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Churchill, el libertador de Europa

Martes 17 de Abril, 2018
"El instante más oscuro" retrata los días cruciales de mayo de 1940, cuando Winston Churchill emerge tras Chamberlain. Son momentos en que el ejército nazi no encuentra oposición; Holanda y Bélgica caen en manos de Hitler y se dirige a Francia a través de Dunquerque...

JOE WRIGHT es un director británico de prestigio, sin desdeñar lo comercial ni cierto gusto por la literatura y la historia. Suyas son Orgullo y prejuicio, Expiación, Hanna y la última Anna Karenina, entre otras. Y Gary Oldman, su compatriota, es un actor extraordinario que no necesita presentación. Aquí, tras un trabajo de medio año del japonés Kazuhiro Tsuji y más de 200 horas de maquillaje, embutido en prótesis y armaduras y asfixiado por el humo y la nicotina de los puros, Gary Oldman se convierte en Winston Churchill.

Curiosamente, esta es la segunda aparición del mítico “Premier” británico en las pantallas en unos pocos meses, tras el Churchill de Jonathan Teplitzky. Pero estas coincidencias se dan a veces, y no suponen, en principio, ningún drama, aunque quizá sí muestren cierta intención política. Y también permiten las comparaciones; sobre todo, cuando retratan personajes y momentos casi idénticos: serán inevitables, para los espectadores de ambas películas.

El instante más oscuro retrata los días cruciales de mayo de 1940, cuando la figura de Winston Churchill emerge tras la caída del gobierno de Neville Chamberlain. Son los momentos en los que el ejército nazi no encuentra oposición real; Holanda y Bélgica caen en manos de Hitler y ahora se dirige a Francia a través de Dunquerque y Calais, donde está el grueso de las fuerzas inglesas. La película entronca también con la reciente de Christopher Nolan, aunque esta se centra –y de qué manera– en la presencia de Churchill.

Que acaba de llegar al cargo de Primer Ministro casi de rebote; no es un político especialmente bien valorado y los conservadores piensan antes en el Vizconde Halifax, pero este prefiere dejar que Churchill se “queme” en el intento de oponerse a Hitler y sustituirlo después con la esperanza de alcanzar la paz, eufemismo que oculta un intento desesperado de rendición más o menos honrosa.

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

Esa confrontación ocupa el grueso del relato. La postura de Halifax va ganando adeptos; más aun cuando el avance del ejército alemán parece imparable, las costas inglesas están desprotegidas y el supuesto aliado americano niega una ayuda que podría ser salvadora. Winston Churchill asume, contra todos, la voluntad de resistir y combatir; sus célebres arengas por radio solo pueden prometer “esfuerzo, sangre, lágrimas y sudor”, así como luchar en las playas, en los campos y en las calles contra el enemigo invasor, por la independencia de su país y por la libertad de Europa. Su determinación será decisiva en unos momentos de tal zozobra que incluso el rey Jorge VI pensaba ya en exiliarse en Canadá; y de hecho, la pantalla muestra por algunos momentos una Inglaterra asomada al abismo, desde sus primeros dirigentes hasta el último de sus ciudadanos. Tanto es así, que Churchill decide salir a la calle, viajar en metro y hablar con la gente, en el momento cumbre de la película.

El protagonista –quiero decir Churchill, pero también Oldman, en un esfuerzo titánico– está en el 95% de las escenas, y en casi todas ellas expresando el sufrimiento interior de un personaje al que vemos las 24 horas de cada uno de sus días, dudando, peleando en el parlamento y en el gabinete; discutiendo de lo divino y lo humano; alentado, eso sí, por su mujer y sus escasos incondicionales –también el rey, en fin–, y, en los momentos de mayor emoción, como decía, dirigiéndose al pueblo inglés en su terreno y con sus palabras.

PROLIJO GUION, FASTUOSA INTERPRETACIÓN

Demasiadas palabras, quizá, en una obra enormemente discursiva y de tal meticulosidad en cada detalle, que solo el pulso narrativo de Joe Wright puede intentar resolverlo sin llegar a causar fatiga. A favor, las precisas, milimétricas, casi lujosas imágenes, que se ven arropadas por la excelente fotografía de Bruno Delbonnel, y la impactante –en su estilo– banda sonora de Darío Marianelli, compositor de cabecera de Wright. Y, por supuesto, hay que decirlo una vez más, por la fastuosa interpretación de Gary Oldman, quizá la mejor de las que hemos visto esta temporada. Ganará muchos premios, y se los merece.

Fuerzas de flaqueza

Gran Bretaña vivía sus horas más oscuras en 1940. Mientras el ejército alemán avanzaba sin oposición por una Europa ensimismada, la isla cargaba sobre sus hombros con un deber histórico, como último baluarte de la libertad en el Viejo Continente. El milagro de Dunkerque alivió la presión sobre los aliados, pero, por delante, quedaban muchos años de sacrificios, que Churchill encaró desde el primer momento, cuando Chamberlain presentó su dimisión el 10 de mayo. Y eso que sobre el tapete seguía la idea de negociar con el diablo para minimizar las pérdidas de un imperio que parecía condenado a su extinción.

Finalmente, el premier británico sacó fuerzas de flaqueza y electrizó a una sociedad necesitada de algo más que de buenas palabras. Maestro de la oratoria, los discursos del político cambiaron el curso de la historia, pero también su entusiasmo personal y su coraje. Y, por supuesto, su terquedad a la hora de implicar a Estados Unidos en un conflicto global en el que la humanidad acabó sacando lo mejor y lo peor de sí misma.

 

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