarle el guante al tesoro geológico oculto en estas tierras que ya desde antaño era rica en la explotación, en un primer momento de alumbres, y posteriormente de plomo. De hecho, no fue hasta que el plomo se agotó cuando descubrieron el oro, ya a mediados del siglo XIX, por pura casualidad.

Como suele pasar en medicina, buscando el remedio de una cosa se halla la cura para otra, y así pasó en Rodalquilar, que haciendo prospecciones para ver si había más plomo que ordeñarle a la piedra, se dieron encontraron con la gallina de los huevos de oro.

LAS MINAS DE ALUMBRE
Rodalquilar no siempre fue Rodalquilar. Ni siquiera existía
. En su lugar, había en la zona una pequeña aldea llamada Los Alumbres, en honor a las minas de alumbre en la que trabajaban los lugareños desde el año 1509.

El alumbre es un mineral que tiene varios usos. En el pasado se usaba para curtir pieles, fabricar pergaminos, libros, códices, velas, productos de farmacia, vidrio, pinturas, etc. Pero sin duda alguna su uso estrella en la Edad Media era el de servir para teñir telas.

Tan codiciado era el alumbre y su poder de dar a las telas unos colores vívidos y permanentes, que la pequeña población almeriense se vio constantemente sometida a los ataques piratas.

Las minas de alumbre se descubrieron alrededor de 1509, año en el que que mediante cédula real se le concedió la explotación de las mismas al licenciado Francisco de Vargas (Consejero Real); pero en 1520 se iría al garete la breve aventura, y de forma bastante trágica.

¿El motivo? Una panda de piratas árabes asaltó la aldea, saqueó y secuestró al pueblo entero. Toda la inversión que el licenciado Francisco Vargas cayó en saco roto, aunque algo quedó en pie para la posteridad de aquella empresa: el Castillo de la Ermita o Torre de los Alumbres, uno de los dos castillos construidos por este hombre, y que en el momento del ataque pirata se encontraba sin guarnición debido a los problemas políticos que había en Castilla.

Si alguna vez han visto la película La muerte tenía un precio (1965) de Sergio Leone, sabrán a qué castillo me refiero, porque entre la actuación estelar de Clint Eastwood y la banda sonora de Ennio Morricone, se deja ver también, como figurante del pasado, esta joya arquitectónica que milagrosamente todavía se mantiene en pie.

Posteriormente, en 1565, el rey Felipe II ordenó incautar todos los alumbres que estuvieran sin explotar en su reino, incluyendo los del Rodalquilar, cuya explotación pasó a la Hacienda Real, que en términos actuales vendría a significar que el gobierno nacionalizó el negocio, gracias a lo cual, por cierto, se reinició la explotación de las minas en 1575.

Pero la aventura tampoco duró mucho, porque en 1592 se descubrieron en varias partes de Europa unos yacimientos aluminosos de extracción barata, y como aquel alumbre costaba menos que el que se extraía en los yacimientos de España, el negocio de los se vio nuevamente abocado al fracaso. Y así fue como en 1592 las minas de alumbres de Rodalquilar echaron el cerrojo para siempre.

EL ORO DE RODALQUILAR
A finales del siglo XIX dio comienzo una nueva hazaña minera en Rodalquilar, tras el agotamiento de los filones de plomo con plata que venía explotándose en la zona desde principios de siglo, aunque la trayectoria de esta industria fue discreta, y su auge fugaz, apenas un lustro comprendido entre 1870 y 1875.

Los expertos en prospecciones geológicas andaban buscando más plomo cuando de repente se encontraron con aquellas piedras tenían oro, y de una pureza y calidad extraordinarias. En la década de 1880 empezaron a acudir allí personas de todo el mundo, poseídas por la fiebre del oro, ávidas por hacerse con un trozo del pastel. De no haber prácticamente nadie pululando por allí, Rodalquilar pasó a tener unos cuantos cientos de habitantes.

Lo nunca visto por aquellas tierras. En 1933 llegaría a los 1000 habitantes, y en 1960 ya se había convertido en el segundo núcleo más poblado de Níjar. La primera fase de esta fiebre del oro comenzó con la mina de Las Niñas, en 1883, y dicen que, con toda seguridad, fue la mina más importante del siglo XIX.

Rodalquilar se asienta sobre un paisaje volcánico tan pintoresco, que si le das una patada al suelo lo más normal es que te encuentres una piedra con un bonito dibujo en su interior, una especie de espiral circular coronada por un punto central en su interior, que no es otra cosa que un antiguo borbotón de lava grabado en la roca. En el valle de Rodalquilar hay un cráter volcánico perfectamente visible, y en su Playazo unas dunas oolíticas fósiles sólo comparables en belleza a las chimeneas volcánicas que encontramos, a pocos kilómetros de allí, en el Arrecife de las Sirenas. Es en la Casa de los Volcanes de Rodalquilar donde podemos explorar más a fondo el origen volcánico de estas tierras con 12 millones de años, y entender que su oro es, también, de origen volcánico, y se formó hace unos 11 millones de años.

LA PRIMERA EMPRESA
En 1915 se descubrió oro en la mina Josefa y el jolgorio fue en aumento. El problema es que si de verdad quieres montarte en el dólar, no lo vas a conseguir lavando kilos y kilos de piedras para encontrar unas pepitas.

Hace falta algo más, y el oro de Rodalquilar estaba diseminado en la roca. Era necesaria una tecnología de la que no disponían. La primera empresa en tirarse a la piscina y construir una instalación metalúrgica fue Minas Auíferas de Rodalquiar S.A. en 1929, dirigida por locales, que no tuvo mucho éxito. Posteriormente, entre los años 1929 y 1930 otra empresa, Minas Abellán, alzó su planta metalúrgica, pero tampoco lograron hacerla rentable.

Sin embargo, Minas de Rodalquilar S.A., con el Marqués de Arriluce de Yvarra a la cabeza y respaldada por capital británico, logró en 1931 extraer el oro a pie de roca mediante un proceso de cianuración. Este imponente complejo minero, llamado Planta Dorr, estuvo funcionando a pleno rendimiento y con gran éxito hasta el 1936, cuando estalló la Guerra Civil haciendo volar por los aires los sueños de todos los españoles.

La tragedia bélica acabó con las minas incautadas por los sindicalistas, quienes intentaron explotarlas, y subrayamos lo de “intentaron”, porque no supieron hacerlo muy bien. Tal y como el geólogo Hernández Ortiz, comentaba:

“Los tres años de duración de la guerra, están caracterizados por un progresivo y constante deterioro en la producción, en las instalaciones y en las minas, hasta llegar hasta la casi total inoperatividad, al final de la Guerra Civil Española en 1939. En el año de 1935 se produjeron 20.479 toneladas de mineral aurífero, en 1936 fueron 15.517 toneladas, en 1937 son 6.004 toneladas, en 1938 fueron 265 toneladas y en 1939 no se produjo mineral”.

Cero patatero, y eso que a los republicanos les hacía falta aquel oro como el aire que respiraban, porque los rusos no brindaron su apoyo a la causa republicana de forma desinteresada, sino a cambio del llamado Oro de Moscú, que salió de las reservas de oro del Banco de España. Estamos hablando de 510 toneladas de oro en monedas. Los rusos no fueron los únicos en hacerse de oro a costa de la guerra civil.

Los franceses también recibieron su parte, o más bien lo que quedaba del motín: 193 toneladas, a las que por analogía se conoce como el Oro de París. Y si poco antes de la Guerra Civil, en 1936, la reserva de oro española contaba entre los registros mundiales como la cuarta más grande del mundo, poco después, ya no quedaba nada.

LA NACIONALIZACIÓN
Pero no todo fue malo en manos del poder republicano, pues fue durante el periodo de poder republicano cuando se establecieron la tecnología y metodología de trabajo eficaces para explotar el yacimiento, es decir, a pie de mina, que posteriormente se usarían con éxito durante la segunda mitad del siglo XX.

Digamos que lo que falló en la era republicana, fue el intento de gestión pública/estatal, pues mientras estuvo funcionando en manos del sector privado, dio buenos rendimientos.

Tras la Guerra Civil, y ya con Franco en el poder, el gobierno nacionalizó las minas y las puso a funcionar a todo trapo. Comenzaba una nueva etapa en la historia minera de Rodalquilar. Había que reponer el Oro de Moscú y París, de modo que cada lingote que salía de Rodalquilar iba a parar directamente a la reserva de oro del Banco de España.

El régimen franquista tiró la casa por la ventana en su intento por convertir aquella actividad en uno de los logros estrella de la dictadura. Compraron camiones, crearon carreteras, modernizaron las infraestructuras, convirtieron la zona en un auténtico pueblo minero de los de película, con su economato, su escuela, su iglesia, su taberna, dos cines, casas mineras…

Y en 1956, el caudillo inauguró a bombo y platilla la denominada planta Denver, el mayor y más moderno complejo de extracción de oro a nivel europeo. Este monstruo de la ingeniería le arrancó a la tierra prácticamente el 75% del total del oro que se ha extraído a lo largo de toda la historia de Rodalquilar.

En pleno punto álgido de producción llegaron a extraerse 280 kilos de oro al año, de una pureza excepcional. Paradójicamente, aquel fue el principio del fin. La serpiente de la codicia se comió a sí misma. La planta Denver era una bestia parda, y los bocados que le pegaba a las minas eran tan grandes que acabó agotando hasta el Filón 340, un filón descubierto en 1963 que daba 1000 kilos de oro por cada 12000 toneladas de roca procesada y 3000 quintales de plata.

Ahí es nada. Tres años después, en 1966, la planta Denver ya se lo había comido. Fue la última prórroga de un sueño truncado. La titánica inversión que había hecho el régimen franquista ya no resultaba rentable. O se sacaba oro a espuertas, o se cerraba la mina, pues el coste de funcionamiento de la maquinaria y sus trabajadores era superior a la ganancia.

Un complejo con capacidad de procesamiento de 80 toneladas de roca al día, no podía vivir alimentándose de migajas —unos 7 gramos de oro por cada tonelada de roca. El gobierno ordenó el cierre de las minas de Rodalquilar, y el sueño dorado se desvaneció en el polvo, quedando para la posteridad las ruinas del poblado, sus minas y sus plantas de extracción, cada vez más decadentes. Quedó también para la posteridad el trabajo siempre olvidado de unos hombres que dieron su vida, literalmente, por las minas de Rodalquilar, pues prácticamente todos los mineros acabaron muriendo de silicosis.

LAS QUIMERAS DEL ORO
A finales de los años ’80 hubo una intentona fugaz de revivir las minas de Rodalquilar, y la sociedad St. Joe Transaction Inc., Sociedad Regular Colectiva, probó suerte de nuevo, para volver a cerrar de forma definitiva en el año 1990.

No llegaron ni a consumir el tiempo de concesión de explotación de 4 años por el que habían pagado. Se piensa que todavía quedan unas 3 toneladas de oro por aquellos lares, pero con la declaración de la zona como parque natural de por medio, es prácticamente imposible que la actividad minera vuelva a florecer en la zona. Esta es, a grandes rasgos, la historia de la fiebre del oro de Rodalquilar, de la que podrían hacerse muchas películas, como las que se han grabado a lo largo de la historia en sus antiguas ruinas y paisajes de silencio, pero que nadie escribe, porque son pocos los que quedaron para recordar…

Hoy Rodalquilar es un despoblado con apenas un centenar y medio de habitantes que advierte a los turistas y curiosos que se adentran en los interiores de las antiguas galerías mineras, del peligro que ello entraña.

A los interesados en oír la voz de los últimos mineros olvidados, los supervivientes de aquella fiebre del oro que no sucumbieron a la silicosis, siempre nos quedará el documental Las quimeras del oro de José Carlos Castaño, estrenado en 2016, con motivo del 50 aniversario del cierre de las minas. Muy recomendable.

Y por supuesto, siempre nos quedará pasear por lo que un día fue, y dejó de ser, y por lo que es ahora, un bonito rincón al que acudir a bañarse de cielos y playas azules, disfrutar de una buena comida en La Tasquilla o la Taberna del Faro; un pequeño paraíso para alojarse en uno de sus hoteles rurales, donde el techo de estrellas es tan vasto que la mirada no alcanza a cazarlas todas, gracias a la ausencia de contaminación lumínica de la zona, y ese bendito aislamiento tan equivocadamente denostado en nuestra sociedad, pero que ya amenaza con torcerse, por esa nueva fiebre del oro llamada turismo, de la que esperamos que la catalogación de la zona como parque natural, pueda permitir que prospere en su avance sin hacer estragos, porque Rodalquilar tiene luz propia y merece seguir brillando sin neones.

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