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Los españoles del Titanic

Lunes, 2 Abril, 2018 - 20:39
De todos los que viajaban a bordo del colosal transatlántico de la compañía White Star Line, 10 de ellos eran españoles. Al igual que con todos los pasajeros y tripulantes, tenían orígenes muy diversos y diferentes destinos. Mientras unos se salvaron, otros fueron engullidos por las gélidas aguas.
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UN AMOR ROTO POR LA TRAGEDIA

Purificación Castellana, una dama de la alta burguesía, se encuentra cenando plácidamente en su palacete madrileño cuando, de pronto, una mosca negra y grande cae en su plato de sopa. Estamos a mediados de abril de 1912, y lo que para cualquier otra persona habría sido una mera anécdota –desagradable, eso sí–, para Purificación tiene dramáticos tintes de profecía. Su hijo Víctor lleva casi dos años en el extranjero, y algo en sus entrañas le dice que ha sufrido una desgracia. Apenas unos días después, la prensa trae una noticia que confirma sus peores sospechas: el Titanic, el mayor y más lujoso transatlántico de la Historia, se ha hundido en las frías aguas del océano después de chocar contra un iceberg. Su querido Víctor y su nuera María Josefa viajaban a bordo, y todo parece indicar que ambos han perdido la vida…

“Dos tortolitos enamorados”. Días después de la tragedia, algunos supervivientes que habían compartido algún tiempo con ellos en las zonas de primera clase definían así a la pareja formada por Víctor Peñasco y Castellana y María Josefa Pérez de Soto, un jovencísimo matrimonio –él contaba entonces con 24 años, ella con 22– de la alta burguesía madrileña.

El viaje al bordo del Titanic de estos jóvenes enamorados suponía la última etapa de una lujosísima y casi interminable luna de miel –llevaban de viaje 17 meses y habían gastado casi 300.000 pesetas de la época, cerca de 800.000 euros al cambio actual–, que les había llevado a recorrer buena parte de Europa –París, Viena, Montecarlo…–para celebrar su amor y el inicio de una vida en común. Su presencia en el buque de la White Star Line, sin embargo, era casi un secreto, pues la madre del novio –Purificación Castellana– había manifestado después de la boda su temor a que el joven matrimonio viajara en barco, preocupada por una posible tragedia. Por esta razón, cuando los jóvenes decidieron cruzar el Atlántico en el lujoso navío después de leer un anuncio sobre el Titanic durante una comida en el célebre Maxim’s de París, urdieron un plan para no preocupar innecesariamente a doña Purificación. Víctor dejó escritas un buen puñado de postales en manos de su criado, quien quedó encargado de enviarlas desde París para que su madre creyese que seguían en suelo francés, sanos y salvos.

Mientras, Víctor y Pepita disfrutarían a bordo del transatlántico y de las maravillas de Nueva York, acompañados por una sirvienta, la conquense Fermina Oliva y Ocaña, de 39 años. Los tres embarcaron en el Titanic en el puerto de Cherburgo el 10 de abril, después de viajar en un lujoso tren directamente desde la capital del Sena. El precio de sus pasajes en primera clase ascendía a 108 libras, una cantidad que sólo se podían permitir los bolsillos más afortunados.

Cuando se desató la catástrofe en la noche del 14 de abril de 1912, después de que el fatídico iceberg rasgara el acero del indestructible navío, Víctor y Pepita se encontraban descansando ya en su camarote –el C65–, mientras Fermina se afanaba en el suyo con algunas tareas de costura. Al escuchar el alboroto, Víctor decidió subir a cubierta para averiguar qué ocurría, y cuando llegó allí descubrió con horror que el Titanic se iba a pique mientras el pánico se extendía entre buena parte de la tripulación y pasajeros. El joven bajó rápidamente a los camarotes y urgió a su joven esposa y a su criada para que se vistieran los chalecos salvavidas y subieran cuanto antes a cubierta. Una vez allí se desató el drama.

No había botes salvavidas suficientes para todo el mundo, así que las mujeres y los niños tenían preferencia, al igual que los pasajeros de primera. Pepita consiguió acceder al bote de rescate número 8, pero Víctor cedió su plaza a una mujer con un niño y tuvo que despedirse para siempre de su amada. Al parecer, las últimas palabras que dirigió el joven a su esposa fueron estas: “Pepita, que seas muy feliz”. En cuanto a Fermina, la sirvienta había quedado rezagada en medio del tumulto y la confusión, y cuando parecía que no podría escapar a tiempo, sus llantos y gritos de desesperación conmovieron a algunos hombres, que la lanzaron –“como un saco de paja, como ella misma explicó más tarde”– hasta el bote en el que viajaba su jefa, el número ocho. Según recogieron diarios estadounidenses como el Brooklyn Daily Eagle o el New York Herald, el llanto de Pepita Pérez de Soto era tan desconsolado que una rica dama inglesa, la condesa de Rothes –su presencia a bordo del Titanic fue reflejada en la película de James Cameron– pasó varias horas tratando de consolarla. Horas más tarde la joven y su sirvienta fueron rescatadas por el buque Carpathia, y ambas alcanzaron el puerto de Nueva York sanas y salvas. A Fermina, sin embargo, le quedaba aún un último episodio en su terrible aventura.

El cadáver de Víctor no aparecía, y como el cuerpo era necesario para que Pepita fuera legalmente declarada viuda y pudiera acceder a la herencia, Fermina fue enviada a Halifax –donde se había creado un cementerio para las víctimas– para ver si podía identifi car algún cuerpo. La triste tarea resultó infructuosa, así que la familia del joven no dudó en comprar un cadáver y el correspondiente certificado de defunción.

Pepita Pérez de Soto volvió a casarse unos años más tarde con Juan Barriobero y Armas Ortuño, barón de Río Tovía, y falleció a los 83 años, en 1972. En cuanto a Fermina, la humilde sirvienta regresó a Madrid, donde estableció una pensión que dirigió durante años. Murió casi centenaria, pues vivió hasta 1968, cuando sumaba 98 años.