Se encuentra usted aquí

La guerra de Inglaterra contra España por mal de amores

Sábado 27 de Octubre, 2018
Pese a que la historiografía considera a Inglaterra como una gran potencia, lo cierto es que su peso internacional era bastante limitado e intentaron por todos los medios una alianza matrimonial con España. Cuando esta fue rechazada… se formó una guerra. Por: Javier García de Gabiola

Todo empezó con el llamado por la historiografía inglesa “Spanish Match”, o las negociaciones entre Londres y Madrid entre 1614 y 1623 por un enlace matrimonial entre el príncipe heredero Carlos de Inglaterra y la hermana de Felipe IV, María Ana de Austria.

La jugada de pergeñar una alianza entre ambos países fue sobre todo idea y esfuerzo del brillante embajador español en la isla, el conde de Gondomar que consiguió con este juego mantener a Inglaterra como pro-española durante toda una década. Sin embargo, el proyecto de alianza entró en crisis con la Guerra de los 30 Años en 1618. Los rebeldes protestantes eligieron como su emperador en Alemania a Federico V del Palatinado, que era a su vez yerno de Jacobo I de Inglaterra.

Este envió tropas con instrucciones de defender el Palatinado pero no atacar a las tropas españolas, mientras que Madrid, ayudando a los católicos, conquistó la región, si bien evitó cualquier choque con los británicos. Así, Frankenthal, en el Rhin, quedó aislada con su tropa inglesa mientras los validos Conde-Duque de Olivares y el Duque de Buckingham (según las malas lenguas amante del rey Jacobo) continuaban con las negociaciones matrimoniales.

Sin embargo, ahora existía otra pieza sobre el tapete: Londres exigía la devolución del Palatinado a su yerno, algo imposible de hacer, primero porque la mitad del territorio estaba ocupado por Baviera, y presionarla para realizar dicha devolución sería aproximarla peligrosamente a Francia, que estaba tentándola con una alianza.

Por otro lado, la otra mitad estaba ocupada por España, que no podía permitir que un príncipe protestante controlara los puentes sobre el Rhin medio, zona de paso vital para conservar abierto el Camino Español entre Italia y Flandes, por lo que Madrid fue dando largas al asunto.

Incluso se logró un gran éxito cuando Inglaterra fue finalmente obligada a ceder en junio de 1622 Frankenthal a los españoles, que la conservaría en depósito hasta diciembre de 1624 mientras se decidía qué hacer con el territorio. Por supuesto, España nunca la devolvería.

UN GESTO ROMÁNTICO E INÚTIL
Entonces sucedió algo inesperado que complicó más la situación: unos tal John y Thomas Smith llegaron de visita a España en 1623 y se anunciaron por sorpresa en la Corte. Gondomar, ya en nuestro país, se enteró el primero de la noticia y fue a despertar al propio Olivares para informarle del asunto, y este, con sorna, conociendo la anglofilia del embajador, comentó:

“Sosegaos, señor conde, que parece como si el propio rey de Inglaterra estuviera aquí”. El valido, sin saberlo, acertó, ya que Gondomar le informó que los dos visitantes eran los propios príncipe heredero Carlos y el Duque de Buckingham, que hartos de esperar decidieron forzar las negociaciones y se presentaron en persona y por sorpresa para conocer a la novia. Carlos debió quedar gratamente impresionado con Maria Ana, porque a decir del propio Olivares no dejaba de mirarla “como el gato al ratón”.

Finalmente, la Junta Teológica de Felipe IV permitió el matrimonio si se establecía la tolerancia de los católicos en Inglaterra. Para estar seguros de que se cumpliría con la palabra dada, también sería conveniente que Carlos se convirtiera, y que la princesa no zarpara hasta dentro de un año, cuando estas condiciones se hubieran verificado.

Ninguna palabra se decía sobre el Palatinado, de modo que Buckingham, humillado, entró en fuertes discusiones con Olivares y amenazó con volver de inmediato a Inglaterra.

El valido, sin embargo, consiguió retenerles y envió una misión diplomática a Londres para informar a Jacobo de las condiciones de la boda, dirigida por el Marqués de Hinojosa, un hombre terriblemente deformado por la sífilis y que tenía que hablar con ayuda de unos corchos, pero debía ser un hombre convincente (su pasado mujeriego así lo acredita) ya que sorprendentemente ¡convenció a Jacobo de que aceptara las condiciones!

Debió pesar en su decisión la dote de la princesa española, que era de unos 2,5 millones de ducados, equivalente a los ingresos de anuales de la América española, y el doble de la de Inglaterra.

Sin embargo, en Londres sus súbditos se llevaron las manos a la cabeza, aún quedaba pendiente el tema del Palatinado, y por parte española la sospecha de que Carlos, una vez casado y recibida la dote no cumpliría su palabra, de modo que ambas partes exigieron nuevas garantías y las negociaciones se rompieron. Despechado, Carlos abandonó España y en el camino de regreso pactaría una alianza matrimonial alternativa con Francia.

LA GUERRA CON ESPAÑA
Con Jacobo ya agonizando, Carlos y Buckingham consiguieron finalmente declarar la guerra a España en marzo de 1624. Sin embargo, a pesar de levantar una coalición formada por Francia, Holanda, Dinamarca, Saboya y Venecia contra Madrid, el conflicto fue desastroso para Inglaterra, sobre todo en 1625, año en que de forma increíble, España triunfó en todos los frentes de guerra en lo que se llamó “annus mirabilis”.

En primer lugar, Carlos envió desde Dover en enero una fuerza de 12.000 soldados bajo el mercenario Mansfeld a ayudar a los holandeses que estaban intentando detener el asedio español de Breda. La fuerza, compuesta por borrachos y presidiarios, tras fracasar en Breda fue destruida en el Puente de Dessau en 1626 por los imperiales. A la vez, la ofensiva francesa en Italia fracasó cuando los españoles lograron salvar Génova, y un levantamiento protestante en La Rochelle forzó a Richelieu a abandonar el frente.

Por otro lado, una flota española bajo Fadrique de Toledo consiguió recuperar Salvador de Bahía, en Brasil, frente a los holandeses, y otra flota holandesa fue rechazada en su ataque a Puerto Rico. No obstante, aún quedaba por realizarse el mayor esfuerzo inglés en la guerra: el asalto a Cádiz… En octubre de 1625 zarpó una flota anglo-holandesa contra la zona del estrecho desde Plymouth, al mando de Lord Cecil, vizconde de Wimbledon.

Aunque Londres solicitó de Holanda 40 barcos, esta, intentando bloquear los puestos flamencos para impedir la partida de los corsarios españoles sólo pudo aportar 20 buques de guerra. A ellos se les unieron 10 buques ingleses, así como 66 mercantes de transporte que llevarían embarcados 12.000 soldados y 7.000 marinos. Una tempestad la dispersó a los 4 días de navegación, quedando dañados y destruidos algunos barcos mientras España mejoraba las defensas de Cádiz, puestas al día por don Fernando Girón.

A la vez, en la bahía se encontraban 7 galeras del duque de Fernandina, y 14 galeones que acababan de volver de Brasil tras recuperar Bahía, bajo el marqués de Cropani. (Fadrique, el jefe de la expedición se encontraba más al este, en Málaga, con el grueso de la expedición brasileña). Al divisar la flota inglesa, las galeras quedaron en retaguardia cañoneando y conteniéndoles, mientras los galeones se refugiaban en puerto pasando por el llamado caño de la Carraca, brazo de mar que separaba la isla de Cádiz del resto de España, desde San Fernando, al fondo sur de la bahía, hasta de nuevo el Atlántico, a la altura de Sancti Petri.

Protegida la flota española, por la noche Fernandina sacó 4.000 soldados de sus barcos y los llevó a reforzar la guarnición de Cádiz, y volviendo al mar por el canal de Sancti Petri al sur, rodeó Cádiz por fuera y reforzó de nuevo la plaza con suministros traídos de Puerto de Santa María, en la entrada nordeste de la bahía.

Después se volvió a refugiar en el caño de Puerto Real, otra ría ubicada en el lado oriental de la bahía de Cádiz. Wimbledon no pudo entrar en los caños debido a su poco fondo, que los hacía practicables para las galeras españolas pero no para las naos inglesas, pero inició las operaciones de asedio el 3 de noviembre, acercando 25 grandes naos a bombardear el fuerte del Puntal, al sudeste de la ciudad de Cádiz, y desde el que podía bloquear el acceso a plaza desde el sur, y bloquear el acceso al fondo de la bahía.

Defendida por tan sólo 100 españoles con 8 cañones, hubieron de rendirse tras perder 70 soldados. Allí los ingleses plantaron una batería de artillería, y protegidos por ella de eventuales salidas por la guarnición de Cádiz, empezaron a desembarcar. Sin embargo, al hacerlo en una lengua de tierra tuvieron que marchar al sur, dejando Cádiz a sus espaldas para poder desplegar todo su ejército donde se ensancha la isla, para así tomar San Fernando y la entrada del caño de la Carraca, atrapando a los galeones allí refugiados.

Sin embargo, al llegar al puente de Zuazo que unía la isla con el resto de España, lo hallaron defendido por 2.500 españoles llegados de refuerzo desde el interior. Agotado, Wimbledon se preparó a pasar la noche al sur de la isla y se alojó en un cortijo de don Luis de Soto. Allí encontraron abundantes provisiones, pero también sus enormes bodegas y la tropa se desmandó, reventando las barricas y hartándose a beber. Un grupo, ebrio, llegó a entrar en el alojamiento de los generales donde les injuriaron.

LA BATALLA DE LOS BORRACHOS
Asustado, el día 4 Wimbledon volvió a reunir al consejo y se decidió que, como en su imprevisión ni siquiera habían traído tren de artillería pesada, era imposible asaltar Cádiz, de modo que reembarcarían la mañana del 5. La operación fue cubierta por unos mosqueteros bajo el conde Essex, que huyeron cuando Fernando Girón, atacado de gota pero en una litera, salió con 500 españoles y los dispersó.

En la huida los ingleses se dejaron unos 1.000 borrachos en tierra, que fueron acuchillados, incapaces de defenderse. Viendo su expedición arruinada, Wimbledon acercó unas lanchas al caño de Puerto Real para intentar al menos destruir las galeras españolas, pero estas, bajo Roque Centeno, habían bloqueado la entrada al caño con cascos viejos de barcos, de modo que los ingleses fueron de nuevo rechazados.

Un último intento se hizo contra el Puerto de Santa María que también resultó infructuoso. Así, el día 7, abandonaron finalmente la bahía tras quemar dos de sus propias naos que habían quedado inutilizadas en la lucha. Entonces los anglo-holandeses navegaron hasta Cabo de San Vicente aguardando la llegada de las flotas de las Indias, con la esperanza de sorprenderlas ya que éstas aún no tenían noticia del estado de guerra con Inglaterra.

De hecho, una parte de la flota española pasó delante de ellos, pero agotados, fueron incapaces de atacarla. Tras seguir aguardando hasta 17 días, se decidieron finalmente volver a casa, donde fueron acosados de nuevo por las tempestades, hundiéndose al menos otras dos naos cargadas de tropas. El resultado final de esta otra especie de contra- armada inglesa que costó 1 millón de ducados fue que sólo regresaron a puerto menos de la mitad de los miembros de la expedición: unos 5.000 hombres y 50 buques. Ya en 1626, el Parlamento comenzó una investigación sobre el desastre, pero Carlos para proteger su reputación y la del Duque de Buckingham decidió disolverlo.

INGLATERRA DERROTADA
Mientras, la guerra contra España continuaba por derroteros un tanto absurdos, empujada Inglaterra por su alianza matrimonial con Francia. Así, Richelieu había solicitado la ayuda de la flota inglesa para poder rendir a los rebeldes protestantes de La Rochelle en 1625, lo que causó furor en el Parlamento:

¿Cómo era posible que Inglaterra, la campeona del protestantismo ayudara a una potencia católica como Francia y luchara contra sus hermanos hugonotes? Ahora Buckingham se vio obligado a revertir sus alianzas de nuevo y a enviar una flota en 1627 en apoyo de una nueva rebelión hugonote en La Rochelle, lo que llevó a Richelieu a aliarse con España.

Tras ser de nuevo vencidos, los ingleses vieron además cómo sus colonias de St Kitts y Neves en el Caribe eran conquistadas por una flota española en 1629. Carlos, finalmente escarmentado por fin reconoció las limitadas posibilidades de Inglaterra en tanto no hiciera una reforma fiscal o intentase controlar al Parlamento, así como la falta de coherencia en su política exterior y decidió orientarse de nuevo a hacia la postura filo-española de su padre.

Con Buckingham asesinado en 1628 parece que volvió la cordura, y gracias a la mediación de Rubens, súbdito español en constante contacto con el rey y su valido debido a sus muchos encargos pictóricos, logró firmarse la paz de Madrid de 1630, por la que Inglaterra se comprometía a no apoyar a los enemigos de España ni atacar sus posesiones.

Finalmente, Londres entró en una grave crisis con los intentos de reforma llevados cabo por Carlos, lo que desembocaría en varias guerras civiles que acabarían con el rey decapitado. Sólo el triunfo de Cromwell, en 1653, supuso el verdadero nacimiento de Inglaterra como gran potencia.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario