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El terremoto de Lisboa

Lunes 14 de Agosto, 2017
La mañana del sábado 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, las iglesias de Lisboa estaban repletas de feligreses que habían acudido a oír misa. A esa misma hora, en las costas de Huelva y Cádiz la población saludaba al nuevo día ocupada en sus quehaceres diarios. En la capital lusa y en el sur de España nada hacía presagiar la catástrofe que a punto estaba de desencadenarse.
José Luis Hernández Garvi

Eran las diez y cuarto de aquella fatídica mañana cuando en la falla de las Azores-Gibraltar se produjo un violento seísmo en el fondo submarino, con el epicentro situado a unas doscientas millas de la costa del Cabo de San Vicente, en la barbilla del perfil de la Península Ibérica. Según el estudio de los documentos de la época se ha podido llegar a la conclusión de que debió de alcanzar entre los 8.5 y los 9.5 grados de magnitud, con una duración que debió de oscilar entre los dos y los tres minutos, aunque algunas fuentes llegan a afirmar que hasta seis, cifras que nos dan una idea sobrecogedora de su poder de destrucción.

Las ondas sísmicas se extendieron rápidamente, alcanzando Lisboa, ciudad que hasta entonces nunca había sido azotada por un terremoto de semejante magnitud. En un primer momento, la gente se sorprendió con un pequeño temblor bajo sus pies que les transmitió la sensación de un ligero mareo. Sin embargo, en pocos segundos su sorpresa inicial se transformó en terror cuando el seísmo alcanzó su mayor intensidad. Las cornisas de las casas y los edifi cios comenzaron a desplomarse sobre los transeúntes mientras las grietas resquebrajaron las fachadas dando paso a los primeros derrumbes. Durante aquellos interminables minutos, el pánico se apoderó de una población desorientada que intentaba huir sin saber dónde ir, corriendo sobre unas calzadas sobre las que podían ver, asombrados, cómo se abrían enormes fracturas provocadas por el seísmo.

En pocos minutos Lisboa se convirtió en un caos.

Los escombros habían bloqueado las calles y apenas existían medios materiales y humanos para asistir a los miles de heridos. Al mismo tiempo, el terremoto provocó grandes incendios que se extendieron por toda la ciudad y muchas de las construcciones que habían sobrevivido al seísmo fueron pasto de las llamas, ofreciendo una visión apocalíptica.

EL TSUNAMI
Una parte de la población lisboeta huyó a las afueras para ponerse a salvo, contemplando desde las colinas cercanas cómo su ciudad quedaba reducida a escombros y cenizas. Otros, en cambio, buscaron refugio en la aparente seguridad que podían ofrecer los grandes espacios abiertos, sobre todo en la zona del puerto, donde una multitud asustada se concentró en los muelles. Desde allí pudieron contemplar un insólito fenómeno que llamó su atención. Súbitamente, la orilla del mar retrocedió casi dos kilómetros, en una brusca bajamar nunca vista. La población se acercó confiada para contemplar mejor aquel extraño portento. Apenas habían pasado cuarenta minutos desde el momento en que la tierra había dejado de temblar cuando muchos de ellos percibieron un rumor semejante al de un trueno lejano que parecía venir del mar. Dirigieron entonces la vista hacia la línea del horizonte para contemplar horrorizados cómo un muro de agua negra de más de veinte metros de altura avanzaba hacia ellos a casi trescientos kilómetros por hora. Nadie tuvo tiempo de huir.

La ola gigante remontó el río Tajo desbordando sus márgenes, penetrando hasta ocho kilómetros tierra adentro, inundando la parte baja de la ciudad y matando a muchos de los que habían sobrevivido al terremoto.

La Real Casa de Misericordia y el Palacio Real, situados a orillas del río, fueron algunos de los edificios públicos que fueron destruidos por la fuerza combinada del seísmo y el tsunami. El rey José I y la familia real se salvaron por haber acudido ese día a escuchar misa temprano en la iglesia de Santa María de Bélem, situada en una de las zonas menos afectadas, casi en las afueras de la ciudad.

Al primer tsunami le siguieron varios de menor intensidad, con olas entre los tres y los seis metros de altura que volvieron a golpear con toda la fuerza de la naturaleza lo poco que quedaba de la ciudad. Las olas gigantes llegaron a las costas del sur de la Península Ibérica y en el Norte de África. En el Algarve se llevaron todo a su paso, causando un número indeterminado de víctimas que, según las últimas estimaciones, debió de oscilar entre los tres y cuatro mil muertos. En Marruecos, algunas fuentes calculan que el maremoto segó la vida de cerca de 10.000 personas, afectando principalmente a las ciudades de Orán, Ceuta, Tánger, Tetuán, Marrakech y Fez.

RECORRIDO DEVASTADOR
Unos pocos minutos más tarde de las once de la mañana, en las costas de las provincias de Huelva y Cádiz se pudo observar el mismo fenómeno de retirada de las aguas del mar que tanto había sorprendido a los lisboetas. En la capital gaditana, el gobernador de la ciudad contempló el prodigio con cierta preocupación, alertado por el terremoto que también se había dejado sentir en la ciudad, causando derrumbes y algunos heridos. Obedeciendo a su instinto, ordenó el cierre inmediato de las grandes puertas de las murallas de la ciudad, sin saber que su decisión iba a salvar la vida a miles de gaditanos. Pocos minutos después, una gigantesca ola rompió contra los altos muros de piedra que rodeaban la ciudad, llegando a arrancar bloques de varias toneladas de peso y arrastrándolos durante un centenar de metros. Aún así, los recios sillares consiguieron soportar la embestida del mar desbordado protegiendo a gran parte de la población.

Sin embargo, fuera del perímetro de las murallas y por toda la Bahía de Cádiz se extendió el desastre. El tsunami penetró varios kilómetros tierra adentro, llevándose por delante vidas y haciendas, destruyendo los barcos amarrados, provocando graves daños en el muelle y haciendo desaparecer modestas casas de adobe y sólidos edificios públicos. Como ocurrió en Lisboa, a la primera ola le siguieron otras con intervalos de varios minutos que terminaron por completar el paisaje de destrucción de la hasta entonces plácida costa gaditana. Algunos investigadores han afirmado que éstas tuvieron una altura de más de quince metros, aunque otros se han atrevido a conjeturar que la última que golpeó el litoral llegó a alcanzar la increíble cifra de treinta y cinco metros. Poblaciones como Chiclana, Puerto de Santa María, y Jerez de la Frontera también sufrieron los efectos de la fuerza destructora del terremoto y el tsunami. Conil fue borrada prácticamente del mapa y la Torre de Castilnovo, monumento representativo de la localidad que se elevaba orgulloso desafiando al tiempo, fue parcialmente destruido.

Las costas de Huelva también sufrieron los efectos devastadores del seísmo. Se calcula que en Ayamonte murieron cerca de mil personas, mientras que en Lepe se contabilizaron cuatrocientos fallecidos. En Huelva capital numerosos edificios se vieron gravemente dañados y hubo varios heridos.

La por aquel entonces pequeña población de Isla Cristina fue completamente arrasada por el maremoto, siendo refundada al año siguiente por una colonia de pescadores valencianos y catalanes que habían llegado para repoblarla.

EFECTOS EN EL RESTO DE ESPAÑA
Los efectos del espantoso terremoto también se dejaron sentir en España causando graves daños. El rey Fernando VI, impresionado por la magnitud de la catástrofe, ordenó al Consejo Superior de Castilla la elaboración de un exhaustivo informe sobre el alcance de la tragedia, convirtiéndose en uno de los primeros documentos oficiales de la historia que contenía un estudio riguroso sobre las consecuencias provocadas por un terremoto. Para realizarlo redactó una encuesta compuesta por ocho preguntas que debían ser contestadas por escrito por las autoridades de las grandes capitales y poblaciones importantes de todo el país.

El cuestionario, inspirado por el que había realizado el Marqués de Pombal en Portugal, era sencillo y conciso, haciendo preguntas sobre aspectos como la hora y duración del seísmo, gravedad de los daños y número de víctimas. Como dato curioso, también preguntaba por la existencia de algún tipo de señal que lo hubiera podido anunciar. En total se recibieron un total de 1.273 respuestas procedentes de todos los rincones de la península. Aunque es difícil dar cifras exactas, de su estudio se permite calcular que hubo en torno a los 5.300 muertos y unas pérdidas materiales estimadas en más de cincuenta y tres millones de reales de vellón, una cantidad desorbitada para la época.

Andalucía fue sin duda la región más afectada por el terremoto. Además de la devastación de las costas de Cádiz y Huelva, numerosas poblaciones del interior también sufrieron graves daños. En Jaén, aparecieron grandes grietas en las torres de la Catedral y sus cimientos se resintieron. El castillo de Alcaudete, habitado hasta entonces, tuvo que ser desalojado ante la amenaza de ruina inminente, mientras que en Baeza se derrumbó parte de la catedral y la cúpula de la capilla de San Andrés. En Sevilla los destrozos fueron mayores, con daños estructurales en el 89% de las viviendas y edificios públicos, incluidas la Giralda y la Torre del Oro, y registrándose la muerte de nueve personas por la caída de cascotes. Aunque los efectos en Córdoba capital fueron de menor importancia, sí se dejaron sentir en el resto de la provincia. En Cabra se desplomó parte de su muralla y la torre del campanario de la Iglesia de la Asunción, y en Palma del Río, aparecieron grietas en varios de los arcos que sustentaban la nave central de la Iglesia de la localidad.

Desde Castilla y León también fueron remitidos un gran número de informes que daban cuenta de los daños ocasionados por el terremoto en la región. En Salamanca, la Catedral Nueva se vio seriamente afectada. En sus muros aparecieron grandes grietas y se rompieron varias vidrieras. El claustro de la Catedral Vieja tuvo que ser demolido y fue  necesario reconstruir la cúpula para evitar su desplome, apuntalando su campanario con ocho cadenas tensadas y un muro de piedras. Desde entonces, la torre muestra una leve inclinación que puede ser apreciada hoy a simple vista. A pesar de los destrozos, no hubo que lamentar víctimas mortales en la capital salmantina. En Valladolid, la torre de la catedral se vio seriamente afectada y en 1841 se produjo su derrumbe como efecto tardío del terremoto. Igualmente, la torre de la Iglesia de San Miguel en Palencia tuvo que ser apuntalada para evitar su inminente desplome. El terremoto también se dejó sentir en otras muchas poblaciones de la región, pero sin causar daños de consideración ni tampoco víctimas.

Galicia tampoco se libró de padecer los efectos del seísmo. En la población lucense de Monforte de Lemos, los muros y la cúpula de la iglesia del edificio del Colegio de los Escolapios se resquebrajaron.

En La Mancha, la torre mudéjar de la iglesia parroquial de Navalucillos, Toledo, sufrió importantes desperfectos que obligaron a demolerla. En Madrid, el temblor de tierra ocasionó la muerte de dos niños de corta edad al precipitarse sobre ellos la pesada cruz que coronaba el edifi cio del Colegio Imperial. En la localidad de Coria, ya en Extremadura, el terremoto provocó el derrumbe de la cubierta superior de la catedral, hiriendo a los feligreses que en ese momento asistían a misa.

EL DÍA DESPUÉS
Tras la tragedia, el aspecto de Lisboa era desolador. El 85 por ciento de los edificios de la capital habían sido destruidos o gravemente dañados. Los pocos que habían logrado resistir al terremoto y al tsunami fueron pasto de las llamas en un fuego que duró cinco días. Sus palacios y edificios públicos tampoco se salvaron del desastre. El recién inaugurado Teatro de la Ópera y el Palacio Real junto al Tajo quedaron reducidos a escombros. La biblioteca del palacio, compuesta por más de 70.000 volúmenes, y cientos de obras de arte, entre ellas cuadros de Tiziano y Rubens, se perdieron para siempre. Un gran número de documentos del Archivo Real, depositarios de la Historia de Portugal, corrieron la misma suerte.

Se ha estimado que el terremoto acabó con la vida de entre 60.000 y 100.000 lisboetas de los cerca de 275.000 habitantes censados en aquella época. Tras el impacto inicial provocado por la catástrofe, las autoridades reaccionaron con presteza para intentar minimizar, en lo posible, sus devastadores efectos. Bajo la firme dirección del Primer Ministro del Reino, Sebastiao de Melo, Marqués de Pombal, se adoptaron una serie de medidas para auxiliar a las víctimas y reconstruir la capital. Como primera medida, se movilizó al ejército y fueron enviadas unidades de bomberos y zapadores para controlar los incendios. Al tiempo, se formó un perímetro de seguridad alrededor de la ciudad para impedir que los hombres útiles pudieran abandonarla y con intención de movilizarlos para ser usados en las tareas de rescate de víctimas y desescombro. Patrullas militares recorrieron las calles en previsión de saqueos y desórdenes, levantándose patíbulos por toda la ciudad para ejecutar a quien fuera sorprendido realizando actos de pillaje.

También se organizaron grupos de soldados y civiles encargados de recoger los miles de cadáveres antes de que se produjeran epidemias. Transportados en grandes carretadas, los cuerpos de las víctimas fueron cargados en barcazas portuarias para arrojarlos mar adentro. Otros, fueron enterrados apresuradamente en fosas comunes excavadas en los patios y claustros de algunos de los conventos que habían resistido el terremoto. Aunque en España los efectos fueron menores, el número de víctimas y damnificados se puede cifrar en varios miles, sin contar los destrozos y las pérdidas materiales. Fueron las autoridades locales y los particulares los que se organizaron para iniciar las tareas de rescate, limpieza y reconstrucción. La consulta ordenada por Fernando VI fue la única medida digna de destacar adoptada por el gobierno.

LA RECONSTRUCCIÓN
Finalizadas las tareas de rescate y desescombro, se iniciaron las obras de reconstrucción de Lisboa. El rey estaba ansioso por tener una nueva capital y se contrataron a los mejores arquitectos e ingenieros de la época para llevar a cabo el proyecto. El nuevo plano de la ciudad se diseñó con amplias y rectas calles que formaban una red de manzanas de casas perfectamente ordenadas. Lisboa se llenó de andamios y poleas y poco a poco fueron levantándose las estructuras de los nuevos edificios.

La zona más afectada por la ciudad, la conocida como Cidade Baixa, pasó a llamarse Baixa Pombalina en honor del Marqués de Pombal, el enérgico Primer Ministro del rey encargado de la reconstrucción. Los denominados edificios pombalinos fueron los primeros del mundo en ser diseñados para soportar los terremotos. Antes de edifi carlos, se construyeron a escala grandes maquetas en madera de los mismos y regimientos enteros de soldados desfilaron a paso ligero junto a ellas para simular el efecto de un terremoto y comprobar así la resistencia de sus estructuras. La fi nanciación necesaria para llevar a cabo esta ingente labor de recuperación se consiguió de los fondos obtenidos con el comercio colonial, especialmente de Brasil. De esta forma, las explotadas colonias salvaron de la pobreza a la metrópoli.

EL IMPACTO DE LA CATÁSTROFE
Hoy en día disponemos de televisión e Internet que prácticamente en tiempo real nos permiten hacernos una idea de la impresionante fuerza destructora desencadenada por los terremotos. La tecnología de la que disponemos también nos ha permitido comprender cómo se producen y nos ha ayudado, si no a prevenirlos, al menos a paliar en la medida de lo posible sus efectos, construyendo edificios que resistan los temblores o diseñando sistemas que permitan avisar a la población para ponerse a salvo ante la llegada de un tsunami. El 1 de noviembre de 1755 no existía nada de esto. La población de Lisboa y la que vivía a lo largo de las costas de Cádiz y Huelva se encontraban indefensas cuando se desencadenó la tragedia.

En aquellos días tampoco se disponía de los medios humanos y materiales para rescatar a las víctimas y atender a los damnificados. Apenas podemos imaginar el sufrimiento padecido por los miles de heridos y la desesperación de aquellos que deambulaban entre los escombros suplicando un poco de ayuda. Impresionados por los relatos sobre la tragedia, algunos de los filósofos más destacados de la Ilustración hicieron referencia al terremoto en sus escritos. Un impresionado Voltaire lo comentó en su obra Cándido y le dedicó su Poema sobre el desastre de Lisboa. Pensadores como Leibniz o Alexander Pope plantearon la cuestión desde el punto de vista del carácter arbitrario de la supervivencia ante una catástrofe de esas dimensiones.

Los miles de turistas que cada año visitan la capital portuguesa pueden visitar las ruinas del famoso Convento do Carmo. Su techumbre se vino abajo por el terremoto de 1755 y las autoridades decidieron dejarlo así como único vestigio que recordase la tragedia vivida por la ciudad. Mientras pasean por debajo del armazón desnudo de sus arcos, muchos de esos visitantes foráneos desconocen el motivo que provocó su derrumbe. Acostumbrados a vivir junto a las ruinas, la memoria de la mayoría de los lisboetas apenas recuerda aquel lejano día de 1755. En las costas españolas de Andalucía occidental, quien recorra el perímetro exterior de la muralla medieval que rodeaba la ciudad de Cádiz puede encontrarse con grandes bloques de piedra de varias toneladas de peso que parecen haber sido abandonados en medio de la nada. Son la silenciosa evidencia del tsunami que los arrastró hasta allí como si no pesaran. ■

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