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Don Quijote: Ni don ni caballero

Miércoles 20 de Diciembre, 2017
¡Ojo!, que en justicia Don Quijote no era caballero ni merecía el título de don. Nieves Concostrina.

Cervantes hizo una crónica tan extensa de la sociedad española de entonces, tocó tantos palos, que es imposible abarcarlo todo en un solo empeño. Pero un asunto que no se debe pasar por alto es el del tratamiento en aquella época de Cervantes y el Quijote. Porque la novela empieza con un protagonista que no tiene don, sino que se llama señor Alonso Quijano; continúa con un tal don Quijote que la lía parda y, al terminar, cuando muere, ha vuelto a perder el don.

Antes de soltar su último suspiro dice eso de: “yo fui loco y ya soy cuerdo: fui don Quijote de La Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”.

¿De dónde venía eso de tratar a alguien como señor?, ¿cuándo se le ponía el “don” por delante?, ¿cuándo se le retiraba?, ¿qué pasaba con el “vos”?, ¿a qué venía el “vuesa merced”? Ahora nos gusta el tuteo según con quién y en qué situación, porque nos sentimos más cercanos, más cómodos y más jóvenes.

Con frecuencia, si nos dicen: “Señora, ¿tiene usted hora?”, respondemos: “Pues sí que la tengo, pero no te la doy, por haberme echado encima veinte años con el dichoso señora”. Pero eso lo podemos hacer ahora, en estos tiempos en los que elegimos cómo nos tratamos. Ojo, sin embargo, con el tratamiento que dabas a alguien en los siglos XVI y XVII, porque te sacaban la espada por menos de nada…

EL DON NO ERA PARA CUALQUIERA

Don Quijote cometió muchas insensateces en su ajetreada vida andante. Las dos primeras fueron considerarse caballero y arrogarse el tratamiento de “don” sin encomendarse a nadie. Porque don Fulano o don Mengano no se podía llamar cualquiera, y mucho menos siendo pobre. Antes de que don Quijote perdiera la cordura, en su aldea lo conocían como señor Quijana o Quijano, porque a esto era a lo máximo que podía aspirar un hidalgo tan venido a menos como él.

Hasta el siglo XIV, el tratamiento de don, que procede del latín dominus, adornaba solo el nombre de los reyes, pero a partir del siglo XV los soberanos otorgaron este tratamiento a duques y muy grandes señores. Aquello comenzó a extenderse descontroladamente y, al poco, ya cualquiera se ponía el don por delante.

Don Quijote no iba a ser menos. Este asunto lo recogió con mucha guasa el escritor José Cadalso en sus Cartas marruecas, consideradas una obra maestra de la literatura española del XVIII; una novela compuesta por noventa cartas que escribe un joven marroquí sobre las costumbres y la cultura de España. Una de esas cartas, la número ochenta, está precisamente dedicada al uso y abuso del don y escrita con mucha retranca: “Don es el amo de una casa; don, cada uno de sus hijos; don, el dómine que enseña gramática al mayor; don, el que enseña a leer al chico; don, el mayordomo; don, el ayuda de cámara; doña, el ama de llaves; doña, la lavandera. Amigo, vamos claros: son más dones los de cualquiera casa que los del Espíritu Santo”. José Cadalso cuenta que quienes merecían llevar el don intentaron diferenciarse de los advenedizos poniéndose por delante del nombre “señor don”. Decía Cadalso que si a esta moda también se apuntaban quienes no merecían el “señor don”, acabaría siendo preciso decir “don señor don”, de tal forma que, en el futuro, iría creciendo el número de los “dones” y los “señores” y las gentes dejarían de hablarse las unas a las otras por el tiempo que se perdería miserablemente en repetir el “señor don” tantas y tan inútiles veces.

¿Y QUÉ HAY DEL VUESA MERCED?

Había que tener mucho cuidado con los tratamientos por aquel entonces, ya que por menos de nada te exigían cuentas echando mano a la empuñadura de la espada. A los iguales, cuando no había una estrecha amistad, había que tratarlos de “vuestra merced” o “vuesa merced”, que era más común. El “vos” solo se usaba con los inferiores, la familia y los iguales con los que se tuviera mucha confianza. Pero a un caballero, un inferior no osaba tratarlo de vos ni en broma, porque se jugaba el pescuezo. Era una afrenta, un insulto.

Lope de Vega se refirió a ello y dijo que prefería oír un vos antes que escuchar mala poesía. Nadie espere encontrar un “usted” en El Quijote, porque este término no comenzó a usarse en España hasta 1620, por eso Cervantes no lo incluye ni una sola vez entre las 378.591 palabras que dan forma al libro. Don Quijote se dirige a su escudero Sancho con el vos, y Sancho al caballero con vuesa merced. Y, por cierto, los dos tratamientos están usados el mismo número de veces a lo largo de la obra: en 203 ocasiones.

¡TAMPOCO ERA CABALLERO!

Y si don Quijote se puso por las buenas el don, otro tanto hizo con eso de llamarse caballero. No lo era. Un verdadero caballero, por supuesto, tenía que ser hidalgo, pero un hidalgo no siempre alcanzaba la categoría de caballero.

Había que contar con suficientes tierras y las necesarias riquezas, y así y todo un caballero solo llegaba al nivel más bajo de la nobleza, porque carecía de título. Un hidalgo no era caballero, ni olía la nobleza. Nada había por escrito que diferenciara a unos de otros, pero la calidad de vida y el poderío económico eran suficientes para poner a cada uno en su sitio.

Un autor del siglo XVII escribió que un verdadero caballero era aquel que tenía de dos mil maravedíes para arriba, porque este dinero le permitía sustentar un caballo y acudir con armas a servir al rey. Queda claro que don Quijote ni tenía esa renta ni mucho menos podía sustentar una montura, porque Rocinante no era caballo, sino la radiografía de un suspiro, y las armas con las que podía servir al rey eran poco menos que ridículas.

Continúa el mismo autor diciendo que había otro género de caballeros que eran sombra de estos, a los que les faltaba la renta, el linaje y la reputación. Los que se creían que montar un caballo, vestir, comer, jugar con caballeros y andar como caballeros los convertía en caballeros. Y no hace falta remontarse al XVII. Seguro que al leer esto tienen a alguien en la cabeza que presume de lo que no es y, encima, también se pone el “don” por delante.

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