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María Luisa, Godoy y el mirón Carlos

Martes 20 de Febrero, 2018
Carlos IV necesitó de su cabeza exclusivamente para sostener la cornamenta con que su esposa tuvo a bien adornarle casi toda su vida, para entera satisfacción suya, de su esposa y de los amantes de esta, a los que no les faltó ambición política.

Allá por 1748 la familia que guiaba el reino de España por los procelosos mares de la política estaba de enhorabuena. Nacía en Nápoles Carlos, hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia; y que pasaría a la Historia como Carlos IV.

Siempre fue grande el vástago del mejor alcalde de Madrid, grande en talla y en cabeza, pues, como se verá, estuvo necesitado de ella casi en exclusividad para sostener la cornamenta con que su esposa tuvo a bien adornarle casi toda su vida, para entera satisfacción suya, de su esposa y de los amantes que, faltos de sentido estético y escrúpulos sexuales, no carecieron de ambición política. Grande fue en todo este Carlos menos en cerebro.

Tres años después de su feliz nacimiento, en 1751, Don Felipe de Parma anunciaba la paternidad de María Luisa, por lo que se colige que ésta fue, durante toda su vida, tres años menor que su marido...

Tenía Carlos diecisiete años y María Luisa catorce cuando ambos fueron jurados príncipes de Asturias, sin conocerse, en un tiempo carente de Internet o de cualquier medio de transferencia de imágenes. Tras la muerte de María Amalia de Sajonia, Carlos III respetó su memoria hasta el fin y dijo aquello de que la muerte de su esposa era “el primer disgusto serio” que le daba “desde que estamos casados”. Cuando él siguió sus pasos en 1788 –año difícil por lo que se avecinaba en Francia–, Carlos IV y María Luisa de Parma pasaron a ser reyes. Sucedió, pues, que en un tiempo de revueltas internacionales e intereses políticos mucho más agrios que los de ahora, este matrimonio de conveniencia tuvo que apechugar con multitud de vicisitudes, pero no lo hizo. Carlos IV se pasaba el día cazando, y María Luisa, a su manera, también.

¿Qué podía hacer una mujer como ella en un palacio tan vasto? No le costó mucho averiguarlo. Vestido con un uniforme de guardia de corps, apareció la solución a sus problemas. Se llamaba Manuel Godoy, había nacido en Castuera (Badajoz), y a sus veintiún años parecía no tener más oficio ni beneficio que medrar en los brazos de la reina hasta alcanzar la cúspide del poder.

María Luisa tenía en bastante más estima sus intereses uterinos que los aconteceres internacionales, y, cuando estalló la Revolución Francesa en 1789, podemos imaginar en qué tenía ocupados la mente y el cuerpo. Floridablanca, a la sazón primer ministro, quedó estupefacto ante los sucesos del país vecino, y María Luisa de Parma estaba más que estupefacta ante el suceso de Manuel Godoy.

Tras el breve interregno de Aranda en 1792, Carlos IV, persuadido por su esposa de las múltiples virtudes de su amante, nombró a Godoy primer ministro y le dio el Toisón de Oro. Floridablanca, que era todo un zorro, acusó a los tortolitos de estar haciendo cosas muy feas, pero Carlos IV, cuya real progenie se acrecentaba a la par que sus reales pitones, tenía cosas más importantes en qué pensar, a saber; la cabeza de venado que acababa de adquirir como triunfo en la cacería de El Pardo aquella mañana.

Tuvo María Luisa muchos hijos, catorce, y algunos, como el infante Don Francisco de Paula, “de abominable parecido con Godoy”, y diez abortos, seguramente de abominable parecido con la madre, lo que certifica que la reina pasó gran parte de su vida embarazada, y la otra parte tratando de estarlo.

Tras la ejecución de Luis XVI en Francia, en 1793, Godoy se vio obligado, qué remedio, a declarar la guerra a la República. Al principio, las victorias sonrieron a nuestras tropas, pero, cuando el ejército francés se puso las pilas, a Godoy no le quedó otra que firmar la paz de Basilea.

El “advenedizo choricero”, como lo conocían sus detractores, adoptó así el apodo más simpático de “Príncipe de la Paz”. Una paz que en el terreno personal se procuró buscándose una nueva amante, la andaluza Pepita Tudó. En su vano intento de que la abandonara, tan amartelado lo veía, la celosa María Luisa impuso a Godoy que se casara con la sobrina de su marido, y así todo quedaba en casa. El primer ministro y Teresa de Borbón contrajeron matrimonio en 1797, pero resultó un fracaso. En lugar de recuperarlo para su causa, María Luisa vio cómo el miserable se inclinaba hacia su anterior amante, con la que tuvo dos hijos.

Tras los hechos de Aranjuez, y confiando en un retorno a la vida en común con Manuel y su voyeur, María Luisa pidió que “(Napoleón) nos dé al Rey, mi marido, a mí, y al Príncipe de la Paz con qué vivir juntos todos tres en un paraje bueno para nuestra salud”.

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