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Los españoles del Titanic

Lunes, 2 Abril, 2018 - 20:39
De todos los que viajaban a bordo del colosal transatlántico de la compañía White Star Line, 10 de ellos eran españoles. Al igual que con todos los pasajeros y tripulantes, tenían orígenes muy diversos y diferentes destinos. Mientras unos se salvaron, otros fueron engullidos por las gélidas aguas.
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EL CAMARERO ACCIDENTAL

A diferencia de los anteriores protagonistas, Juan Javier Monrós Soler, nacido en Barcelona 1892, era de orígenes mucho más humildes, y aunque durante su breve estancia en el Titanic estuvo casi todo el tiempo rodeado por el lujo, en su caso fue por razones radicalmente diferentes. Y es que Juan, que había vivido la mayor parte de sus 20 años en París, era uno de los 70 empleados del exclusivo restaurante a la carta del transatlántico, cuyos desorbitados precios sólo se podían permitir los pasajeros más ricos de primera clase.

Juan Monrós se trasladó a París cuando aún era un niño acompañando a sus padres, que buscaban en la ciudad francesa un futuro mejor para su familia.

Hasta febrero de 1910 el joven había estado trabajando como administrativo en una empresa de automóviles de la capital gala, pero quizá deseoso de labrarse un futuro mejor o de vivir aventuras de juventud, poco después decidió trasladarse a Londres, donde se encontraba ya uno de sus mejores amigos, el cocinero René Deprond. Una vez en la ciudad del Támesis, Monrós intentó conseguir trabajo en distintas empresas, pero la suerte no parecía llamar a su puerta. Cuando ya casi se había resignado a regresar a París, el destino hizo acto de presencia: dos de sus amigos, que habían conseguido una plaza en el restaurante más lujoso del Titanic, habían hablado con Luigi Gatti, el responsable del establecimiento, y éste estaba dispuesto a hacerle una entrevista. El jovencísimo Monrós nunca había trabajado como camarero, y menos aún en un restaurante de lujo, pero su dominio de idiomas –hablaba español, francés e inglés– le valieron un contrato como ayudante de camarero. Su sueldo: dos libras y dos chelines al mes. Era una cantidad modesta, pero Juan se animó por la oportunidad que le ofrecía trabajar en el navío más lujoso y moderno del mundo, que además le permitiría tomar tierra en los prósperos Estados Unidos.

Cuando se desató la tragedia en la noche del 14 de abril, Juan sólo llevaba trabajando cuatro días en el restaurante a la carta del Titanic, que abría sus puertas de ocho de la mañana a once de la noche. Cuando se produjo el impacto con el iceberg, la mayor parte de los empleados del restaurante se encontraba ya descansando en sus pequeños y humildes alojamientos ubicados en tercera clase. Si las posibilidades de supervivencia eran reducidas para los hombres –sobre todo para los que no viajaban en primera clase–, aún lo eran más para aquellos que formaban parte de la tripulación, pues eran los últimos en el orden de salvamento. De los 70 empleados del restaurante a la carta, sólo tres lograron salvar la vida aquella noche. Juan Monrós no fue uno de ellos. Cuando su madre tuvo conocimiento del accidente del transatlántico escribió rápidamente a la compañía White Star para pedir información sobre su hijo.

Después de semanas sin noticias, la compañía envió un telegrama a la familia Monrós informando del fallecimiento del joven Juan. Su cadáver había sido recuperado por el buque Mackay-Bennett el 21 de abril –una semana después de la tragedia–, pero se encontraba en un estado de descomposición tan avanzado que, al igual que otras muchas víctimas, sus restos fueron “sepultados” en el mar tras una solemne ceremonia.