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Los soldados rusos de Franco

Miércoles 13 de Septiembre, 2017
Aunque hablar de rusos en la Guerra Civil suela evocar la ayuda que prestó Stalin a la República, hubo otros combatientes de esa nacionalidad que defendieron con su vida el ideal fascista del bando nacional.
Carlos Montero Rocher

Franco y la España nacional fueron, desde el principio de la contienda española, enemigos acérrimos de la Unión Soviética. Los dos regímenes enfrentaban entre sí ideologías completamente antagónicas e irreconciliables: el fascismo que había abrazado Franco y el comunismo soviético que ejercía su influencia en un amplio sector.

Para Rusia, una contienda fratricida no era algo nuevo puesto que había sufrido su propia guerra civil varios años antes de que España se desangrara en los campos de batalla y, al igual que en nuestro país, dos facciones de rusos con pensamientos diferentes se habían enfrentado en durísimos combates a raíz del triunfo de la Revolución Rusa en 1917.

El triunfo de los bolcheviques en octubre de 1917 supuso, además de la caída del régimen zarista, el inicio de una cruenta guerra civil que desembocó tras aquellos turbulentos días y que dividió Rusia en dos facciones que defendían ideas totalmente contrarias. Por un lado, estaban los bolcheviques de Lenin y, por otra, aquellos que aún eran partidarios del antiguo modelo de gobierno ruso y, por tanto, eran contrarios a las ideas comunistas que se instalaban en el país.

Estos resistentes, los llamados rusos blancos por los distintivos que portaban para diferenciarse de los comunistas, o rojos, comenzaron a agruparse bajo el mando de generales del ejército ruso que habían podido escapar a las detenciones que llevaron a cabo por parte de las autoridades bolcheviques.

Comenzaba así una guerra civil que tuvo como escenarios lugares tan dispares como Ucrania o Siberia, donde se libraron sangrientas batallas que dieron como resultado, a pesar de la experiencia y conocimientos militares de sus generales adquirida en la Primera Guerra Mundial, el fin del viejo ejército zarista y de los rusos blancos.

Aunque el conflicto ruso oficialmente concluyó en 1923, lo cierto es que en 1920 la guerra civil estaba totalmente perdida para el bando contrario a Lenin y sus bolcheviques y, por este motivo, varios barcos de guerra y de mercancías zarparon de los puertos del Mar Negro repletos de combatientes y personas afines al bando blanco, rumbo a destinos más seguros y lejos del alcance de las garras bolcheviques, principalmente bajo control de los países con los que habían formado la Triple Entente, es decir, Francia e Inglaterra.

Fueron estos países donde decidieron ubicar a estos exiliados que huían de las represiones que se estaban llevando a cabo en Rusia. Se optó por dejar en los Dardanelos a la mayor parte de las tropas blancas, unos cien mil hombres bajo el mando del general Kutepov, mientras que el resto de la flota se dirigiera a Túnez y el resto del ejército a Gallipoli y a otros puntos como las costas griegas.

Estos lugares constituyeron los puntos desde los cuales los rusos blancos comenzaron sus peregrinaciones por el exilio, sabedores de que sería muy difícil volver algún día a su Rusia natal donde, de hacerlo, les esperaba la detención y, seguramente, las torturas y la muerte.

A partir de estos primeros destinos, los derrotados rusos pasaron a otros países como Bulgaria, Luxemburgo, Austria y, sobre todo, Francia, donde se les acogió y se convirtieron en hogares de adopción para estos rusos blancos.

DERROTADOS, PERO NO ACABADOS
Pero, a pesar de la derrota y del exilio que padecieron, los rusos blancos no dejaron nunca de pensar en cómo derrocar al gobierno comunista y en su posterior vuelta a su patria. Debido a este anhelo, se siguió manteniendo el contacto entre todos los que en su día habían combatido juntos. Para ello, se creó la Unión de excombatientes blancos, con sede en París, para seguir realizando actividades que tuvieran como objetivo la vuelta a casa.

Mientras la Unión de excombatientes realizaba sus actividades, tuvo lugar en 1936 un hecho que hizo que las esperanzas renacieran en los rusos exiliados: había ocurrido en España un alzamiento militar contra el gobierno de la II República que había desembocado en otra guerra fratricida.

Tras comprobar que el odiado enemigo bolchevique se había posicionado del lado de la República, desde el bando blanco se vio la posibilidad de continuar la lucha que años atrás se había vivido en la ahora lejana Rusia y, alentados por esta posibilidad, se apresuraron a intentar organizar un envío de voluntarios para combatir en nuestro país junto al bando nacional.

Según un artículo firmado por Eduardo Crespo en la revista Historia y vida en el año 1973, era “completamente normal que en el año 1936, cuando empezó la guerra de España, los excombatientes rusos blancos, que desde el año 1917 hasta el final de 1920 tomaron parte en la fracasada lucha contra el comunismo, expresaran su deseo de alistarse en el Ejército Nacional Español, considerando un deber continuar el combate contra el enemigo común. El alto mando de los excombatientes rusos en el exilio, con sede en París, recogía las peticiones que le hacían los miembros de la Unión y entraba en contacto con el mando nacional, del que recibía autorización para enviar voluntarios a su zona con la idea de formar una Bandera de la Legión compuesta exclusivamente por rusos blancos”.

Sin embargo, la idea de formar esta Bandera de la Legión no llegó a materializarse ya que la situación política en Francia, donde gobernaba el Frente Popular y, por lo tanto era afín a la República Española, dificultaba este tipo de acciones y se llegó, entre otras cosas, a aumentar la vigilancia de la frontera franco-española para evitar este tipo de acciones.

El sueño de reanudar la lucha contra el comunismo y con ello la posibilidad de derrotarle y sembrar las bases de la destrucción comunista parecía  volver a esfumarse.

Lee el reportaje completo en el nº147 de la revista Historia de Iberia Vieja

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