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Garbo, el espía que “ganó” la Segunda Guerra Mundial

Miércoles 24 de Mayo, 2017
Era español y se llamaba Juan Pujol, pero pasó a la posteridad con el alias “Garbo”. Al servicio del MI5 británico, este espía cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial y salvó miles de vidas.
ALBERTO DE FRUTOS

Juan Pujol nació el 14 de febrero de 1912 en Barcelona. Tras la muerte de su padre en 1933, probó fortuna en varios negocios, pero la Guerra Civil truncó sus ambiciones. Llamado a filas por el ejército republicano, se escondió en casa de unos amigos durante más de un año. No simpatizaba con ninguno de los bandos o, mejor, repudiaba todo extremismo. Descubierto en su escondite, se alistó como voluntario republicano con el propósito de pasar al bando nacional, cosa que hizo en septiembre de 1938. Sin embargo, la victoria de Franco no le inspiró muchas celebraciones: no tardó en comprender que una España fascista era tan indeseable como una España comunista.

Ese es el retrato que, a grandes rasgos, perfila sobre la juventud de Pujol su superior, y funcionario del servicio secreto británico, el MI5, Tomás Harris, en Garbo. Doble agente (Ed. Martínez Roca), que contiene el sumario desclasificado sobre este espía que condujo a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

Fue Pujol, con el alias de la famosa actriz sueca (decían que era tan buen actor como ella), quien engañó a los jerarcas nazis acerca de las dimensiones reales y el objetivo del desembarco en las playas de Normandía.

Tres días después de que este se produjera, es decir, el 9 de junio de 1944, Garbo envió un mensaje a su enlace de la Abwehr, el servicio de inteligencia alemán en Madrid, en el que le aseguraba que no había visto nada todavía; ya que el temible asalto final se produciría por el paso de Calais: “Por los informes mencionados, está perfectamente claro que el actual ataque es una operación a gran escala pero con carácter de divergencia…”, le engañaría.

Consiguió más que nadie en la Historia del espionaje del siglo XX –relata para Historia de Iberia Vieja Nigel West, el “caza-espías” que, en 1984, lo localizó en su paradero de Venezuela–. ¿Quién puede preciarse de haber desempeñado un papel tan importante en el mayor desembarco anfibio de todos los tiempos? Garbo convenció al enemigo de que esa acción era una pura maniobra de distracción para disimular el ataque real, previsto para varias semanas después, e hizo que los alemanes no contraatacaran cuando los aliados se mostraban más vulnerables”.

“EXPEDIENTE GARBO”
Las primeras noticias que Harris recabó sobre Garbo datan del 22 de febrero de 1942, cuando el espía aún no había sido reclutado por el MI5; y no por su falta de interés o de tentativas: desde el final de la Guerra Civil, Juan había ideado un plan para ponerse al servicio de Alemania o Italia como agente doble con el objetivo de minar desde dentro a las potencias del Eje.

Así, en febrero de 1941 contactó por primera vez con los alemanes, que, tres meses después, lo reclutaron para una misión. Según Garbo, operaba en Lisboa un súbdito inglés que estaba intentando negociar el cambio de cinco millones de pesetas en libras esterlinas y que se había visto obligado a regresar a Inglaterra sin alcanzar su propósito.

En esa ciudad, el agente hizo alarde de todos sus recursos. Mientras trataba de contactar con los ingleses, fue tejiendo una compleja red de agentes imaginarios bajo cuyas identidades remitió numerosas cartas a los alemanes como si se las escribiera desde Inglaterra, y en las que les informaba de unos no menos fantasiosos planes bélicos británicos. ¿Sus armas? Un mapa de la isla, una Guía Azul de Inglaterra, una publicación portuguesa, un diccionario de términos militares inglés- francés, periódicos, y la paciencia y el amor de su mujer, que, al tanto de sus actividades, le prestó todo su apoyo. Garbo, lo mismo dibujaba planos que plantaba sobre el mapa campamentos llenos de soldados o se recreaba en la minuciosa descripción del tonelaje de un buque mercante. Así era él, todo un Julio Verne del espionaje. El propio Harris reconocía en el sumario que, a la luz de esas cartas, nadie en el MI5 podía creer que nunca hubiera pisado suelo inglés.

LA LLEGADA A INGLATERRA
Lo hizo, al fin, un 24 de abril de 1942, tras aprobar los exámenes a que le sometió el servicio secreto, y al abrigo del Comité XX, la Doble Cruz. Tres días más tarde, envió desde allí su primer informe al enemigo, revisado ya por el MI5. A primeros de mayo, sus superiores decidieron que su mujer y su hijo lo acompañaran en su nuevo destino.

Javier Juárez, autor de una exhaustiva biografía sobre el personaje (Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler, Temas de Hoy), nos comenta que “el éxito fue en gran medida un triunfo del MI5, pero Pujol contaba de partida con una cualidad sin la cual los británicos habrían fracasado: la confianza previa depositada en él por sus enlaces alemanes. Y este es un mérito atribuible exclusivamente a Pujol, quien, una vez en Londres, se convirtió en una formidable herramienta de intoxicación. Todo, gracias a la habilidad del MI5, a la astucia de Harris y a la colaboración plena de Pujol, que nunca actuó como un agente conflictivo o de dudosa lealtad”. La naturaleza de su trabajo cambió radicalmente en Inglaterra.

Al servicio de una organización con múltiples tentáculos, cumplió las órdenes de sus superiores, que supieron aprovechar su potencial.

De las 423 cartas que emitió la oficina de Harris, Garbo “firmó” hasta 315, con una extensión media de 500 palabras cada una, y fue el responsable único de sus traducciones al español. Y si las cifras globales asustan, estremece pensar en la creciente calidad y en la eficiencia de sus intercambios epistolares.

Participó en la Operación Antorcha –la invasión del norte de África–; pero su importancia en la Historia, no ya del espionaje, sino de la Humanidad, pasa por su intervención en la llamada Operación Overlord, cuando alejó las miradas nazis de Normandía e insistió en que el desembarco aliado tendría lugar en el paso de Calais. Mientras los alemanes se pertrechaban para el falso desembarco, decenas de miles de soldados, fundamentalmente americanos, canadienses y británicos, aviones, buques de guerra, vehículos blindados, y veinte millones de toneladas de material bélico asaltaban las playas del norte de Francia. Era el 6 de junio de 1944. El Día D.

OPERACIÓN FORTALEZA
Esta compleja operación dispuso, cómo no, de una cobertura previa que recibió el nombre de Operación Fortaleza, y que se dividía, a su vez, en dos fases: Fortaleza Norte, una amenaza de ataque a Noruega que debía efectuar el imaginario Cuarto Ejército británico, y Fortaleza Sur, referida, precisamente, al desembarco en Calais, y que habría de llevar a cabo el primer grupo del Ejército de Estados Unidos, llamado Fusag. “Garbo hizo creer al Estado Mayor alemán en la existencia de un ejército ficticio en el sureste de Inglaterra al mando de Patton”, resume Juárez.

Las distintas fases de la Operación Fortaleza representan otros tantos hitos en la Historia del espionaje británico, que brilló por su destreza organizativa y su impecable coordinación. Esta fusionaba los informes de los agentes dobles –los llamados “medios especiales”–, los comunicados de radio engañosos y el apoyo material, en el que no faltó la disposición de unidades e instalaciones simuladas por todo el país. En los informes de Garbo, había siempre una parte de verdad, lo que acabó por convencer a los nazis, que, entre enero de 1944 y el Día D, descifraron hasta quinientos mensajes por radio de la red de Garbo.

No sería justo concluir que los alemanes pecaron de ingenuidad. Así, cuando Harris se pregunta por qué siguieron confiando en Garbo, la respuesta es esta: “Si el Estado Mayor alemán hubiese podido revisar hoy los datos de que disponía a la luz de lo sucedido, es indudable que habría tomado las mismas decisiones que tomó entonces”. Y es que toda la farsa giraba en torno a la existencia del primer grupo del Ejército de Estados Unidos, de cuya disolución informó pertinentemente la red cuando convino a sus intereses. Una vez que los nazis aceptaron la existencia de ese grupo fantasma, todo fue rodado. O casi.

GARBO DESPUÉS DE GARBO
Finalizada la contienda, Garbo hubo de huir de sus enemigos, que habían llegado a condecorarlo con la Cruz de Hierro de segunda clase por sus extraordinarios logros, “posibles gracias a su constante, absoluta y expresa confianza en el Führer y en nuestra causa”. Fingió su muerte y se instaló en Venezuela, donde falleció, finalmente, el 10 de octubre de 1988, a la edad de 76 años, no sin antes haber recibido la medalla del Imperio Británico, su más preciado honor. Como nos recuerda Juárez, se desvinculó por completo de las actividades del espionaje y, aunque mantuvo contactos esporádicos con Harris y con la embajada británica en aquel país, llevó una vida convencional como empresario (sin demasiado éxito) y padre de familia (se volvió a casar con una mujer llamada Carmen Cilia, con la que tuvo varios hijos). La espada de Damocles pendió siempre sobre su cabeza, y toda su vida temió que los nazis supervivientes descubrieran su paradero. No fue así.

Quien sí lo hizo fue Nigel West, quien resume para Historia de Iberia Vieja sus impresiones: “Lo conocí por una intermediación de Estados Unidos, donde su hijo estudiaba en una escuela de Medicina. Seguí su pista hasta Caracas tras unas pesquisas de muchos años, pero no estuve seguro de que ese era el hombre hasta que nos encontramos en Nueva Orleans”. “¿Cómo era Garbo después de Garbo?”, le preguntamos. “Generoso, simpático, encantador –evoca–. Tenía dos familias, aunque eso no lo supe hasta más tarde. La primera, la de Araceli, vivía en Madrid y la componían su hija María y sus dos hermanos, Jorge y Juan. La de su segunda mujer residía en Caracas, y ninguna supo de la existencia de la otra hasta que, en 1984, Araceli, casada con el diplomático americano Ed Chrysler, se enteró de que su marido aún vivía”. Y es que, como sentencia su biógrafo español, “Pujol fue siempre fiel a la discreción, a su papel de Garbo. Porque un espía, en cierto modo, nunca deja de serlo”. 

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