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Excomunión, la más poderosa condena de la historia

Jueves 07 de Febrero, 2019
La excomunión siempre fue un arma en cada conflicto, pero sobre todo significó que la Iglesia se ponía de un lado u otro. Ahora el impacto que puede tener es mínimo pero a lo largo de los tiempos tuvo una dimensión fundamental. Juan José Sánchez-Oro

La Iglesia, desde sus orígenes, ha promovido un orden religioso basado en la unanimidad, concordia y universalidad. Cualquier discrepancia que pudiera poner en riesgo dicha armonía no era bien recibida y, para salvaguardar la integridad del conjunto de fieles, se adecuaron diferentes penas. La más radical de todas ellas ha sido siempre la excomunión, aunque como tal no aparece explícitamente recogida en la Biblia.

Algunos pasajes del Nuevo Testamento recomiendan apartarse o apartar a quienes no atienden ni asumen los dictados del evangelio. Después, con el desarrollo conciliar, esas exhortaciones se concretaron en disposiciones jurídicas específicas. Por ejemplo, ya el concilio de Elvira, celebrado a finales del siglo III, ordenó abstener de la comunión a quienes mostrasen determinadas conductas inmorales.

Posteriormente, sobre todo en la lucha contra las herejías, la excomunión acabó perfilándose como el arma definitiva para retirar a las malas hierbas del cuerpo sano de la Iglesia.

Durante la Edad Media y buena parte de la Moderna, la realidad social y la realidad religiosa estuvieron tan íntimamente imbricadas que configuraban en la práctica un único mundo. Los delitos penales se miraban en el espejo de los pecados, siendo muy a menudo la misma cosa.

Por lo tanto, excomulgar a alguien no solamente suponía un grave castigo espiritual, sino la destrucción civil del excomulgado. Al expulsar a alguien de la Iglesia, simultáneamente, se le estaba expulsando de la sociedad.

Con ser grave ese “destierro” en términos individuales, enseguida advertimos que, cuando tal procedimiento se aplicaba sobre personajes poderosos, se introducía en el turbio juego de la alta política con resonancias de gran calado e impredecibles consecuencias.

Ya en el reino visigodo de Toledo esta forma de sanción eclesiástica entró con fuerza en las luchas partidistas en torno a la monarquía. Recaredo había jurado la fe de Nicea y rechazado el arrianismo, así que su gobierno resultaba indudablemente confesional y los obispos constituyeron una esfera muy influyente de poder.

Los culpables de delitos que hoy calificaríamos de políticos, engrosaban en la época la lista de penitentes y debían sufrir un proceso expiatorio espiritual mediante ayunos, limosnas, rezos y vigilias para recuperar el favor del rey.

Por encima de todo estaba la preservación del orden y la excomunión podía dirigirse indiscriminadamente contra los sediciosos nobles y clérigos que trataran de tambalearlo. También contra el rey si este no gobernaba con justicia o no perseguía a los enemigos de la Iglesia.

EXCOMULGADOS… ¡TODOS!
La estrecha colaboración entre eclesiásticos y monarcas visigodos hizo posible que la excomunión se convirtiera casi en una prerrogativa más de la autoridad regia.

De esta forma, Recaredo consiguió en el III Concilio de Toledo que se dictara excomunión contra todo aquel que no aceptara la sucesión hereditaria al trono, fuera infiel al rey o se manifestara contrario al catolicismo.

Conforme avanzó el medievo y se introdujo la Reforma Gregoriana, el orden eclesiástico intentó delimitar mejor su territorio. El uso instrumental de la excomunión por parte de la monarquía desapareció.

La Iglesia procuró monopolizarlo y no compartirlo porque, a la postre, se convirtió en su mejor baza para tratar de reconducir una situación apurada cuando no le quedaban otras armas en su mano.

Por ejemplo, el legado papal Arnaldo Amaury amenazó con excomulgar a Pedro II de Aragón en 1213 cuando se enteró de que había acudido a ayudar a sus parientes pro cátaros al otro lado de los Pirineos.

Igualmente, Alfonso IX de León llegó a ser excomulgado en dos ocasiones tras celebrar dos matrimonios incestuosos consecutivos con las infantas Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla. La presión pontificia terminó surtiendo efecto y el monarca se plegó a las exigencias de Inocencio III el año 1204.

Desde un punto de vista más local, los prelados y abades castellanos aprovecharon el poder que les daba la excomunión para aplicarla casi a diestro y siniestro en sus pugnas económicas y territoriales con los concejos y señores autóctonos.

Los jueces eclesiásticos se entrometían en las querellas con civiles y los afectados empezaron a protestar y elevar quejas al rey durante la celebración de cortes generales.

Lejos de la mesura con la que hoy la Iglesia insiste en aplicar esta sanción extrema, en aquellos siglos, resultaba habitual excomulgar a quien no cumplía las obligaciones fiscales con el clero y le debía diezmos y primicias.

Durante la Edad Moderna, la Iglesia empleó significativamente la excomunión en el marco inquisitorial de la corrección de conciencias y costumbres. El célebre Índice de Libros Prohibidos enumeraba todos los textos perseguidos y cuya lectura estaba vedada bajo pena de ser excomulgado.

En 1561, el papa Pío V emitió una bula condenando los espectáculos taurinos, igualmente, bajo pena de excomunión y con especial mención de los clérigos que solían participar en las corridas.

Otras bulas posteriores relajaron esta medida en nuestro país puesto que la Santa Sede necesitó a menudo del apoyo español en su lucha contra el infiel.

QUE TODO EL MUNDO LO SEPA
Las listas de excomulgados solían situarse en un lugar bien visible para que todos los vecinos estuvieran al corriente de quiénes eran los penados y actuaran con ellos como correspondía.

El Concilio de Toledo de 1536 dejaba bien a las claras el sentido de este escarnio cuando advirtió que, del mismo modo que “la oveja enferma infecta las otras si no es apartada de su conversación, así los excomulgados traen daño a los fieles cristianos si de su conversación no son apartados”.

En prevención de lo cual, se ordenó a todas las parroquias de este arzobispado que colocaran “una tabla en lugar público donde todos la puedan ver y leer” con “todos los nombres de los parroquianos que en la tal parroquia estuvieran denunciados por excomulgados y la causa de la tal excomunión, ahora sea por deuda o por otra cualquier causa”.

De este modo toda la comunidad sabía si su vecino era bígamo, adúltero, impotente, etc. Las autoridades eclesiásticas esperaban que esta exposición hiciera recapacitar a los penados y “con mayor diligencia busquen el remedio de su absolución”.

La excomunión trató de prestar un último gran servicio al Estado durante la independencia de América. Los prelados del otro lado del océano dictaron numerosas censuras eclesiásticas contra los insurgentes y, en algunos casos como en Nueva España, los destinatarios de las mismas fueron sacerdotes americanos que se habían unido al levantamiento.

El obispo de Puebla, Manuel Ignacio González del Campillo redactó su bando de excomunión en los siguientes y elocuentes términos:

“Probada la ineficacia del aceite para curar la enfermedad de los clérigos insurgentes, es necesario usar ya del cáustico, y tratarlos con el rigor de los cánones; […] fulminemos, aunque con inexplicable dolor de nuestro corazón, los anatemas de la Iglesia contra unos ministros, que se han hecho indignos de tan respetable nombre por sus detestables crímenes y obstinación”.

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