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La gripe que no era española

Viernes 10 de Agosto, 2018
Fuera de nuestras fronteras la llamaban “la gripe española” y aquí “el soldado de Nápoles”. La pandemia que diezmó a la población mundial en 1918 también se cebó con nuestro país y, en particular, con la ciudad de Zamora, donde una mala gestión sanitaria y la ignorancia del pueblo, atizada por la Iglesia, multiplicaron sus efectos.

La ciudad española de Zamora, conocida como “la bien cercada” debido a sus impresionantes fortificaciones, se extiende a ambas orillas del río Duero en la región noroccidental de Castilla y León.

Profundamente religiosa, es famosa incluso en la actualidad por sus sombrías procesiones de penitentes, que desfilan con capirotes y descalzos durante la Semana Santa. En 1914, cuando sus ciudadanos se enteraron de que estaban a punto de recibir a un nuevo obispo, las campanas repicaron durante tres días. El obispo llegó varios meses más tarde y descendió de un tren, especialmente fletado para la ocasión, en la estación de ferrocarril, que estaba abarrotada de fieles.

Hubo fuegos artificiales y una jubilosa multitud le acompañó hasta la catedral, donde prestó juramento del cargo. El Correo de Zamora, un periódico sancionado por la Iglesia, prometió obediencia al nuevo obispo y elogió su elocuencia y juventud.  El obispo se llamaba Antonio Álvaro y Ballano y, a sus 38 años, ya tenía una brillante carrera tras de sí.

Había estudiado en un seminario de Guadalajara, donde destacó en todas las materias a las que se dedicó. A los 23 años ocupó la cátedra de metafísica y, tras haber ganado una reñida pugna por la canonjía magistral de Toledo, la archidiócesis más importante de España, llamó la atención del cardenal Sancha, primado de España. Fue nombrado obispo en 1913, y antes de llegar a Zamora, ocupó el cargo de prefecto de estudios en el seminario de Toledo.

En la primera pastoral que dirigió a su nueva diócesis, Álvaro y Ballano escribió que los hombres debían buscar activamente a Dios y la verdad, que eran lo mismo, y manifestó su sorpresa ante el hecho de que la ciencia pareciera avanzar paralelamente a la determinación de apartarse de Dios.

La luz de la razón era débil y “las sociedades modernas confunden [...] el desprecio por la ley divina con el progreso”. Escribió sobre las fuerzas oscuras interesadas en rechazar   a Dios “o incluso aniquilarlo si eso fuera posible”. La pastoral estaba salpicada de referencias científicas, desde la ley de la gravitación universal de Newton hasta los experimentos con brújulas y electricidad de Ampère, aunque, en este caso, se convertían en metáforas para describir la atracción o el rechazo del alma humana hacia Dios.

EL SOLDADO DE NÁPOLES
Cuando el soldado de Nápoles regresó a España en el otoño de 1918, los primeros casos se declararon en el este del país, pero pronto siguió al obispo por las vías del tren hasta Zamora. Septiembre era un mes de eventos en España.

Se recogían las cosechas, el ejército incorporaba nuevos reclutas y se celebraban bodas y fi estas religiosas, por no mencionar el pasatiempo español más popular, las corridas de toros. Los jóvenes reclutas, algunos procedentes de provincias lejanas, se concentraron en Zamora para participar en unas prácticas de artillería y, a mediados del mes, el Correo informó despreocupadamente de que “hay cólera en la frontera, gripe en España y, en este pequeño rincón de la península,  fiestas”. Entonces los reclutas empezaron a enfermar.

Los intentos de poner en cuarentena a los soldados enfermos en los cuarteles del castillo del siglo XI de la ciudad fracasaron y la cifra de víctimas civiles comenzó a aumentar. La escasez de mano de obra resultante empezó a interferir en las cosechas, agravando las restricciones alimentarias ya existentes.

La prensa empezó a mostrarse menos optimista. El 21 de septiembre, el Heraldo de Zamora, un periódico que, nominalmente, era independiente de la Iglesia, lamentó las condiciones de insalubridad de la ciudad.

Zamora parecía una “pocilga” en la que, por desgracia, la gente aún convivía con los animales y muchas viviendas carecían de retrete o de agua corriente. El periódico repetía un viejo tópico, que los moros habían legado a España la aversión por la limpieza. “Hay españoles que solo usan el jabón para lavar la ropa”, observaba con severidad.

LA PRIMERA OLEADA
Durante la primera oleada de la pandemia, el inspector general de Sanidad, Manuel Martín Salazar, había lamentado la incapacidad del sistema de salud, burocrático e infradotado, para prevenir la propagación de la enfermedad.

Aunque las comisiones provinciales de sanidad asumieron la iniciativa, carecían de competencias ejecutivas y en seguida tropezaron con lo que describieron como la “terrible ignorancia” del populacho, su incapacidad para comprender, por ejemplo, que una persona infectada que se desplazara transmitiría la enfermedad.

Ahora que el soldado de Nápoles había regresado, un periódico nacional, El Liberal, reclamó una dictadura sanitaria, un programa de contención impuesto de arriba abajo, y a medida que avanzaba la epidemia, otros periódicos recogieron la petición y se hicieron eco de ella. En Zamora, los dos periódicos locales hicieron todo lo posible para disipar la ignorancia de la población.

Por ejemplo, intentaron explicar el concepto de contagio. La gripe “siempre se transmite de una persona enferma a una sana. Nunca se contrae espontáneamente”, explicaba el Correo a sus lectores. Los médicos locales opinaron, pero no siempre de un modo conveniente. El doctor Luis Ibarra sugirió por escrito que la enfermedad era el resultado de una acumulación de impurezas en la sangre debido a la incontinencia sexual,  una variación de la idea medieval de que la lascivia desmesurada podía desencadenar un desequilibrio humoral.

Los periódicos publicaron las instrucciones de la comisión provincial de sanidad para minimizar el contagio, sobre todo evitando los lugares muy concurridos. Sin embargo, parecen mostrar un bloqueo mental, al menos desde una perspectiva moderna y laica, cuando se trata de las actividades de la Iglesia. En un mismo ejemplar del Correo, un artículo en el que se aprobaba la decisión del gobernador provincial de prohibir las grandes reuniones hasta nuevo aviso aparecía junto a los horarios de las misas previstas en las iglesias de la ciudad.

PLEGARIAS DESATENDIDAS
El 30 de septiembre, el obispo Álvaro y Ballano desafió a las autoridades sanitarias organizando una novena, plegarias vespertinas durante nueve días consecutivos, en honor de san Roque, el santo patrón de la peste y la pestilencia, porque el mal que había sobrevenido a los zamoranos era “debido a nuestros pecados e ingratitud, por lo que el brazo vengador de la justicia eterna ha caído sobre nosotros”.

El primer día de la novena, administró la sagrada comunión, en presencia del alcalde y otras personalidades, a una gran multitud en la iglesia de San Esteban. En otra iglesia, se pidió a la congregación que adorara las reliquias de san Roque, lo que significaba hacer cola para besarlas.

El 30 de septiembre también se informó de que la hermana Dositea Andrés, de las Siervas de María, había muerto mientras atendía a los soldados en los cuarteles. (...). La madre superiora de su orden pidió que acudiera mucha gente al funeral y los periódicos transmitieron su solicitud. Se informó a los lectores de que, de acuerdo con la tradición, el obispo concedería sesenta días de indulgencia a quienes obedecieran.

Al parecer, la asistencia no fue tan buena como la madre superiora había esperado, ya que al día siguiente del funeral el Correo arremetió contra los ciudadanos por su ingratitud. El obispo, por su parte, se mostró satisfecho con la asistencia a la novena y la describió como “una de las victorias más importantes que ha obtenido el catolicismo”. A medida que la oleada de otoño se acercaba a su punto álgido, el miedo y la frustración amenazaron con convertirse en disturbios.

La leche, que los médicos recomendaban para acelerar la recuperación, escaseaba y los precios se dispararon. Los periodistas locales se percataron de que el número de zamoranos que moría parecía muy superior al de los habitantes de otras capitales provinciales y se lo comunicaron a sus lectores. También mencionaron una y otra vez la lamentable situación sanitaria de la ciudad. Por ejemplo, los habitantes arrojaban la basura en la calle y a nadie parecía importarle.

DICTADURA SANITARIA
En octubre entró en vigor la ansiada dictadura sanitaria. Las autoridades ya podían obligar a los negocios a cerrar si no cumplían las normas sanitarias y multar a los ciudadanos que, por ejemplo, no mantuvieran a sus gallinas encerradas. La comisión provincial de sanidad amenazó a  las autoridades municipales con cuantiosas multas por su negligencia a la hora de registrar las muertes a causa de la gripe.

Sin embargo, se siguieron celebrando misas a diario durante todo el mes, el peor de la epidemia, y las congregaciones no hicieron sino aumentar a medida que cada vez más zamoranos aterrados buscaban un respiro en las iglesias.

La oración Pro tempore pestilentia, que declara que la enfermedades es la voluntad de Dios y que solo su misericordia puede acabar con ellas, resonaba entre los muros románicos. Se instaló el desánimo. Reinaba la sensación de que el horror nunca iba a cesar, de que la enfermedad se había vuelto endémica. En una pastoral distribuida el 20 de octubre, el obispo Álvaro y Ballano escribió que la ciencia había demostrado ser impotente: “Al observar que no pueden encontrar protección ni alivio para sus problemas en la Tierra, las personas se distancian, desencantadas, y desvían sus miradas hacia el cielo”.

Cuatro días más tarde, se celebró una procesión en honor de la Virgen del Tránsito. La gente acudió a la ciudad desde el campo circundante y la catedral estaba abarrotada. “Una palabra del obispo bastó para llenar las calles de gente”, informaba un periódico. Cuando las autoridades provinciales intentaron utilizar sus nuevas atribuciones para hacer cumplir la prohibición de actos multitudinarios, el obispo las acusó de interferir en los asuntos de la iglesia.

Al igual que en otros pueblos y aldeas, se tomó la decisión de dejar de tocar las campanas de las iglesias a muerto para que su constante tañido no aterrorizara a la población. Sin embargo, en otros lugares también se habían prohibido los cortejos fúnebres. No en Zamora, donde los dolientes seguían recorriendo las calles estrechas mientras el tañido de las campanas daba paso al silencio. Incluso en circunstancias normales, los ataúdes, blancos para los niños, eran un lujo que no estaba al alcance de la mayoría.

Por entonces, era difícil para cualquiera conseguir madera para los ataúdes y los restos hinchados y ennegrecidos de los difuntos eran trasladados a su última morada envueltos únicamente en un sudario. En un eco de la quema ritual de incienso para purificar el altar, se esparcía pólvora por las calles y se prendía fuego.

A un cortejo fúnebre que se aproximara solo era posible verlo vagamente entre el asfixiante humo negro, que a veces se mezclaba con la bruma que se elevaba del Duero en aquellos fríos días de otoño. “Debía parecer que la ciudad estaba en llamas”, comentó un historiador.

¿MISERICORDIA DE DIOS?
Para mediados de noviembre, lo peor ya había pasado. El obispo escribió a su congregación atribuyendo el fin de la epidemia a la misericordia de Dios. Expresó su pesar por las vidas que se habían perdido, y elogió a quienes, con su asistencia a las muchas novenas y misas, habían aplacado la “legítima ira de Dios” y a los sacerdotes que habían muerto sirviendo a los demás.

También escribió que se sentía reconfortado por la docilidad con la que incluso los creyentes menos entusiastas habían recibido la extremaunción. La epidemia aún no había terminado cuando el obispo escribió la carta.

Reaparecía, más leve que durante la oleada de otoño, en la primavera siguiente. Los periodistas tenían razón: Zamora había sufrido más que ninguna otra ciudad de España. Sin embargo, no parece que sus habitantes consideraran a su obispo responsable. (...). Incluso hay quienes defienden a Álvaro y Ballano y afirman que hizo cuanto pudo para consolar a sus fi eles ante la inercia del ayuntamiento, y que el verdadero problema fue la ineficacia del sistema sanitario y la escasa educación en materia de higiene. Antes de que 1919 tocara a su fin, la ciudad le concedió la Cruz de Beneficencia en reconocimiento por sus heroicos esfuerzos para poner fi n al sufrimiento de sus ciudadanos durante la epidemia y continuó siendo obispo de Zamora hasta su muerte en 1927.

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