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Gorrones, empollones y repetidores

Viernes 31 de Agosto, 2018
Siglos atrás, estudiar en la universidad era un privilegio de las clases adineradas. Sin embargo, existía un resquicio para que los más pobres pudieran acceder al aprendizaje. La picaresca y las labores más extravagantes eran las únicas formas de alcanzar los ingresos necesarios.

Que la escasez de pan aguza el ingenio y que siempre así lo ha hecho salta a la vista en cientos de miles de páginas que han llenado la literatura de todo tipo de tretas avispadas, a veces incluso desalmadas, con el objeto final de sobrevivir.

Más aún si ponemos el foco en nuestra tradición, rica en figuras tenaces en resistir pese a quien pese, y que tiene como referencia a los personajes de la novela picaresca, especialmente resultona en los años del Siglo de Oro.

El Lazarillo, Guzmán de Alfarache o El Buscón son reconocidos por todos como antihéroes que hacen gala de una gran astucia y que, pese a no hacerlo siempre de la manera más ética, consiguen sobrevivir en una sociedad complicada, en la que el pobre ha de habilitar toda su destreza y ciertas farsas para que las clases acomodadas no lo arrastren del todo fuera de esa sociedad.

Podemos entender que la superación de la adversidad por todos los medios afectaba a todas las clases de la sociedad. También a quien quería crecer en conocimientos, es decir, a los estudiantes.

Divididos en diversos tipos, la principal diferencia es la de siempre: si tenían o no dinero. Y a los segundos, es decir, a los pobres, la literatura del Siglo de Oro les ha salpicado con la mancha de la vida perezosa. Según la misma, dedicaban todo su esfuerzo a la jarana y al pillaje, y, como mucho, utilizaban los libros para lanzarlos contra sus antagonistas.

DIFERENCIAS ENTRE UNIVERSITARIOS
Grosso modo y dependiendo de las normas autónomas de cada institución, la universidad antigua contaba con estudiantes provenientes de la nobleza que pagaban por acceder a la Universidad y tenían todos los privilegios, otros que contaban con una beca y normalmente con obligaciones muy severas en torno a la preparación y los resultados que debían obtener a final de curso y, por ultimo, alumnos directamente pobres que tenían que encontrar del modo que sea, reglamentario o rufianesco, para estudiar y conseguir dinero para pagar esos estudios.

Incluso cuando la universidad nacía con un propósito, en cierto modo, igualitario, tal y como pasó con la Complutense de Alcalá, que germinó de la mano del Cardenal Cisneros con un proyecto de gratuidad de los estudios, las cosas evolucionaron de un modo que diferenciaba entre los acaudalados y los que nada tenían.

El hecho de que, a finales del XVI, contasen con un abundante número de estudiantes provenientes de la nobleza, hizo que el grupo más importante de alumnos fueran dichos hijos de la nobleza, los porcionistas, así denominados porque pagaban veinte ducados de oro que incluían sus gastos de mantenimiento y de sus estudios.

Sin embargo, pese a ser la mayoría, otros tantos estudiantes no contaban con medios para hacer estos desembolsos. En el Colegio Mayor de San Ildefonso, origen vertebrador de la Universidad de Alcalá, existían unas cámaras en su parte posterior en las cuales se alojaban sin pagar nada.

Por este motivo recibían el nombre de camaristas. Pero claro, no pagar alojamiento no significaba ingresar algo, y un poco de dinero había que tener para sobrevivir en la vida universitaria. Así que surgían “empleos” de todo tipo para gozar del favor y –sobre todo– del dinero de los estudiantes potentados. ¿Han reflexionado alguna vez de dónde procede el término “empollón”?

Pues precisamente de una de estas labores para conseguir ingresos. Siglos ha no existía calefacción y los inviernos eran al menos tan fríos como los de hoy. Sentarse en uno de los antiguos bancos de las aulas donde se impartían las clases a primera hora debía de resultar glacial para los cuerpos de los estudiantes. Y ya se sabe que el dinero tiene la capacidad de ofrecer hasta calor.

Así que aquellos que tenían más “posibles” pagaban a los estudiantes más pobres para que acudieran a las clases horas antes de que comenzaran a impartir la lección. Se sentaban en los sitios destinados a los hijos de los nobles y de este modo calentaban el asiento, ya saben, del modo en que lo hacen las gallinas. En otras palabras, empollaban el asiento.

Y entre los mismos camaristas complutenses, también destacaban los gorrones, conocidos así por una gran gorra que cubría su cabeza. ¿Y qué hacían para mejorar su situación económica? Pues aprovecharse de su desenfado, de su capacidad para la chanza, y acompañar a algún estudiante rico en sus fiestas universitarias, en sus momentos de guasa.

A cambio, ese benefactor corría con sus gastos. Una vocación más académica tenía otro de estos oficios extraoficiales, el de repetidor. No se lleven a engaño con el término, que en la actualidad designa a quienes repiten curso. En este caso, los estudiantes pobres repetían la lección en voz alta, pero no lo hacían para sí mismos.

Se aprendían lo que se estudiaba en clase de memoria y repetían la lección, en público o en privado, tantas veces como hiciera falta a algún o algunos porcionistas. A cambio, claro, de algún dinero. Ya ven que también el hambre de aprender –o, mejor de sobrevivir aprendiendo– agudizaba el ingenio.

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