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El burdel medieval de Valencia

Viernes 08 de Diciembre, 2017
El Mediterráneo tenía en Valencia un faro de placer. Allí se encontraba la mancebía más famosa y grande de la historia. Las prostitutas del burdel valenciano eran las más caras: cobraban el doble que el resto de meretrices del reino. Con quince hostales y hasta 150 mujeres, estuvo funcionando entre los años 1325 y 1671. Esta es su historia.

Una gárgola de la Catedral de Valencia llama la atención de los que pasean por las calles de la capital del Turia. Se trata de una mujer desnuda con gesto lascivo que se toca los pechos con insinuación. La antigua Lonja de Valencia nos muestra otra figura, con su sexo desnudo, masturbándose, señalando hacia un lugar que antaño fuera una de las mancebías más famosas y grandes de la historia. No es el único motivo pornográfico que decora la antigua Lonja. La fama de las meretrices traspasaba fronteras.

En el burdel de Valencia se encontraban las mejores prostitutas y, por tanto, las más caras. Tanto era así que las cortesanas valencianas cobraban el doble que el resto de las prostitutas de la época, gustaban de ir ricamente vestidas y pasear con ostentosidad sus sedas y joyas, generando la envidia de las nobles damas valencianas, motivo por el cual se les tuvo que prohibir que vistieran ciertas prendas. El oficio estaba tan organizado, que las rameras eran sometidas con regularidad a estrictos exámenes médicos. Los documentos históricos nos brindan profusos detalles sobre aquel lupanar del medievo. El área, ubicada en lo que hoy se conoce como el Barrio del Carmen, estuvo reservada a las viviendas de las prostitutas y llegó a acoger 15 hostales y alrededor de 80 meretrices, aunque en el siglo XV la cifra de mujeres que ofrecían sus servicios alcanzó las 150. En plena era de San Vicente Ferrer, las prostitutas eran difamadas... al tiempo que consideradas como un mal necesario.

La doble moral se aferraba al tabú del sexo, por un lado, y consentía que ciertas mujeres vendieran sus servicios sexuales por dinero a los hombres, para dar una respuesta práctica a las viles necesidades del cuerpo masculino.

 

UN BURDEL DIFERENTE

A pesar de que hubo serios esfuerzos para frenar la expansión del negocio de los prostíbulos, la mancebía se extendía cada vez más y con mucho éxito. El triunfo de este negocio del placer no estuvo exento de envidias y recelos. Grandes ciudades como Sevilla y Barcelona se veían incapaces de competir con Valencia.

Las meretrices ganaban tanto dinero que a menudo iban vestidas con las mejores sedas, y era el mismísimo rey quien concedía las licencias y derechos de explotación en exclusividad. Los propietarios solían ser miembros de la clase noble o guerreros prestigiosos.

Los libertinos acudían al lugar no solo a dar rienda suelta a sus impulsos, ya que el burdel ofrecía todas las diversiones habidas y por haber: banquetes, festejos, comercios y espectáculos. Así, las prostitutas con aptitudes de canto entretenían y deleitaban a la clientela con sus canciones.

El solar de las fembres pecadrius, como también llegó a conocerse la mancebía, fue descrito por el mismísimo Casanova, quien lo visitó en 1769: “Nunca he visto ni he vivido en una ciudad tan lasciva y hedonista como la Valencia de los Borgia”. Mucho habría que decir, precisamente, de los Borgia, y de esta época en la que la mancebía de Valencia estuvo funcionando con el beneplácito eclesiástico. Establecidos en Játiva y posteriormente en Gandía, en el Reino de Valencia, sus miembros dieron mucho que hablar. Uno de ellos llegó a ser el mismísimo papa Alejando VI (Rodrigo de Borja), que no fue ni el primero ni el último de los representantes de Cristo en la tierra en tener vástagos. Si ni los mismos papas podían contener sus impulsos sexuales, ¿cómo se iban a abstener el resto de hombres mortales?

 

LAS REGLAS DE LA PERVERSIÓN

Si la mujer debía ser recatada, devota y estar obligada, por encima de todas las cosas, a guardar su honor, ¿con quién desahogaban sus deseos carnales los hombres? Con prostitutas, que venían a considerarse una clase diferente de mujeres, y por lo tanto, se evitaba que pudieran contaminar a las mujeres de honor. Así, solo podían salir del burdel y pasear por la ciudad con permiso. Con el tiempo, llegó a prohibírseles vestir con prendas y adornos elegantes, aunque solían saltarse estas reglas. Tampoco el prostíbulo estaba abierto a todos los públicos, quedando fuera los judíos y los musulmanes. Esto no impedía que hubiera prostitutas, por ejemplo, musulmanas.

Lentamente, la vigilancia y el cerco se fueron estrechando cada vez más y más. Las calles adyacentes habían de ser cerradas a cal y canto por las noches, de modo que algunos hombres que querían cortejar a las rameras saltaban las tapias y se jugaban el cuello para dar rienda suelta a sus anhelos. Dentro del abanico de astucias, también se encontraba la de sobornar a los hostaleros para que les dejasen la puerta abierta. La práctica era tan frecuente que las multas que pagaban los atrevidos se destinaban a un fondo común. Otras veces eran las mismas prostitutas las que, disfrazadas de hombres, intentaban escabullirse para ver a sus amantes.

Otras reglas y limitaciones bien estipuladas eran las concernientes a las fiestas de guardar, fechas en las que las prostitutas debían permanecer encerradas, norma que se estipula a mediados del siglo XVI. Las “pecadoras” no podían dejarse ver en modo alguno en Semana Santa ni en ninguna otra fiesta relacionada con la Virgen María.

El historiador Vicente Graullera describía escenas curiosas y anecdóticas a este respecto en su artículo Los hostaleros del burdel de Valencia:

“El día antes de la festividad las mujeres eran reunidas en el burdel para conducirlas ordenadamente al lugar del retiro, que era generalmente el Convento de las Arrepentidas de San Gregorio; una vez allí se les impedía salir a la calle y para mitigar su ocio se las entretenía con charlas religiosas, buscando a través de la oración el arrepentimiento de su pasada vida. El Jueves Santo se les permitía salir de su encierro, yendo en grupo y convenientemente vigiladas para evitar que surgieran conflictos, ya que estos paseos no siempre terminaban pacíficamente. Los rufianes, que en aquellos días quedaban en paro forzoso, ante el temor de que sus protegidas fuesen presionadas para cambiar de vida, eran los primeros en acudir al paso de la comitiva y propiciar el alboroto (...). Otras veces eran las propias mujeres las que, quizás por ir agrupadas, parecían perder la vergüenza y se dirigían a las gentes que contemplaban su paso, con tales palabras que hacían enrojecer a las damas y a más de un varón”.

 

MORAS, JÓVENES Y PROSTITUTAS

La historiadora Noelia Rangel, de la Universidad de Valencia, realizó una investigación que culminó en su trabajo Moras, jóvenes y prostitutas: acerca de la prostitución valenciana a finales de la Edad Media, en el que, entre otras cosas se abordan la causas que llevaban a las jóvenes a entrar en el mundo de la prostitución: “En un momento determinado, por una u otra circunstancia, comerciar con su cuerpo era el único modo de subsistir. A veces la actividad tiene un carácter ocasional, pero generalmente acaba convirtiéndose en algo a más largo plazo.

Por ejemplo, en una situación límite podían encontrarse las jóvenes que habían perdido el padre o el marido. Éste es el caso de Fotayma, mora de la morería de la ciudad de Valencia, que al ser interrogada si tenía padres respondió que ‘no té pare ni mare’ y explica que vino muy pequeña a la ciudad ‘com a mora en poder de Abraym Alaudi, moro de la moreria de València, e ab aquell stava com a moça’. Éste es un caso habitual de muchas chicas, a veces incluso niñas, que pierden a los padres y se encuentran en una precaria situación de subsistencia.

Algunas se van como sirvientas a casas de artesanos de la ciudad. Eso es lo que hace Fotayma al irse como moza a casa de Abraim, zapatero de la ciudad de Valencia. Sin embargo, en la mayor parte de las ocasiones la situación se complica más cuando el amo empieza a maltratarlas. Muchas de las prostitutas se iniciaban en esta actividad inmediatamente después de haber huido de sus amos o maridos por los malos tratos que les infligían. Fotayma confiesa que se fue de casa de su amo ‘perquè no s’agradava de star ab son amo, e açò per quant la maltractaven’”.

Rangel sigue ahondando en las causas que llevaron a algunas jóvenes moras a prostituirse, a partir de sus confesiones, para descubrir que la pobreza, la marginalidad y el maltrato por parte de sus amos, eran las causas principales. Otras veces, estas jóvenes musulmanas eran maltratadas por sus propios maridos, acarreando una vida de torturas y desgracias de la que trataban de huir, sin tener otro lugar al que poder escapar salvo el del burdel. Este fue el caso de Mariem, también recogido por la historiadora: “Por su parte, Mariem se introdujo en el mundo de la prostitución a causa de una mala situación en su matrimonio.

La documentación no explica bien qué sucede, pero sabemos que ella no quiere estar con él y que la madre ‘la ha feta tornar per força ab son marit’. A veces la situación en el matrimonio es tan difícil de sostener para la mujer que ésta prefiere ejercer de prostituta antes que seguir aguantando al esposo. Así lo afirma Mariem cuando los procuradores fiscales del rey le preguntan si prefiere volver con su marido o con su madre antes que estar en el burdel. Su respuesta es clara, afirma que ‘no vol tornar ab son marit, mas té voluntat de tornar ab sa mare, que no ha hon està’”. Similar fue el caso de otra joven mora: “Nuzeya declara que estuvo muy poco tiempo con su marido porque era ‘talequada’, es decir, que éste la golpeaba con un talego”. El destino al que acabaron abocadas, la prostitución, no las trató mejor.

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