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La morada de las musas

Lunes 22 de Mayo, 2017
Entrar en la casa museo de Lope de Vega es adentrarse en las entrañas del Siglo de Oro y conocer lo más íntimo de uno de los más grandes autores de la literatura española.
escritorio casa museo lope de vega. Foto por: RAE

Fue enterrado en la madrileña iglesia de San Sebastián, pero no sabemos exactamente dónde. En cambio, conocemos el emplazamiento en el que habitó los últimos veinticinco años de su vida. La Casa Museo Lope de Vega abre sus puertas a todos los amantes de la historia y la cultura en el Barrio de las Letras de la capital. Tras sus muros, el Fénix de los Ingenios amó mucho y escribió mucho. Visitarlo es revivir el Siglo de Oro e invocar a las musas que inspiraron al autor más prolífico de todos los tiempos.

Madrid a comienzos del siglo XVII, era una ciudad bulliciosa y pródiga, una “hermosa Babilonia” que atraía a los forasteros resueltos a labrarse un porvenir en la corte. La ciudad crecía, se multiplicaban los jardines y palacios. Los más humildes se azacanaban para pagarse el ocio los días de fiesta, mientras que los pudientes acudían al llamado de los corrales de comedia sin cuidarse del calendario. Un autor madrileño llamado Lope de Vega tenía al público en el bolsillo y a los empresarios teatrales a sus pies. Mientras sus coetáneos se peleaban por cada maravedí, a Lope el dinero le llovía del cielo. Su truco: hablar en necio al vulgo para darle gusto. El fruto de su ingenio: obras maestras como Fuenteovejuna, Peribáñez y el comendador de Ocaña, El mejor alcalde, el rey, El castigo sin venganza o El caballero de Olmedo.

Se diría que un hombre así, capaz de alumbrar más de 300 títulos –él dijo que 1.500–, se dio a la vida contemplativa y que no pisó la calle más que para pegar la hebra con el alojero de turno. Pues no: la vida de Lope fue tan revoltosa como la de la corte, y menos mal que gozó de la tranquilidad de una casa en la que las musas aventaban sus cenizas de Fénix inagotable.

 

MONSTRUO DE LA NATURALEZA

La Casa Museo Lope de Vega, en el número 11 de la actual calle Cervantes, antes de Francos, es lo opuesto a la tristeza. En un país como el nuestro, en el que el patrimonio ha sido tantas veces expoliado o marginado, la rehabilitación de este solar es un brindis tan alegre como las comedias de nuestro Monstruo de la naturaleza. Traspasar su umbral no es solo explorar el Madrid de los siglos XVI y XVII ni la vida de uno de sus mejores hijos, sino corresponder a los investigadores que, a partir del siglo XIX, hicieron de este inmueble uno de los tesoros más delicados y sabrosos de la capital.

Construido en 1578, el poeta y dramaturgo lo compró por 9.000 reales, y residió aquí los últimos veinticinco años de su vida. En su estudio, rodeado de libros y acariciado por el estro de las musas, compuso algunas de sus obras más memorables. Mesonero Romanos fue acaso uno de los primeros en documentar la historia de la vivienda, restaurada por los arquitectos Emilio Moya y Pedro Muguruza para la Real Academia Española en 1935, fecha en la que fue declarada Monumento Histórico-Artístico.

La selección de piezas y la disposición del mobiliario no se hizo a la buena de Dios. Desde el principio, sus responsables fatigaron los archivos –el mismo inventario de sus bienes, su testamento o el legado de su hija Antonia Clara– para reconstruir con la mayor fidelidad posible unas estancias que, con el correr de los años, se enriquecerían con nuevas incorporaciones. En 2007 la Comunidad de Madrid asumió su gestión, y hoy no hay amante de la cultura que no sepa de la existencia de este paraíso en el Barrio de las Letras.

 

DEL ZAGUÁN A LAS ALCOBAS

¿Qué encontrará el visitante en la Casa Museo Lope de Vega? Lo primero, el zaguán, que conduce al museo y al jardín –“mi huertecillo”, decía él modestamente– en el que distraía sus horas. En el interior, el oratorio nos recuerda que Lope fue ordenado sacerdote, lo que no fue óbice para que su corazón siguiera latiendo por Marta de Nevares, la Amarilis de sus poemas, que le dio a su hija Antonia Clara y falleció tempranamente, “mas siempre hermosa”. Su ausencia se hace cuerpo en esta casa, por la que vaga el dolor de un gigante que también se despidió aquí de su esposa Juana de Guardo y de su hijo Carlos Félix.

La mirada de Lope pesa en sus últimos retratos. Cargaba con el desencanto de todos los hombres, como si su don no le bastara ya para aliviar tanta pesadumbre. Pero la Casa Museo Lope de Vega es, ya lo hemos dicho, lo opuesto a la tristeza. En su estudio recordamos la generosidad de un soldado que murió con la pluma puesta; en el estrado, nos es dado asimilar la influencia oriental en el Siglo de Oro; en el comedor, la cerámica de Talavera y los bodegones flamencos nos abren el apetito; en las alcobas de sus hijas, velamos el sueño de su heredera Feliciana –Lope tuvo 17 hijos, diez de los cuales murieron en la infancia–, y, en la segunda planta abuhardillada, recorremos el cuarto de huéspedes o del capitán Contreras, uno de sus invitados, así como la alcoba de las sirvientas y la de sus vástagos Lope Félix y Carlos Félix. ¿No se nos olvida algo? En efecto, la alcoba del propio Lope, abajo, donde exhaló su último suspiro y se despidió de sus criaturas literarias.

Visitar la Casa Museo Lope de Vega es un privilegio. No hay aglomeraciones –las visitas se conciertan por correo electrónico (casamuseolopedevega@madrid.org) o por teléfono, y se realizan en grupos de un máximo de 10 personas acompañadas por un guía–. Durante los 35 minutos del itinerario, el huésped se siente como un inquilino más del Siglo de Oro –un galán, una dama, el gracioso…, a gusto de cada cual– y, cuando el tiempo acaba, sabe que va a volver. Quien la probó, lo sabe...

 

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