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Gutiérrez Soto, pichichi del Madrid y de la arquitectura

Jueves 15 de Febrero, 2018
Carecemos de los datos para saber si uno de los arquitectos más pródigos del siglo XX español, Luis Gutiérrez Soto, diseñó más edificios o marcó más goles. Porque este creador inagotable antes de arquitecto fue “pichichi” en el Real Madrid.

“¿QUÉ SE VA A LLEVAR AHORA EN MADRID?”. Con esta sencilla pregunta, Luis Gutiérrez Soto, uno de los arquitectos más reconocidos del estilo racionalista –tan en boga antes de la Guerra Civil– expresaba su inquietud ante los nuevos tiempos. La cuestión la planteó en 1939, recién acabada la guerra, probablemente sabedor de que ese estilo podía tener una cierta pátina roja, republicana, ser un estilo repudiado.

¿Qué quiere decir eso? ¿Que Gutiérrez Soto iba a sacrificar el estilo que le había llevado pocos años antes a lo más alto? Qué pregunta. Por supuesto que lo iba a hacer. Algunos podrán pensar que simplemente era un oportunista sin adherencia a un discurso que ofreciera coherencia a su obra, otros dirán que fue un superviviente y no pocos destacarán que, como buen artista, tuvo la capacidad de adaptarse, de ser testigo de los tiempos que le tocó vivir, y, además, hacerlo con suma calidad. En lo que todos estarán de acuerdo, si echan un vistazo a su enorme catálogo de construcciones, es en la profusión de su trabajo… Luis Gutiérrez Soto remató un número impresionante de obras, sobre todo en Madrid, fue el pichichi de la arquitectura española de buena parte del siglo XX.

 

DEL FÚTBOL AL RACIONALISMO

Sus más de 400 obras lo convierten en uno de los arquitectos más prolíferos del pasado siglo en España. Nacido en Madrid en el año 1900, se graduó en 1923 en la Escuela de Arquitectura, y prácticamente desde entonces no dejó de ejecutar obras. Bueno, en cierto modo, ya lo hacía a la vez que estudiaba, aunque en este caso su raudal de creatividad se orientaba hacia el deporte, y tenía en el rigor geométrico de una portería de fútbol a su principal víctima. Porque Luis Gutiérrez Soto, en su época de estudiante, había jugado en el Real Madrid. En el primer equipo del Real Madrid, donde compartió vestuario incluso con el mítico Santiago Bernabéu. Y no fue uno más del equipo.

Basta conocer cuál es el sobrenombre por el que lo conocían sus compañeros del Madrid: “pichichi”, referencia a un jugador del Athletic de Bilbao que destacó a finales de la década anterior por la gran cantidad de goles que anotaba. En otras palabras, que el futuro arquitecto se hinchaba a marcar goles al igual que años después atiborró Madrid, y buena parte de España, de edificios, la gran parte de ellos auténticos golazos de la arquitectura contemporánea.

Algunas de sus obras más reconocidas pertenecen a su primera etapa. Incluido en la Generación del 25 –casi un trasunto de la Generación del 27 en la literatura–, el deseo renovador de todos sus miembros se observa en esas primeras obras al poco de graduarse. Si bien sus trazas no permiten anclarlo, ni siquiera en este momento más vanguardista, en un estilo concreto, sin duda el racionalismo ejerce como principal influencia, y define construcciones emblemáticas madrileñas que aún están en pie, como los antiguos cines Barceló –hoy una conocida sala de fiestas–, el bar Chicote, u otros que ya han pasado a mejor vida como la Piscina La Isla, en el río Manzanares, y que observa una clara influencia del gran gurú de la arquitectura europea de aquel entonces, el suizo Le Corbusier. Sin embargo, esta vinculación con la vanguardia de entreguerras iba a cambiar. La razón, la misma que cambió la vida de millones de españoles: la Guerra Civil.

 

NUEVOS TIEMPOS, NUEVAS OBRAS

Alistado en el bando nacional, la victoria franquista transformó completamente los diseños en una España de posguerra que, arquitectónicamente, se torna nacionalista. Gutiérrez Soto entiende entonces, inteligente y permeable a los vaivenes estilísticos a los que obligan los tiempos, que nada cumplimenta más a la España imperial, al país como potencia allende los mares, que la arquitectura de Juan de Herrera y, específicamente, el Monasterio del Escorial. Así que, tomando este como modelo, desarrolla el encargo de construir el majestuoso y madrileño Ministerio del Aire, en 1940.

 

 

Comparar una fotografía de este edificio y de cualquiera de sus obras maestras de apenas una década atrás nos hace entender cuánto de sincero tenía aquello de “¿Qué se va a llevar ahora en Madrid?”, la extraordinaria capacidad de Gutiérrez Soto de adaptar su juego al estilo de cualquier entrenador y seguir marcando goles. Porque lo supo hacer muy bien. Había que reconstruir España tras la guerra y él lideró buena parte de los encargos que se formularon en aquellos primeros años… y en los de después.

 

 

Y conforme avanzan los años, su figura crece y sabe adaptarse a la lenta evolución de la arquitectura española. Ligeramente, introduce novedades estilísticas, como en el Edificio del Alto Estado Mayor (1949-1953), que supone, en cierto modo, el principio de adaptación del régimen franquista a la arquitectura contemporánea. Sus diferentes edificios de viviendas y, sobre todo, el edificio de la Unión y el Fénix (1965-1971) en el madrileño Paseo de la Castellana aceptan veladamente la pujanza de los rascacielos neoyorquinos. Todos ellos, y muchos más, indican la autoridad de Gutiérrez Soto en la capital de España, trufada de creaciones suyas, que también se extienden por decenas de ciudades españolas como Palma de Mallorca – confesaba que el Palacio Juan March era su obra más lograba–, Barcelona, Vigo, Málaga o Cádiz, entre otras, que hacen de él el gran “pichichi” arquitectónico de la España del siglo XX.

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