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Una unión entre iguales: Navarra y la Corona de Castilla

Viernes 25 de Mayo, 2018
A base de repetir lo de siempre, ha quedado para la historia que Castilla conquistó el reino de Navarra en 1512. Hacemos un exhaustivo repaso de la verdadera y apasionante historia de esa comunidad lejos de manipulaciones nacionalistas.

Cuando Fernando el Católico comprendió que llegaba su final, se planteó qué hacer con Navarra, cuya Corona le pertenecía en virtud de la legitimación papal y del expreso reconocimiento de las Cortes navarras en 1513. Era rey de Aragón y regente de Castilla y por aquel entonces trataba desesperadamente de tener un hijo con su segunda esposa Germana de Foix. Resolvió al fin que quien fuera rey en Castilla lo sería también en Navarra, y así lo comunicó el 11 de junio de 1515 a las Cortes castellanas reunidas en Burgos. Esta fue la fórmula utilizada por el rey Católico, y en su nombre por el duque de Alba, tal y como quedó plasmada en el acta de las Cortes castellanas:

“…el dicho rey D. Fernando nuestro señor, para después de su vida, daba el dicho reino de Navarra a la dicha reina Doña Juana nuestra señora su hija, y desde agora lo incorporaba, e incorporó, en la corona real de estos dichos reinos de Castilla, de León, de Granada para que fuese de la dicha reina nuestra señora, e después de sus largos días, del príncipe nuestro señor [el futuro emperador Carlos] y sucesores, en estos dichos reinos de Castilla, de León y Granada, para siempre jamás”.

Léase bien el texto anterior. El monarca aragonés no incorpora Navarra a Castilla, como si se tratara de un territorio más de dicho reino, sino que lo integra “en la corona real de Castilla, León, Granada, etc.” que, para simplificar, acabó llamándose Corona de Castilla por ser éste el reino principal.

UNA UNIÓN INDISOLUBLE

Por otra parte, al decir que primero reinaría en Navarra su hija la reina doña Juana, después su nieto Carlos y quienes fueran sus sucesores en los reinos de Castilla, de León y Granada, etc. “para siempre jamás”, estaba proclamando la indisolubilidad de la unión.

El 7 de julio de 1515, el propio rey Fernando se presentó ante las Cortes castellanas para confirmar lo dicho por el duque de Alba, añadiendo otra importante precisión: que en los asuntos de Navarra conocieren los del consejo de la reina Juana, “guardando los fueros é costumbres de dicho reino”. Esta disposición era en cierto modo contradictoria, pues si se guardaban los fueros y costumbres de Navarra, la intervención del consejo de la reina Juana en los asuntos navarros hubiera sido un contrafuero.

Está claro que o bien Fernando dudaba de la capacidad de su hija y por eso hizo referencia al consejo, o bien no tenía plena conciencia de la incorrección de esta proclamación de cuya buena intención no cabe dudar.

Fernando el Católico murió el 23 de enero de 1516. En su testamento nombró Gobernador de los reinos de la corona de Castilla y de la corona de Aragón a su nieto Carlos de Habsburgo, el futuro emperador de Alemania, ante la incapacidad supuesta o real de su madre la reina Doña Juana la Loca.

Pero don Carlos decidió titularse rey, y así sería secundado por las Cortes de Castilla, de Aragón y de Navarra. El 10 de julio de 1516 don Carlos de España, desde Bruselas, ratificó el juramento hecho en su nombre, ante las Cortes de Pamplona el 22 de mayo anterior, por Antonio Manrique de Lara, conde de Nájera, que había sido designado virrey de Navarra.

Y añadió algo de gran transcendencia. No obstante de la incorporación a la Corona de Castilla, Navarra permanecería como “reyno de por sí”, expresión que quedó incorporada en lo sucesivo al juramento real.

NI CONQUISTA NI ANEXIÓN

Si por conquista se entiende el sometimiento de un país a otro, no puede lo ocurrido en 1512 considerarse como tal, dado que el reino de Navarra no desaparece, sino que únicamente cambia de dinastía. Tampoco puede hablarse de “anexión”, puesto que Navarra no pasó a ser un territorio más de Castilla. Más ajustada es la palabra “incorporación”, pero siempre que no se diga “a Castilla” sino a la “Corona de Castilla”.

En la Novísima Recopilación de las Leyes del reino de Navarra, de 1735, se define con precisión lo ocurrido desde el punto de vista jurídico. Y así se proclama que fue la de Navarra y Castilla una “unión aeqüeprincipal (entre iguales), conservando cada uno su naturaleza antigua así en leyes, como en territorio y gobierno”.

Así permaneció Navarra hasta casi la primera mitad del siglo XIX, en que se promulgó la Ley Paccionada de 16 de agosto de 1841, fruto del pacto alcanzado entre la Diputación navarra y el Gobierno de la nación, que sancionó la inserción del viejo reino en el Estado unitario español surgido tras el triunfo de la Revolución liberal, cuya primera manifestación fue la Constitución de 1812. Puede afirmarse que la Monarquía española surge en el momento en que, tras la muerte de Fernando el Católico, su nieto Carlos asume las tres Coronas de Castilla, Aragón y Navarra. Esto sucede en 1516.

El emperador Carlos incorpora a su escudo las cadenas de Navarra. En 1561, las Cortes navarras reunidas en Sangüesa, denuncian como agravio que el rey Felipe II no hubiera integrado el escudo del reino en su escudo de armas, pendón, estandarte y sellos reales, a lo que accede el rey.

PLENA AUTONOMÍA JURÍDICA

Unidos para siempre. Esto escribía el protonacionalista Arturo Campión en 1876: “Derrotados los tres cuerpos de ejército franceses y del Duque de Montpensier, se trasladó a Pamplona D. Diego Fernández de Córdoba, Virrey de Navarra, en cuyo lugar, a nombre de Fernando V, juró ante las Cortes, el día 23 de marzo de 1513 respetar las antiguas instituciones navarras. Dos años después quedó ya solemne y definitivamente incorporada Navarra a Castilla en las Cortes de Burgos; apareciendo unidos para siempre castillos y cadenas en el glorioso escudo de España”.

En 1976, Jimeno Jurío, historiador que hoy es objeto de grandes homenajes y reconocimientos, escribió: “Salvado el cambio dinástico, Navarra continuó tan independiente como antes, agregada entre las comunidades políticas del imperio hispánico, unidas en la persona de unos soberanos, pero conservando plena su autonomía jurídica, Reyes y virreyes juraron guardar los fueros y recibieron el juramento de fidelidad de los navarros. Como lo habían hecho los dinastas francesas de Champaña, los Capetos, los Evreux, los Foix y los Labrit. Pero con una diferencia entre éstos y los Austrias. Los monarcas hispanos muestran y sincero y escrupuloso respeto al estatuto constitucional del reino, que para sí hubieran querido los Infanzones de la Junta de Obanos, y los vasallos de Sancho el Fuerte, de los Teobaldos, de Juan II y de los Foix-Labrit”.

Más claro imposible.

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