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Trovadoras

Viernes 26 de Mayo, 2017
Fue una pequeña élite de poetisas de la Edad Media, embriagadas por el amor cortés, la cultura y la escritura. Algunas llegaron a convertirse en las más respetadas de la corte de Alfonso X. Por primera vez, ellas se convertían en las amantes en lugar de las amadas, y ellos, aunque a veces también ellas para ellas, pasaban a convertirse en los amados, en los objetos de deseo.

Edad Media: un juglar canta a la domina los versos que su enamorado le ha dedicado... ¿Era así? La figura del trovador ha pasado a la historia como un icono de expresión lírica amorosa en la que el hombre poetizaba sobre las virtudes de su amada. Habría que matizar que lo que alababa, más bien, eran las virtudes de la esposa de otro hombre. En efecto, la poesía trovadoresca no trataba tanto de seducir a las mujeres a las que iba dirigida, la mayor parte de las veces casadas, sino de obtener el favor de su marido, el señor feudal, aunque estas teorías todavía siguen siendo muy debatidas.

Elogiar la hermosura y virtudes de la esposa era elogiar a su propietario, el marido. El poeta imaginaba en su dama, su domina, un dechado de virtudes, físicas y espirituales. La procedencia social del trovador variaba, ya que podía provenir del estrato más bajo y humilde, así como de los estratos más altos de la aristocracia. En cualquier caso, sus composiciones poéticas sólo tienen un público: la Corte. Y en la corte había que estar a bien con todos y labrarse una buena reputación, si uno quería medrar.

No era precisamente el arte de hacer rimas algo bajo, sino un talento muy admirado. Trovadores muy destacados fueron el mismísimo rey Alfonso X el Sabio, y otros poderosos señores feudales como Guillermo X de Poitiers, entre otros, quienes solían proteger a los que, como ellos, cultivaban este arte. Este proteccionismo, obviamente, obligaba de alguna manera a que estos artistas sirvieran con su poesía a los señores que les amparaban, por así decirlo. Como puede imaginarse, el propósito de un trovador no era el de robarle la esposa al señor, sino el de complacerle a través de ella, aunque no todos los críticos están de acuerdo con esta hipótesis. Ese amor, esa pasión vertida en letras y quebrantos a la señora, no era más que alabanza a su señor. Pero si en realidad era él, y no ella, el objeto de su interés, ¿por qué no escribirle a él? Es la pregunta que muchos podrían hacerse. Existen muchos factores que nos permitirían encontrar una explicación válida. En primer lugar, era la mujer, y no el hombre, la que tradicionalmente ocupaba el papel de objeto de deseo en la esfera cultural y literaria. Además, teniendo en cuenta que eran los hombres los que protagonizaban la escena artística, era normal que solamente se atendiese al discurso masculino en términos de lírica amorosa. Las voces poéticas femeninas en el continente europeo habían sido hasta la fecha muy escasas o una rareza que iba poco más allá de Safo.

Por otro lado, en los reinos cristianos de la península, como en buena parte del occidente cristiano, se asistía en el siglo XI al nacimiento del término sodomía, un concepto que sería utilizado como arma arrojadiza a la hora de distinguir, entre otras cuestiones, a los moros de los cristianos en pleno comienzo de la era de las Cruzadas. Ya lo constató Mark Jordan en su día: no hay ni rastro del término sodomía antes del siglo XI. Es un concepto artificial creado para juzgar, una invención del cristianismo occidental. Los moros estaban del lado del mal, del lado del Diablo, la lujuria, la lascivia, el placer del gozo por el gozo, el  forma explícita. En total, que sepamos, contamos con unas 20 mujeres trovadoras, aunque es probable que fueran más. Sin embargo, solamente se llegó a escribir una breve reseña biográfia de cinco de ellas, aunque es una cifra suficiente como para saber que se trataba de un fenómeno real y no de hombres escondidos bajo un pseudónimo femenino.

En el interior de los castillos, el amor cortés de las trobairitz se dirigía a los caballeros, a los trovadores y, en algunos casos, también, a otras mujeres. Nunca a sus maridos. Directas y sensuales en todo lo que escribían, si había un valor que apreciaban por encima de cualquier cosa, era la fidelidad, aunque destacaban sobremanera por su febrilidad y pasión a la hora de expresarse, según se desprende de la lectura de sus versos. La Comtessa de Dia (ss. XII y XIII), escribía sin pudor sobre su deseo de tener a su amado desnudo entre sus brazos: Como se puede apreciar, estas mujeres rechazaron el registro tradicional femenino, que sólo les permitía a las féminas escribir sobre cosas sacras; no sólo eso, sino que además invirtieron el discurso masculino de la canción trovadoresca, pasando de ser una dama a la que se reverenciaba y suplicaba amor, a ser ella misma una desesperada mendicante de amor y pasión.

El vasallaje amoroso se trastocó. Si cuando ellos cantaban, lo hacían dejando bien claro que ella era la domina y él un vasallo, cuando ellas tomaron la voz poética, decidieron llamar al objeto de sus anhelos caballero o amigo. Es decir, a él se le trataba de igual a igual, y al desaparecer esa barrera, se sintieron todavía más libres a la hora de expresar su afecto de forma más visible y sincera.

Las trobairitz escribían en lengua de oc (también conocida como lengua occitana), una antigua lengua romance que se hablaba en algunos lugares de Francia, Italia y España, principalmente. Vale la pena destacar que nuestro país es el único donde la lengua de oc tiene reconocimiento oficial, en su variedad autóctona catalana.

DE MUJER A MUJER: BIERIS DE ROMANS
Quizás una de las poetas que más han atraído la atención durante los últimos años, y sobre la que más chorros de tin- ta se han vertido, sea Bieris de Romans (s. XIII), quien dirigió sus versos a otra mujer, tal y como sigue: Mucho se ha especulado sobre si Bieris de Romans era lesbiana o no, aunque el marco histórico de misoginia medieval de corte católico no era indiferente, en ningún caso, a las manifestaciones homosexuales, ya que como hemos mencionado anteriormente, se consideraban un distintivo característico de los sarracenos, y todo lo que les concernía, era maligno. Pero esta campaña contra la sodomía, como dieron en llamarla, comenzó en la época de las Cruzadas, y no antes, así que es lógico pensar que hasta entonces, no había una barrera que explícitamente prohibiese la homosexualidad y, en última instancia, si los cristianos no la hubieran venido practicando, tampoco hubiera hecho falta ninguna medida de freno. Pero de hecho, sí que fue necesario frenar la homosexualidad, no sólo entre la población laica, sino también en la secular, especialmente dentro de los conventos.

De esta persecución no se salvaron ni las mujeres, que tradicionalmente habían sigo ignoradas hasta el punto de ignorar, igualmente, su posible lesbianismo, considerado como algo inimaginable, como si las mujeres no pudieran encontrar placer sexual alguno si no había un hombre por en medio. Pues bien, la gravedad de las circunstancias en la Edad Media en casos de lesbianismos hablaba por sí misma. La Iglesia tuvo que tomar serias cartas en el asunto en relación al lesbianismo de las monjas, por ejemplo. Los Concilios de París (1212) y Ruan (1214) prohibían a las monjas dormir juntas, a fi de evitar la tentación carnal entre ellas, así como dejar una luz encendida toda la noche para que nada pudiera esconderse de forma clandes- tina aprovechando el beneplácito de la nocturnidad y la alevosía.

La mayor fuente de pruebas de esta caza de brujas homosexuales en la Edad Media, la encontramos en los archivos eclesiásticos y jurídicos. Por otro lado, también conservamos pruebas escritas que constatan que algunas monjas tenían relaciones sexuales entre ellas, habida cuenta de las cartas de amor que se escribían. Lamentablemente, no son muchas las epístolas que conservamos de esta época, ya que al tratarse de relaciones clandestinas ferozmente perseguidas, estas misivas privadas se enviaban con sumo celo y secreto y en raras ocasiones lograron trascender el ámbito privado.

VOCES AHOGADAS
Kaplisch-Zuber las llamaba “voces ahogadas”, mientras que Régnier-Bohler las llamaba “voces prisioneras”. En ambos casos, resulta evidente que el calificativo no es casual, y las mujeres de la Edad Media tenían gigantescas barreras a la hora de tener acceso a la cultura, y aque- llas que tuvieron el privilegio de poder hacerlo, sólo pudieron expresarse bajo el pseudónimo del nombre de su marido. La limitación también se hacía extensiva a la temática. Las mujeres sólo podían escribir de cosas sacras, y en este caso puede que el ejemplo más relevante sea el de la monja y escritora valenciana sor Isabel de Villena (1430-1490), de finales de la Edad Media.

En el marco europeo, fueron personas como la francesa Chiristine de Pizan 1364-1430), quienes se la jugaron con libros como La Ciudad de las Damas, un auténtico relato de las hazañas heroicas de las mujeres considerado como un precursor del feminismo moderno. Eso sí, no sin antes pedir disculpas y deshacerse en excusas previas por el hecho de atreverse a escribir, siendo, como era, una mujer.

Estas pinceladas históricas, nos ayudan a entender un poco mejor el extraordinario valor de las trobairitz, quienes en su conjunto constituyen, sin lugar a dudas, uno de los diamantes más valiosos de nuestro acervo literario. No por casualidad, el rey más culto y apa- sionado por la sabiduría y .las artes de toda nuestra historia, Alfonso X El Sabio, admiraba a las trobairitz y en su corte, éstas ocupaban un lugar muy destacado, como lo fuera María la Balteira, auténtica musa de los trovadores castellanos de la corte Alfonsina.

También Catelloza o María de Ventadorm, abogando en sus poemas por la igualdad entre hombres y mujeres en el vínculo amoroso, llegarían a ser nombres muy conocidos. Al parecer, en un ambiente nobiliario en el que los matrimonios se concertaban a razón de los intereses socioeconómicos, el amor entre los esposos no venía incluido en esta transacción contractual, por eso algunas trovadoras, aprovecharon el vehículo lírico para manifestarse en contra de es- tas uniones de conveniencia. El ejemplo más llamativo lo encontraríamos en Marie de France, una trovadora francesa del siglo XII que entre sus múltiples te- máticas amorosas y fantásticas, también incluyó la de la denuncia abierta contra los matrimonios concertados.

Franqueando los umbrales de la escritura, no sin asumir importantes riesgos por ello, estas mujeres trataron de hacerse oír en un mundo y una época en el que debían estar calladas, y lo hicieron gracias a un hombre, o dos, o tres, o tal vez más… Sí, tal vez fueran pocos, pero su papel fue muy importante. Todos los hombres que las escucharon sin escandalizarse, todos los hombres que les aplaudieron el mérito, todos aquellos que las invitaron a seguir es- cribiendo, todos aquellos que a lo largo de la historia le han puesto la proa a la mujer, con el fin de que su barco pudiera llegar al destino de justa igualdad que otros hombres les negaron.

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