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El auténtico Alatriste: Julián de Romero, héroe de los tercios

Lunes 18 de Junio, 2018
El verdadero capitán Alatriste era un tercio que dedicó toda su vida a servir al rey y a España, primero a Carlos V y más tarde a su hijo Felipe II. Y lo hizo en muchos campos de batalla: Túnez, Malta, Inglaterra, Francia y Flandes, donde su nombre alcanzó el grado de leyenda. Esta es la historia del capitán Alatriste real.

"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente".

Con esta frase, bien conocida por los lectores de Arturo Pérez-Reverte, comenzaba la primera de las novelas del capitán Alatriste, la saga más exitosa del escritor cartagenero. Una frase que bien podría referirse a otro militar español –en este caso real– que luchó con arrojo en los campos de batalla de Flandes y media Europa, y cuya figura acabó adquiriendo tintes legendarios: el conquense Julián de Romero Ibarrola.

Nacido en un pueblecito conquense, Torrejoncillo del Rey –algunas fuentes sitúan su nacimiento en Huélamo, también en Cuenca–, poco es lo que sabemos a ciencia cierta sobre las primeras décadas de vida del que sería todo un símbolo de los temidos tercios españoles. Julián era hijo de la castellana Juana Romero y su marido Pedro de Ibarrola, un maestro cantero vizcaíno que murió cuando él era niño por la cornada de un toro furioso durante las fiestas de la localidad. Sus orígenes familiares entroncaban con la casa mayor de Ibarrola de Murelaga, en Vizcaya, pero sus primeros años de vida fueron los de una familia humilde en la que faltaba el cabeza de familia.

Pronto la apacible y tediosa vida de provincias se volvió demasiado asfixiante para el espíritu aventurero del joven y, aunque no hay constancia documental, los historiadores –entre ellos su biógrafo Antonio Marichalar, conde de Montesa– creen que, cuando tenía sólo 16 años, se produjo un hecho que marcaría su destino.

En aquellas fechas, hacia 1534, un contingente de soldados recaló en su pueblo, y el entonces adolescente decidió sumarse a ellos dispuesto a aprender los secretos de la guerra. Aquel impetuoso gesto, propio de los ardores y la inconsciencia de la juventud, terminaría por llevarle a recorrer buena parte de Europa y el Mediterráneo, convirtiéndolo en leyenda durante siglos.

TÚNEZ, INGLATERRA, FLANDES…
Un año más tarde, el destacamento al que se había unido –no es difícil imaginar la desesperación que aquello supuso para su madre, sobre todo teniendo en cuenta que otros tres hermanos compartirían también su oficio de armas– fue movilizado para participar en la célebre Jornada de Túnez, organizada por Carlos V en 1535 para acabar con los desmanes del pirata otomano Barbarroja, que había depuesto a Muley Hasan, vasallo de España.

El emperador y sus tropas consiguieron una sonada victoria, recuperando el cuerpo de La Goleta y la ciudad de Túnez y devolviendo el trono a Hasan. Aunque quedaron allí cuatro compañías de infantería, parece que Julián Romero, que por entonces era sólo un mozo de tambor y mochilero, partió con parte de las tropas rumbo a las posesiones españolas en Italia.

Allí debió de permanecer durante unos años, curtiéndose en el ejercicio de las armas entre sables, mosquetes y arcabuces, pues la siguiente noticia suya que tenemos –ya respaldada con documentación histórica– lo sitúa en Escocia, bajo el mando del maestre de campo Pedro de Gamboa y junto a otros compatriotas.

En 1544 los soldados del tercio al que pertenecía Romero habían sido licenciados, y un puñado de ellos, en su mayoría arcabuceros a caballo, decidieron enrolarse como mercenarios al servicio de Enrique VIII, rey de Inglaterra. Por entonces, el monarca británico se hallaba enzarzado en una disputa con Escocia por motivos dinásticos y religiosos, y la pérfida Albión todavía no era el enemigo que sería años después para España.

De hecho, Enrique VIII y Carlos V se habían convertido en aliados con motivo de la Guerra italiana de 1542, que los enfrentó a Francisco I de Francia y el otomano Solimán I. Así pues, no hubo problema en que Romero y sus compañeros de armas partieran a Inglaterra.

Pero antes de participar en la batalla de Pinkie Cleugh (septiembre de 1547), en la que los españoles y sus aliados machacaron a los escoceses causándoles más de 15.000 muertos, Romero participó en un episodio que elevaría su fama hasta límites insospechados.
Todavía en medio del conflicto de la “guerra italiana”, fueron destacados en los territorios que Inglaterra poseía en Francia, concretamente en Calais.
No sabemos los motivos exactos, pero un capitán español, Antonio Mora –que había alquilado la espada al francés Francisco I– retó en duelo al maestre Pedro de Gamboa. Julián Romero se ofreció a luchar en su lugar, y el enfrentamiento no tardó en despertar una gran expectación. El duelo no sólo iba a enfrentar a dos españoles, sino que uno de ellos (Mora) lo hacía en representación del rey francés, y el otro (Romero) en honor de Enrique VIII.

El duelo acabó celebrándose en Fontainbleu, donde se erigió un gran campamento para acoger a las autoridades, entre las que se contaban el mismísimo rey Francisco I y su heredero. Cuentan las crónicas que la lucha se prolongó durante horas, y se saldó finalmente con la victoria de nuestro protagonista. Romero, que hasta entonces era un simple soldado, fue reconocido como ganador por Francisco I, mientras que Enrique VIII lo recompensó nombrándolo capitán y otorgándole el título de Sir, y por tanto con derecho a blasón y feudo. Tras su breve y exitosa experiencia como duelista, Romero participó con éxito en la ya citada batalla de Pinkie Cleugh, dirigiendo como capitán un regimiento.

DE SIR A CABALLERO DE SANTIAGO
Julián Romero, con su flamante título de Sir, bien podría haber hecho su vida en Inglaterra, disfrutando de su condición de capitán y caballero de la corona británica. Sin embargo, en 1551 decidió abandonar las tierras inglesas y se embarcó de nuevo al continente para integrarse otra vez en los tercios españoles.

Sabemos que un año después se hallaba ya en Gante ostentando el título de capitán, pues se le había reconocido el Uz obtenido durante su aventura inglesa. Dos años más tarde, en 1554, fue enviado a la campaña de Picardía, donde las tropas del monarca francés Enrique II amenazaban las posesiones españolas del ducado de Borgoña.

Julián Romero se hallaba al mando de la defensa de Dinant, la hermosa localidad a orillas del Mosa, pero su ingenuidad –o un exceso de confianza– le llevó a cometer uno de los escasos errores de su carrera. Romero accedió a la petición de los atacantes franceses de abandonar la plaza para negociar con ellos, y sus enemigos aprovecharon la ocasión para apresarlo y tomar la ciudad. El capitán español pasó dos años preso, hasta que recuperó la libertad gracias a un intercambio de prisioneros.

A pesar de aquel descalabro, la fama de Romero no se vio muy dañada y, de hecho, su nombre continuó adquiriendo prestigio con el paso de los años. Así, su fama aumentó con motivo de la célebre batalla de San Quintín –se dice que fue una de las personas que convenció a Felipe II para que atacase esta posición–, donde dirigió con éxito a una compañía que consiguió capturar al líder de los hugonotes, el conde de Coligny.

Aquella incursión supuso también la primera herida de gravedad: en San Quintín fue alcanzado por una bala de mosquete que le hirió una pierna, causándole una herida que primero le provocó una cojera y más tarde le hizo perder la extremidad. Pese a todo, Felipe II quedó tan satisfecho con la victoria que no dudó en premiar al conquense con la merced del hábito de Santiago, convirtiéndose así en caballero de la prestigiosa orden.

Tras San Quintín, Romero permaneció en Flandes durante algún tiempo, y tuvo ocasión de participar en otra batalla decisiva de aquella contienda contra Francia, la de Gravelinas, que puso fin a las aspiraciones de conquista de Enrique II. Las tropas españolas estaban en aquella ocasión bajo el mando de Lamoral, conde de Egmont y primo de Felipe II, con quien Romero –que dirigía a una compañía de arcabuces– trabó una estrecha amistad.

Poco podían imaginar ambos que, en no mucho tiempo, volverían a verse en circunstancias muy distintas… En aquellas fechas del fin de la guerra con Francia, Romero entabló amistad con otro noble flamenco de gran importancia y poder. En este caso se trataba de su superior, Guillermo de Nassau, príncipe de Orange y estatúder de las provincias de Holanda, Zelanda, Utrecht y Borgoña por orden de Felipe II.

Aquella amistad, sincera, aunque siempre medida por la obediencia debida al de Orange, acabó marcando el trato entre ellos cuando Guillermo se convirtió en la cabeza visible de los rebeldes flamencos y ambos quedaron en lados opuestos del campo de batalla.

VUELTA A FLANDES
Tras la firma de la Paz de Cateau-Cambrésis, que puso fin a las hostilidades con Francia, la calma, engañosa, parecía haber regresado a los territorios europeos.

Aquella tranquilidad permitió el regreso a España de Julián Romero, a quien por entonces las crónicas ya sólo mencionaban como Julián. Desde Málaga el audaz conquense embarcó de nuevo con rumbo a Túnez, pues se le encomendó la misión de reforzar las tropas destacadas en La Goleta. Desde allí continuó su intercambio epistolar con su todavía amigo Guillermo de Orange, a quien le contaba, en confianza, que las heridas que arrastraba en su pierna a punto habían estado de acabar con su vida: "He estado muy cerca de la muerte", le dicha ciudad. confesó en una de sus misivas.

Cansado de Túnez, Romero pidió al rey que le concediera el favor de un traslado, y así fue. Julián pudo regresar por un tiempo a España –antes de embarcar de nuevo rumbo al Mediterráneo, con sus inseparables tercios de Italia–, y aprovechó para visitar a sus parientes.
En aquellos días de 1563 se estableció en Madrid, en una vivienda de la calle Mayor, y poco después contrajo matrimonio con María Gaytán, hija de un capitán del ejército. De aquella unión nació la única hija legítima de Romero –había tenido años atrás otros hijos en Flandes–, a la que llamaron Francisca. Julián tenía la esperanza de que su esposa e hija le acompañaran en sus destinos militares, pero su mujer se negó a abandonar España, y el capitán se vio obligado a retomar sus deberes marciales.

El nuevo destino no tardó en llegar, y fue de nuevo un punto en el Mediterráneo. Malta estaba sufriendo el acoso turco, así que los tercios de Italia fueron convocados para proteger la isla. Mientras se encontraba en aquella misión, murió su superior, Melchor de Robles, y fue de este modo como Romero de Ibarrola acabó convirtiéndose en maestre de campo del tercio de Sicilia.

Poco después estalló por fin la rebelión en Flandes, y su hasta entonces amigo y superior, Guillermo de Orange, se convirtió en un nuevo y poderoso enemigo. El duque de Alba puso rumbo a los Países Bajos españoles tomando el célebre Camino Español al mando de cuatro tercios y Romero le acompañó en el viaje, estrenando un flamante rango creado a tal efecto por el de Alba: sargento mayor general del ejército.

Fueron aquellos los primeros años de la guerra en Flandes, pero no por ello menos duros, y buena muestra de ello son las numerosas batallas y escaramuzas en las que Julián Romero tuvo ocasión de jugarse el pellejo, dejándoselo a medias en varias ocasiones. Pero antes, nuestro valiente capitán se convirtió – en protagonista de otro suceso histórico que quedó registrado para la posteridad en los libros de historia. Tras las algaradas iconoclastas registradas en Amberes y otras ciudades flamencas en 1566, en la que los rebeldes protestantes destruyeron imágenes religiosas y quemaron iglesias, las autoridades españolas detuvieron al conde de Egmont, primo de Felipe II y uno de los cabecillas rebeldes junto a Guillermo de Orange.

Prácticamente todas las crónicas contemporáneas que recogen el hecho mencionan la presencia de Julián Romero en el cadalso, acompañando a su antiguo amigo. Algunas fuentes aseguran que el de Egmont se atrevió a preguntar al español, en un último intento por salvar su vida, si no había posibilidad de perdón. Romero se encogió de hombros, resignado, y contestó que no. Poco después la cabeza de Lamoral rodaba por la plaza mayor de Bruselas.

ENCAMISADA EN MONS
Romero acababa de regresar de una breve temporada en España cuando, acabado ya el verano de 1572, protagonizó otro episodio armado que le valió una vez más la admiración de sus superiores. La ciudad de Mons –en la actual Valonia, Bélgica– llevaba varios meses ocupada por fuerzas holandesas, y el líder rebelde Guillermo de Orange había acampado en sus cercanías.

El maestre de campo Julián no lo dudó un instante y, aprovechando la noche, dirigió un grupo de hombres para llevar a cabo una de las temibles encamisadas que hicieron célebres a los tercios españoles. A su paso fueron dejando un interminable rastro de cadáveres degollados y acuchillados, y llegaron a alcanzar la plaza de armas del campamento, donde se encontraba la tienda de Guillermo de Orange. Por suerte para el holandés, despertó gracias a uno de sus perros y consiguió salvar la vida. Romero y sus hombres dejaron a su paso una hecatombe de 300 enemigos, perdiendo “sólo” a 60 de los suyos.

La escaramuza nocturna fue tan exitosa que el duque de Medinaceli y el duque de Alba quedaron impresionados por las “habilidades” de Romero, y así lo relataron en sendas cartas al rey Felipe II. Como respuesta, el monarca español, que conocía los arrestos del militar conquense, contestó: "Aunque de la voluntad con que Julián Romero me sirve dan harto testimonio sus obras, todavía vuestra aprobación y la del duque son acerca de mí de mucha consideración para tener con él la cuenta que es razón". Aquellas palabras de reconocimiento parecían augurar una justa recompensa para Romero –que por entonces ya había sido nombrado miembro del Consejo de Guerra en Flandes–, pero éste nunca llegó a disfrutar de ella, como bien tuvo ocasión de lamentar algún tiempo más tarde.

En noviembre de ese año, Romero y sus hombres protagonizaron un nuevo episodio en el que la sangre se derramó con abundancia. Es sin duda uno de los sucesos más oscuros de una biografía ya de por sí plagada de atroces actos de guerra. Las tropas españolas habían logrado poner en asedio la localidad de Naarden, y sus autoridades decidieron entregar la plaza. Romero entró en la población con sus soldados, quienes saciaron sed y hambre merced a una comida ofrecida por los vencidos.

Al día siguiente, Naarden se rindió oficialmente y juró lealtad a Felipe II, pero el duque de Alba rechazó sus ruegos. Sin miramientos, don Fadrique ordenó a Romero que pasara a cuchillo a toda la población, y las tropas españolas "degollaron burgueses y soldados sin escaparse hombre nacido".

Antes de que acabara el año, Julián Romero tuvo ocasión de manchar de nuevo su espada de sangre, participando en los ataques a Haarlem –donde perdió un ojo y aun así apaciguó los ánimos de sus hombres, hartos de los atrasos en recibir el pago de sus sueldos–, Spaardam, Ámsterdam y Alkmaar. Más al sur, en Maasluis, nuestro héroe consiguió apresar a Felipe Marnix, secretario de Guillermo de Orange, y aquella casualidad del destino le permitió recuperar el contacto epistolar con su antiguo amigo y superior. En sus intentos por conseguir un intercambio de prisioneros, se aprecia el trato cordial y respetuoso hacia el de Orange, a quien conmina a hacerse “buena guerra”.

EL FIN DE LA LEYENDA
En 1575, tras un breve paréntesis de paz tras la firma del Edicto Perpetuo, los tercios dejaron atrás los Países Bajos y se asentaron de nuevo en suelo italiano. Allí Romero se asentó cerca de Cremona, pero no pasó mucho tiempo antes de que él y sus hombres fuesen reclamados de nuevo desde Flandes.

Con el nuevo rango de maestre de campo general, Julián de Romero partió de nuevo al mando de los tercios de Italia con destino a tierras holandesas, pero nunca llegó a su destino. Al parecer, una apoplejía acabó con su vida silenciosamente, haciéndolo caer de su caballo, cuando marchaba cerca de Alessandria della Paglia, una localidad próxima a Milán. Su cuerpo fue enterrado en una iglesia de la población, la de Santiago de la Victoria, donde todavía hoy puede verse una placa de mármol en su memoria.

Julián Romero tenía en aquel momento 59 años, y su cuerpo, maltrecho y mutilado después de mil y una batallas, era un triste recordatorio de los horrores de la guerra. La insistencia del secretario real, Mateo Vázquez, consiguió convencer a Felipe II de la necesidad de que su hija y su viuda cobraran una herencia. Aquel gesto no fue tanto una muestra de reconocimiento y humanidad, sino más bien un acto destinado a calmar los soliviantados ánimos de las tropas destacadas en Flandes. Si incluso al gran Julián Romero de Ibarrola se le negaba lo que había ganado con una vida dedicada al rey, ¿qué motivo tenían ellos para seguir luchando?

Madre e hija recibieron una notable paga, con la que Francisca, la hija que apenas había conocido a su padre, quiso construir una capilla en el convento de las Trinitarias de Madrid. Intentó traer los restos de su progenitor a España y enterrarlos allí, pero no fue posible, y las desavenencias con el convento impidieron que concluyera la obra prevista.

Sí conservamos, sin embargo, un cuadro que durante mucho tiempo se atribuyó a El Greco, y que hoy se adjudica a uno de sus seguidores. En el lienzo, conservado en el Museo del Prado, contemplamos la figura de quien se convirtió en leyenda de los tercios españoles, a ambos lados del campo de batalla. El mismo Lope de Vega le dedicó una comedia –tal fue la fama que perduró en los años–, y el también militar y poeta Diego Jiménez de Ayllón, contemporáneo suyo, le dedicó estos versos en su honor:

"Temido vuestro brazo fue y espada
en estas partes y ánimo extremado
y en tierra y mar habéis siempre cursado
vuestra virtud con gloria sublimada…".

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