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Malta y España: Dos países que se dan la mano

Viernes 18 de Agosto, 2017
La geografía, hermana de la historia, concierne a la cultura de cualquier pueblo. No es de extrañar que dos países con vocación netamente mediterránea, como España y Malta, tengan tantos lazos en común. En este artículo exploramos los encuentros e inquietudes comunes de estos dos amigos separados entre sí poco más de 1.500 kilómetros.
ALBERTO DE FRUTOS

El maridaje cultural entre Malta y España comenzó en la Baja Edad Media, cuando navegantes de la Corona de Aragón se hicieron a la mar tras las tierras del este del Mediterráneo, el Mare Nostrum de los romanos. El reino pirenaico de Aragón fue ampliando su extensión con la conquista de diversos territorios peninsulares, como Valencia o Mallorca. Tras la infructuosa reconquista del reino de Murcia, en disputa con Castilla, la Corona de Aragón centraría sus esfuerzos en expandirse más allá de las fronteras peninsulares.

Fue el hijo de Jaime I el Conquistador, Pedro III el Grande, quien entre 1276 y 1285 asumió esa tarea. Intentó conquistar Túnez, reino muy debilitado tras la muerte de su emir; pero el destino no quiso que triunfara en ese campo, puesto que, mientras ultimaba los preparativos de su expedición, estalló en Sicilia la revolución conocida como las Vísperas Sicilianas (1282) contra el rey francés Carlos de Anjou, quien se había hecho con el poder en la isla en 1266.

La revuelta había sido promovida por el siciliano Juan de Procida, médico de Manfredo, último rey de Sicilia antes del desembarco angevino.

Los sicilianos ofrecieron la corona al rey aragonés a cambio de su ayuda. Era una providencia lógica: Pedro III era el esposo de Constanza II, hija y heredera del último rey de Sicilia. Así, el Grande puso rumbo a esta isla, derrotó a las huestes angevinas y fue coronado en Palermo el 9 de noviembre de 1282.

La ruptura del statu quo fue vista con muy malos ojos por el papa Martín IV, de origen francés, que excomulgó al aragonés y decretó una cruzada contra él. Es en este justo momento cuando aparece Malta en nuestra historia. Su situación estratégica, a escasos cien kilómetros al sur de Sicilia, hacía de ella un enclave de gran interés para todos los contendientes. Una vez expulsado de Sicilia, Carlos de Anjou trató de librar Malta del cerco de los aragoneses en el Castello del Mare, actualmente el fuerte de San Ángel. El enfrentamiento se resolvió en la batalla naval de Malta, en junio de 1283, una victoria que aseguró a Aragón el control de la isla, así como de las más pequeñas Gozo y Lipari.

BATALLA NAVAL
Al mando de la flota de galeras aragonesa, compuesta por 18 naves, se encontraba el almirante Roger de Lauria, que derrotó a los veinte barcos angevinos dirigidos por Guillaume Cornut y Bartholomé Bonvin. Fue la primera gran victoria en aguas del Mediterráneo para Roger de Lauria, marino nacido en el sur de Italia y que había sido nombrado almirante apenas dos meses antes de estos hechos, a la vez que la ocasión perfecta para vengarse de la muerte de su padre, caído a manos de los franceses en la batalla de Benavento (1266).

Lauria –que en pago por su valor recibiría mil onzas en joyas y piedras preciosas– llegó a luchar cuerpo a cuerpo contra el propio Cornut, a quien dio muerte con una azcona, arma arrojadiza similar a un dardo. Las pérdidas por el lado francés fueron muy cuantiosas: 3.500 muertos, diez galeras capturadas y 860 prisioneros, en tanto que los aragoneses solo perdieron a 300 hombres. Por lo demás, unos 400 catalanes se quedaron en el archipiélago: fueron los primeros moradores peninsulares en las islas, a partir de entonces una de las posesiones más mimadas por la Corona de Aragón. Alfonso V el Magnánimo, que reinó allá por el siglo XV, se refirió a ella como la “noble tierra y preciada joya de mi Corona”.

La presencia de Aragón, cuya unión dinástica con Castilla se materializó en 1469 con la boda de Isabel y Fernando, se prolongó durante casi dos siglos y medio, hasta 1530, lo que avala la cantidad de huellas “españolas” que hoy podemos disfrutar en la isla.

El edificio de estilo barroco que desde 1972 ocupa el primer ministro de Malta lleva por nombre Albergue de Castilla. Hay otro albergue de Aragón que es sede del ministerio del Interior, sin olvidarnos de la casa de Cataluña, un palacete junto a la iglesia de san Pablo, o de la calle de Tramontana.

¿Y qué decir de los templos? Entre otros, podemos visitar la iglesia de Nuestra Señora de Sarriá, en el barrio de la Balzunetta, topónimo que podría derivar del barrio de la Barceloneta, o la iglesia concatedral de San Juan en La Valeta, donde podremos admirar sendas capillas dedicadas a Aragón (San Jorge) y Castilla (Santiago el Mayor), respectivamente.

La victoria de Pedro III contra los franceses en el collado de las Panizas, tres años después de las Vísperas Sicilianas, fue inmortalizada por Mariano Barbasán.

CARLOS IY FELIPE II
Con la llegada al trono de Carlos I, la situación política de Malta cambió sustancialmente. La Corona de Aragón y todas sus posesiones se fusionaron con el reino de Castilla (y el de Navarra). En 1530, siendo papa Clemente VII, el citado monarca cedió la isla a la Orden Militar y Hospitalaria de san Juan de Jerusalén, conocida como Orden de Malta.

La cesión –a la que se sumaría la plaza de Trípoli– constituyó un gesto de buena voluntad de Carlos hacia una orden huérfana de “hogar” desde que el sultán otomano Solimán el Magnífico sitiara Rodas en 1522, con la consiguiente capitulación y expulsión de los caballeros sanjuanistas. La opción de Malta como nueva residencia para los hijos de aquellos comerciantes amalfitanos que fundaron la Orden en Jerusalén en el siglo XI planteaba numerosas ventajas de carácter defensivo para Carlos, y es que  el imperio otomano era ya una peligrosa amenaza en el norte de África, capaz de conquistar Túnez en 1534 (aunque el rey- emperador la recuperó al año siguiente).

La entrega se planteó, pues, como una suerte de dique de contención que frenara las aspiraciones musulmanas y, a cambio, el rey impuso una serie de condiciones a la Orden. En primer lugar, la isla se convertiría en un feudo dependiente del rey de las Dos Sicilias, si bien esta relación de vasallaje no era plena, en el sentido de que se la declaraba exenta “de todo servicio de guerra y de aquellas cosas que los vasallos deben a sus señores”.

De esta forma, en el plano internacional Malta gozaba de un excepcional grado de autonomía: podía “declarar la guerra  y concluir la paz, mantener relaciones diplomáticas mutuas con otras potencias extranjeras y aplicar reglas particulares en materia de guerra marítima”. Además, la Orden se comprometía a presentar a sus embajadores al sucesor al trono español “para pedirle y recibir de él la investidura de dichas islas”. Eximidos también de la obligación de tributar, los caballeros entregarían anualmente un halcón adiestrado para la cetrería el día de Todos los Santos, tradición que se mantuvo hasta 1798, cuando Napoleón invadió Malta y la Orden fue expulsada de estos dominios.

El sucesor de Carlos I, Felipe II, siguió muy de cerca los negocios de Malta y prestó su apoyo a la isla cuando fue más necesario.

Su conquista seguía siendo un objetivo prioritario para el imperio otomano que, en mayo de 1565, inició el asedio a la isla, con el envío de una flota de unos 25.000 soldados. Tras no pocas vacilaciones, el Prudente acudió al fin en su auxilio, y Álvaro de Bazán, que todavía no era Marqués de Santa Cruz, aniquiló a los turcos al mando de sesenta galeras el 7 de septiembre de aquel año. El enemigo sufrió 20.000 bajas.

Al frente de la guarnición maltesa se encontraba el veterano Gran Maestre de la Orden, Jean Parisot de la Valette, quien hizo gala de un arrojo sobrehumano al resistir el sitio de la flota otomana y sus constantes asaltos durante más de tres meses. El rey le regaló una daga de acero toledano engarzado en oro con la leyenda “Plus quam valor Valetta valet”, es decir, “Más que el valor vale Valeta”.

LA NUEVA CAPITAL
Tras la liberación de la isla comenzó su pertinente reconstrucción. Diseñada por el ingeniero Francesco Laparelli, a quien sucedería Girolamo Cassar, La Valeta –su nueva capital tras Mdina y Birgu-Vittoriosa– se proyectó como una ciudad de nueva planta, cuyo nombre homenajeaba al artífice  de la defensa de la isla, que hoy yace en la catedral de San Juan. La inyección económica de Felipe II y del Papa Pío V hizo posible que se inaugurara en muy poco tiempo.

Cada 8 de septiembre se conmemora el fin del asedio con el Día de la Victoria, en el que tiene lugar una colorida regata de remo entre los principales puertos de la isla.

En la misma jornada se celebra también el nacimiento de la Virgen María y la fecha en que las tropas italianas se rindieron a las británicas en la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, es un momento óptimo para viajar a La Valeta –siempre lo es–, que en 2018, además, añadirá a sus muchos dones otro motivo de celebración como Capital Europea de la Cultura.

La independencia de Malta fue afianzándose con el paso del tiempo. El tratado de Utrecht (1713) reconoció expresamente la neutralidad de la isla, por lo que la nueva dinastía borbónica se hizo a un lado en los movimientos de la política maltesa. Por el mismo tratado España renunció a Sicilia en favor del duque Victor Amadeo II de Saboya, por lo que Malta pasó a depender en mayor medida de Sicilia. Los embajadores de Malta mantuvieron, eso sí, su representación ante la corte española.

La invasión de la isla por Napoleón en 1798 representó una flagrante violación de ese tratado. Dos años después, los británicos desalojaron a los ocupantes, inaugurando así un extenso período de influencia, hasta la independencia definitiva de Malta en 1964.

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