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Tras las huellas de la Felicísima Armada

Jueves 08 de Febrero, 2018
Viajamos a isla esmeralda para recorrer algunos de los lugares que conservan el recuerdo del mayor desastre naval de nuestra historia. Aquí vivieron sus últimas horas muchos compatriotas enviados a una empresa imposible, pero un puñado de ellos logró sobrevivir y convertirse en leyenda…

Nieve, granizo, lluvia racheada, olas de varios metros de altura y un viento que aullaba envalentonado entre las rocas. Así me recibió la costa del condado de Antrim, en Irlanda del Norte, el día que visité la mítica y espectacular Calzada del Gigante, en un furioso pero bello atardecer de finales de otoño. Pese al frío cortante, la lluvia y el viento que amenazaba con tirarte al suelo al menor descuido, cientos de turistas esperaban su turno para trepar –con mayor o menor fortuna– y hacerse una foto en las espectaculares rocas basálticas hexagonales, un hermoso capricho de la naturaleza que ha convertido el lugar en uno de los más visitados de la región. La belleza de aquel rincón de la costa norirlandesa es incuestionable, y aunque dediqué unos minutos a disfrutar de aquel espectáculo, mi auténtico interés estaba a unos cientos de metros en dirección este, en un lugar conocido como Lacada Point, en el que es menos habitual encontrarse con turistas.

Allí, en un día de clima no muy diferente, pero más de 400 años antes, se produjo el último y más dramático naufragio de la popularmente conocida como Armada Invencible: el 26 de octubre de 1588, la galeaza Girona se estrelló contra las rocas cuando llevaba en sus tripas más de 1.300 almas. Un desastre absoluto –sólo sobrevivieron cinco hombres– que quedó grabado a fuego en el imaginario de los norirlandeses, que a partir de entonces bautizaron el lugar como Port Na Spaniagh (Puerto de los españoles, en gaélico).

Aquella tragedia fue el terrorífico epílogo de una catástrofe que convirtió al océano en tumba de más de veinte barcos de la Armada y una larguísima lista de 9.000 víctimas mortales, sumando a quienes perecieron ahogados y a quienes fueron ejecutados por las autoridades inglesas tras haber sobrevivido al infierno del mar embravecido.

 

HISTORIA DE UN DESASTRE

Durante casi cuatro siglos, La Girona durmió el sueño de los justos bajo las frías aguas de la costa de Irlanda del Norte. Hasta que, hace ahora justo 50 años, en 1967, el periodista, arqueólogo aficionado y cazatesoros belga Robert Sténuit acudió a la región atraído por la esperanza de cobrarse una buena pieza.

Sténuit conocía bien la historia del desastre de la Armada y había oído hablar de las leyendas de tesoros hundidos que, al calor de la chimenea y negras pintas de Guinness, corrían de boca en boca en buena parte de los pubs de aquella costa.

El arqueólogo belga y su equipo de buzos y submarinistas se arriesgaron a sumergirse en las frías y peligrosas aguas que habían derrotado a las escuadras españolas y su esfuerzo no tardó en verse recompensado. El pecio de La Girona apareció cerca de Port Na Spaniagh, y durante la campaña de excavación que se prolongó a lo largo de 1968 y 1969, Sténuit y los suyos sacaron a la superficie un impresionante tesoro compuesto por más de 12.000 objetos: cañones, monedas de oro y plata, utensilios de uso cotidiano y joyas procedentes de América que, en la mayoría de los casos, lucían los oficiales de origen noble que viajaban a bordo de la desgraciada galeaza. En la actualidad, la mayor parte de esas piezas, entre las que destaca una pequeña joya de oro con forma de salamandra –un amuleto para protegerse de los incendios en alta mar–, se conservan en el Museo del Ulster, en la ciudad de Belfast. El tesoro de La Girona era un botín importante, pero más allá de su alto valor económico suponía un hallazgo de vital importancia para los historiadores, pues ofrecía nuevos y reveladores detalles sobre el desastre de la galeaza.

Pese a sus imponentes dimensiones, aquel fatídico 26 de octubre La Girona no debía haber llevado en sus entrañas a 1.300 hombres, pues aquella cifra superaba en mucho el número de marinos y soldados que formaba su tripulación. Y es que, en realidad, la historia del desastre de la galeaza es también la del horror encadenado de otros dos buques que, antes que La Girona, habían sufrido también un infausto destino. Un mes antes, el 17 de septiembre, una nao de nombre peculiar, La Rata Santa María Encoronada, al mando de don Alonso Martínez de Leyva y con unos 400 hombres a bordo, había sufrido un percance cerca de Blacksod Bay. La nave quedó hecha añicos, pero Leyva y buena parte de sus hombres consiguieron salvarse y llegar a tierra firme. Tras refugiarse en un castillo de la zona –donde encontraron a 200 compatriotas, supervivientes de otro naufragio– y repeler el ataque de las autoridades inglesas, un tercer buque, el Duquesa Santa Ana, echó anclas en la costa próxima, rescatando a Leyva y sus hombres.

El plan era navegar hasta Escocia –entonces territorio aliado– y desde allí regresar a España cuando el clima fuera más propicio, pero el Atlántico tenía otros planes para los españoles. Una nueva tormenta hizo zozobrar a la nave, y el 26 de septiembre la Duquesa se estrelló en Loughros Bay, cerca de la ciudad de Donegal. Leyva y buena parte de sus subordinados consiguieron sobrevivir una vez más, aunque les esperaban nuevos peligros en tierra firme.

Tras el combate naval en el Canal de la Mancha, las autoridades inglesas habían puesto sobre aviso al gobernador inglés de Irlanda, William Fitzwilliam, dándole órdenes de actuar sin demora contra los españoles si estos intentaban tomar tierra en Irlanda para conseguir el apoyo de los señores locales, algunos de los cuales habían participado poco antes en varias rebeliones contra la Corona británica. Fitzwilliam no dudó un segundo, y además de amenazar con la pena capital a todo aquel que acogiera o auxiliara a las tropas de Felipe II, dio orden a sus soldados de capturar y ejecutar a los marinos y soldados de la Armada, sin importar su rango u origen noble.

El gobernador inglés de Connacht, Richard Bingham, descubrió la presencia de Leyva y el resto de españoles, pero éstos sumaban más de 600 hombres, y no se atrevió a enfrentarse a ellos. Por su parte, los españoles, a cuyos oídos habían llegado noticias de que La Girona había tomado puerto en Killybegs para reparar su timón, decidieron recorrer a pie los más de 200 kilómetros que les separaban de la galeaza para embarcar en ella. Si llegaban a tiempo, quizá podrían salvar sus vidas y regresar a España sanos y salvos. Leyva y los suyos consiguieron alcanzar a La Girona, que finalmente zarpó con destino a Escocia a finales de octubre. Por desgracia, el destino estaba empeñado en hacer añicos las esperanzas de los españoles.

La tarde del 26 de octubre, un poderoso viento del norte no tardó en convertirse en temporal, y la galeaza, con una tripulación que superaba en mucho a la original, se estrelló sin remedio contra los arrecifes de Lacada Point. El desastre fue casi absoluto, pues de los 1.300 hombres apenas se salvó un puñado de ellos –cinco o nueve, según las versiones–. Las noticias del naufragio no tardaron en llegar al cercano castillo de Dunluce, hogar de un importante señor local, Sorley Boy MacDonnell, devoto católico y enemigo de los ingleses.

MacDonnell ya había ayudado semanas antes a un buen número de españoles a huir a Escocia, así que al saber del desastre no dudó un segundo en acudir al rescate de los escasos supervivientes. Según la tradición, el irlandés recuperó también cientos de cadáveres, a los que habría dado sepultura en la iglesia del castillo, un templo dedicado a Saint Cuthbert en el que aún hoy se cree existe una fosa común con los restos de los españoles. El destino de aquellos que lograron sobrevivir el desastre de La Girona es en buena medida un enigma, pues sólo se sabe que dos de ellos, un tal Diego de Sevilla y un marinero genovés llamado Jácome Hescafin, consiguieron regresar con vida al puerto lucense de Ribadeo en 1589.

 

EL TESORO DE LA TRINIDAD

Por desgracia, La Girona no fue el único navío de la Armada en sucumbir a la furia del mar en la costa norte de la isla. Apenas un mes antes del desastre de la galeaza española, una nao de la escuadra de Castilla, La Trinidad Valencera, había vivido una catástrofe no menos dramática.

Pese a enfrentarse a una imparable vía de agua que amenazaba con hundir la nave, La Trinidad consiguió rescatar a los más de 260 hombres de otra embarcación en apuros, la Barca de Amburgo, que se hundió sin remedio en las costas del condado de Antrim. La nao consiguió echar anclas en la costa de Glenagivney Bay, cerca del condado de Derry, y sus 560 tripulantes lograron tomar tierra antes de ver cómo La Trinidad desaparecía ante sus ojos, engullida por las furiosas olas de la costa.

Durante más de una semana, aquel medio centenar largo de marinos y soldados españoles deambuló tierra adentro en busca de refugio y ayuda, pero la mala fortuna quiso que se encontrara con ellos una fuerza de caballería liderada por los hermanos Hovenden, aliados de los ingleses. Los Hovenden prometieron entregarlos sanos y salvos a las autoridades de Fitzwilliam si se rendían sin oponer resistencia, y los españoles confiaron en su palabra. Mala idea. Una vez entregaron sus armas, los Hovenden separaron a los oficiales y nobles del resto de la tropa, y ejecutaron a unos 300 soldados rasos.

Los oficiales, unos 45, fueron entregados a Fitzwilliam en Dublín, pero su destino no fue mucho mejor que el de sus subordinados. Treinta de ellos murieron durante el viaje, y sólo quince de ellos lograron salvar la vida tras el pago de un rescate. Más suerte tuvieron 150 soldados que lograron escapar aprovechando el desconcierto durante la ejecución de sus compañeros. Tras ocultarse en las ciénagas y recorrer penosamente a pie buena parte del condado, lograron alcanzar los dominios de Sorley Boy MacDonnell, quien los refugió en su castillo de Dunluce y en casa del obispo de Derry, Redmond O’ Gallagher, para más tarde embarcarlos rumbo a Escocia.

Al igual que ocurrió con La Girona, el naufragio de La Trinidad Valencera también tuvo un epílogo 400 años más tarde. Poco después del hallazgo del tesoro de la galeaza por parte del arqueólogo belga, un grupo de submarinistas de Derry decidió probar suerte e intentar localizar los restos de La Trinidad. Fue así como salió a la superficie un hallazgo impresionante, compuesto por varios cañones de bronce con los escudos de Felipe II, numerosos instrumentos de navegación, objetos de uso diario, armas de origen veneciano… La mayor parte de esas piezas puede contemplarse hoy en el Tower Museum de Londonderry, muy cerca de donde se produjo el desastre de la nao.

 

EL INFIERNO DE GALWAY

En una playa cerca de la ciudad de Galway, en el condado del mismo nombre –hoy República de Irlanda–, existe un rincón bautizado como Spanish Point, donde un monolito inaugurado en 1986 con motivo de una visita de los reyes don Juan Carlos y doña Sofía recuerda a los españoles que perdieron allí la vida. En aquella costa oeste del país se produjo el mayor número de naufragios de la Armada española, hundiéndose barcos como el San Esteban, el San Marcos, el Falcón Blanco Mediano o el Concepción de Juanes del Cano. Buena parte de los hombres que iban a bordo de aquellos navíos perdieron la vida ahogados, pero muchos de ellos consiguieron llegar a la orilla, aunque fuera para enfrentarse a un destino igualmente horrible.

En aquellas tierras los señores irlandeses acataron en su mayor parte las órdenes de las autoridades inglesas encarnadas por Fitzwilliam y Bingham, ejecutando ellos mismos a los marinos españoles o entregándolos a las fuerzas de la Corona inglesa. Galway, por ejemplo, se convirtió en un auténtico infi erno para cientos de españoles. La cárcel de esa ciudad privó de libertad a más de 400 hombres procedentes del Concepción de Juanes, el Gran Grino el San Esteban, y todos ellos murieron ahorcados o decapitados sin juicio previo. Sólo algunos afortunados, como el noble don Luis de Córdoba, consiguieron salvar la vida comprando en secreto su libertad. El resto siguen enterrados hoy en un camposanto de la ciudad, donde una placa conmemorativa recuerda su tragedia.

En otras zonas cercanas a la región, Richard Bingham y su hermano George no temblaron a la hora de ordenar la ejecución de hasta 1.100 supervivientes que habían escapado a la furia del mar en las costas occidentales. Parecía no haber escapatoria para los miembros de la Armada: si la fuerza de los elementos no acababa con ellos, en tierra esperaba un peligro no menos temible, la espada y la horca de los ingleses.

 

LA EPOPEYA DE CUÉLLAR

A algunos, por el contrario, la fortuna parecía sonreírles a cada paso, a pesar de tener, aparentemente, todo en su contra. Ese fue el caso, por ejemplo, del capitán Francisco de Cuéllar, cuya peligrosa aventura acabó convirtiéndole en una auténtica leyenda en tierras irlandesas. De Cuéllar estaba al mando del galeón San Pedro, perteneciente al escuadrón de Castilla, y poco después del fi asco del Canal de la Mancha, en el verano de 1588, fue condenado a muerte por sus superiores, pues al parecer había desobedecido las órdenes del general Francisco de Bobadilla, rompiendo la posición que debía ocupar con su barco tras la batalla de Gravelinas.

Sin embargo, la sentencia nunca llegó a ejecutarse, pues lo que resultó la ruina para muchos de sus compatriotas, supuso su salvación. De Cuéllar había sido trasladado a otro galeón a la espera de su ejecución, pero la La Lavia junto con La Juliana y La Santa María de Visión, chocó con las costas de Streedagh Strand, en el condado de Sligo. Aquello supuso la muerte de más de mil hombres, pero De Cuéllar fue uno de los afortunados que logró salvar el pellejo –en su caso por partida doble– pues, aunque no sabía nadar, se agarró a un madero y consiguió alcanzar la orilla. A tierra firme llegaron cientos de cadáveres y algunos supervivientes arrastrados por el oleaje, y no tardaron en acudir hasta allí algunos lugareños ávidos de desprender a vivos y muertos de toda cosa de valor que llevasen encima, matando a sus legítimos dueños si era necesario. De nuevo Cuéllar burló a la muerte, pues alcanzó la playa en tan mal estado que los irlandeses no le prestaron atención, al menos en un primer momento. Tras pasar la noche oculto se dirigió en busca de un monasterio para pedir auxilio, pero al llegar allí lo encontró quemado, y en el interior de la iglesia doce españoles que habían sido ahorcados por los ingleses. De Cuéllar encontró poco después a dos compatriotas y juntos recibieron ayuda de un vecino que parecía un señor importante. Pero no terminó allí su infortunio.

Mientras seguían camino en busca de refugio, el capitán quedó solo y fue asaltado por varios rufi anes –uno de ellos le acuchilló en una pierna–, que robaron lo que llevaba de valor y lo desnudaron casi por completo.

Por fortuna acudió un muchacho en su auxilio, y después de vendarle y darle comida, le indicó que, caminando varias leguas tras las montañas, llegaría a tierra de un señor principal «muy grande amigo del rey de España». Durante el camino encontró unas casas donde también le prestaron ayuda, dejándole dormir y prestándole un caballo. Parecía haber cambiado su suerte, pero tras dar esquinazo a un grupo de más de cien ingleses a caballo, De Cuéllar se encontró con otros irlandeses malintencionados que le golpearon y robaron las ropas que llevaba. Pasó después por otras peripecias, hasta llegar al fin a tierras del señor O’Rourke, a quien nuestro capitán describió como «salvaje, pero muy buen cristiano y enemigo de los herejes».

Allí recibió de nuevo cobijo y comida, y junto a un grupo de unos veinte españoles que también habían llegado tuvo noticia de un barco de la Armada que aguardaba en un puerto cercano. Cuéllar y sus compatriotas partieron en su busca, pero el capitán no la alcanzó a tiempo, de nuevo por suerte para él, pues aquella nave naufragó también, muriendo todos lo que iban a bordo. De nuevo solo y desvalido, el infortunado oficial siguió vagando por los caminos de Irlanda, hasta que encontró a un sacerdote que le auxilió y, hablando con él en latín, se informó de otro castillo gobernado por un “señor salvaje” llamado MacClancy, enemigo de la reina de Inglaterra.

Alcanzó aquel lugar seguro, donde estaban también otros españoles, y allí pasó varias semanas recuperándose de sus y heridas. Pasado aquel tiempo llegaron noticias de una gran tropa de ingleses que acudía con intención de derrotar a MacClancy, quien se refugió con su gente en las montañas. De Cuéllar y otros ocho españoles, sin embargo, estaban hartos de huir, así que decidieron quedarse y proteger el castillo del ataque. Armados con un puñado de armas, los españoles resistieron el asedio durante 17 días, hasta que la nieve y el frío hicieron desistir a los más de 1.500 ingleses que intentaron sin éxito tomar la fortaleza. Tan contento quedó el irlandés con aquellos españoles que habían defendido sus dominios que ofreció a De Cuéllar una de sus hermanas para que la tomara como esposa.

El español lo rechazó cortésmente, viendo que MacClancy tenía demasiado interés en mantenerlo a su lado, de forma que un día decidió continuar viaje sin dar aviso, con la intención de alcanzar las tierras de Sorley Boy MacDonnell, de quien había oído ayudaba a los españoles a alcanzar Escocia.

Fue así, tras veinte días de camino, como De Cuéllar y sus compañeros alcanzaron el condado de Antrim, donde supo de la desgracia de Leyva y la tripulación de La Girona, doliéndose mucho de su fatídico destino. No le faltaron nuevos peligros a nuestro protagonista, que aún tuvo que pasar más de un mes escondido en varios lugares, huyendo de los ingleses que andaban tras su pista, hasta que consiguió encontrar al obispo de Derry, Redmond Gallagher, quien le auxilió a él y a otros españoles para que tomaran una embarcación rumbo a Escocia.

Allí llegaron días después, pero para su desdicha tuvieron que pasar varios meses de muchas penurias y calamidades, hasta que al fi n un comerciante escocés que viajaba a Flandes se ofreció a llevarlos a los Países Bajos españoles en varios bajeles. Aún sufrió De Cuéllar un último naufragio de camino a Flandes, además de un ataque de los holandeses, hasta que al fin, más de un año después de comenzada su insólita aventura, se cobijó a salvo en la ciudad de Amberes.

Hoy conocemos las continuas desdichas del capitán gracias al relato que él mismo escribió –Carta de uno que fue en la Armada de Inglaterra y cuenta la jornada–, un texto que se convirtió en todo un bestseller en las cortes europeas, y que De Cuéllar escribió desde Flandes, poco después de su epopeya en tierras de Irlanda. Aunque su historia es hoy prácticamente desconocida para el gran público en nuestro país, no sucede lo mismo en la República de Irlanda e Irlanda del Norte, donde no sólo se recuerda su nombre, sino que existe una ruta –bautizada como Cuellar’s Trail– que señala las distintas etapas de su largo viaje en busca de la libertad.

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