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El hombre que lo sabía todo de los espías

Martes 06 de Febrero, 2018
Domenec Pastor Petit fue considerado el mejor espiólogo de Europa. Antes de su muerte el autor de este artículo tuvo la oportunidad de entrevistarlo. Sirva el recuerdo de ese encuentro como un homenaje a su figura. Manuel Carballal.

La primera vez que vi a Domenec Pastor Petit nos citamos en una cafetería muy cercana a su casa, en la calle París de Barcelona. Una calle con mucha historia, como Domenec. Situada en el Ensanche –por el que la Barcelona antigua se expandió tras el derribo de las murallas medievales en 1854–, recibió su nombre actual el 29 de marzo de 1922.

Antes se la conoció como calle de la Industria, y después como calle Miguel Hidalgo y Costilla, pero, aunque los nombres cambian en función del interés político del momento, el contexto histórico es el mismo… al igual que ocurre con los servicios secretos. La calle París, situada no lejos de la calle Ali Bey, que recibe su nombre del espía predilecto de Pastor Petit, es una calle llena de historia. Al igual que los libros de Pastor Petit. Domenec era un hombre bueno. En eso coinciden todos los que lo conocimos.

Se presentó con unas sempiternas gafas de pasta, que aliviaban la vista de quien había examinado miles de documentos; pero sin su característico bigote, aquel con el que aparece junto a algunos de los espías más importantes de la historia, en las fotos en blanco y negro que ilustran sus libros.

A aquel primer encuentro siguieron otros, intercalados entre una nutrida y cariñosa correspondencia, en la que asumía el rol de padre protector o hermano mayor, que, con la experiencia de los años y el rodaje internacional, podía predecir los errores que cometería el novato, preocupándose por evitárselos. Y con su eterno espíritu docente: enviándonos libros, vídeos y cintas, con entrevistas y documentales para ayudar a formarnos una idea veraz sobre lo que es realmente el mundo del espionaje.

Generoso en los contactos, tanto como en la información, nunca dudaba en hacer de intermediario entre el investigador y algunos de esos nombres propios de la historia del espionaje, que han escrito la historia del siglo XX y XXI desde las sombras.

Autor de medio centenar de libros imprescindibles –algunos bajo el pseudónimo de Ramón Berenger–, el historiador catalán nacido en L’Hospitalet de Llobregat en 1927 está considerado el mayor especialista europeo en espionaje.

Su muerte, el 30 de octubre de 2014, nos privó de uno de los espiólogos más documentado y con las mejores fuentes del mundo. Y truncó sus últimos proyectos: la tercera edición ampliada de su fundamental Diccionario enciclopédico del espionaje y un nuevo libro sobre el espionaje en la guerra civil española, con informes originales de ambos bandos. Antes de su fallecimiento, tuvimos la oportunidad de entrevistarle.

 

UN HISTORIADOR EN EL PAÍS DE LOS ESPÍAS

Domenec Pastor Petit llegó al mundo del espionaje por casualidad. Antes de su primer libro sobre el tema, ya había publicado otros ensayos u obras dramáticas como Un grito de rebelión o Lluvia, ambos de 1954. Por fin, en 1962, presentó Espías en acción.

“En la primavera de 1962, Mario Lacruz, responsable de una editorial barcelonesa (Argos), me encargó que escribiera un libro sobre espionaje. Confieso que al principio el asunto me pareció ingrato y tentado estuve de rehusar… Pero luego, al documentarme hasta la saciedad y reflexionar seriamente sobre la materia, descubrí al hombre en el espía. Tras el juego repelente de los impostores, tras las fórmulas secretas y la lucha sórdida entre el espionaje y el contraespionaje, estaba el hombre enmascarado de agente secreto. Su vida y a menudo su ideal”.

Pastor Petit se enamoró de la figura del espía. Una pasión a la que fue fiel toda su vida. Como hoy recuerda su hermano Jordi, “viajó muchísimo y entrevistó a muchos espías alemanes, ingleses, norteamericanos e incluso de la KGB, sobre todo relacionados con la Segunda Guerra Mundial”. Escribir sobre espionaje en 1962, en plena dictadura franquista, era algo complicado y peligroso. Sobre todo si entre sus estudios pretendía incluir a los servicios de espionaje de Franco.

 

NIDO DE ESPÍAS

P: En varios de tus libros, como Espionaje, España 1936-1939 (1977), Dossiers secretos de la Guerra Civil (1978) o el voluminoso Espionaje: la Segunda Guerra Mundial y España (1990), mantienes que España siempre tuvo un gran protagonismo en la I y II Guerra Mundial, a pesar de no haber participado en ellas, porque era el terreno de juego de numerosos espías internacionales.

R: Así es. Ya durante la I Guerra Mundial, muchos de los espías más famosos de todos los tiempos visitaron España y realizaron trabajos de inteligencia y espionaje desde diferentes ciudades españolas. Hablo de personajes tan importantes como Mata Hari, el almirante Canaris, etc.

P: ¿Mata Hari?

R: Mata Hari llega España en octubre de 1916. Entra por Gijón, y de allí se traslada a Madrid, donde se aloja en el Hotel Palace. Allí establece contacto con el agregado militar de Francia, el coronel Danvignes, que como tantos intentó cortejarla. Una visita similar hará al agregado militar alemán en Madrid, el mayor Von Kalle, auténtico jefe de la misión diplomática en España, por encima incluso del embajador Ratibor. Mata Hari intriga con las informaciones que obtiene de unos y otros. Pero, para entonces, la inteligencia francesa ya estaba tras la pista de la agente H-21, nombre en clave de Mata Hari, y era cuestión de tiempo que fuese descubierta. Precisamente en Madrid recibió el telegrama que la hizo regresar a París, donde fue detenida. Solo un año después sería fusilada.

P: Mata Hari dijo: “Si alguien dice que me proporcionó información secreta, el delito lo cometió él, no yo”. ¿Realmente merecía morir?

R: No. Jacques Delarue, que fue un miembro relevante de la Policía Judicial francesa, me confesó que la condena de Mata Hari fue un lamentable error. Me dijo que “la holandesa no fue descrita como una competente espía. Nada de cuanto informó era desconocido por el II Reich, no merecía morir”.

P: Ese año, 1916, también llega a España el almirante Canaris…

Wilhelm Canaris llegaría a liderar la Abwehr, el servicio secreto alemán, durante la II Guerra Mundial, lo que le llevaría a viajar a España en muchas ocasiones, pero antes de eso ya había estado en nuestro país. En 1916 su barco, el Dresden, había sido hundido en la costa americana. Escapó a Chile y desde allí, con pasaporte falso, viajó a Madrid bajo la identidad de Reed Rosas. En España trabajó como espía de los alemanes a las órdenes de Von Krohn, tejiendo una red de informadores en la costa, preferentemente marineros que conociesen los barcos y pudiesen informar de la actividad portuaria y del tráfico marítimo. Canaris reunía la información, después volvía a la casa de Von Krohn en Madrid y allí redactaba sus informes para Berlín. Años después, integrado ya como oficial de confianza de Hitler en el III Reich, llegaría a dirigir su servicio de espionaje, aunque, como Mata Hari, él también terminaría fusilado.

P: En la Guerra Civil española nuestro país vuelve a convertirse en un nido de espías.

R: Era lógico. Había muchos intereses en juego y a España llegaron voluntarios de diferentes países para combatir… o para espiar.

P: ¿Por ejemplo?

R: Por ejemplo, Kim Philby, uno de los mejores espías de todos los tiempos. Philby llegó a España en febrero de 1937. Entró por Sevilla desde Portugal. Bajo la identidad de un supuesto corresponsal de prensa se dedicó a espiar a Franco para los servicios de inteligencia soviéticos.

Y a pesar de que llegó a contemplarse la posibilidad de que Philby asesinase al general Franco, su tapadera resultó tan convincente y sus crónicas periodísticas gustaron tanto al Caudillo que él mismo llegó a condecorarlo con la Cruz Roja al Mérito Militar en 1938. Aunque a quien engañó de verdad fue a los servicios secretos británicos, llegando a convertirse en jefe de la contrainteligencia británica, que nunca sospechó que en realidad era un espía de los soviéticos.

 

LAS DAMAS DEL ESPIONAJE

Para su segundo libro sobre espías, Domenec Pastor Petit escogió un tema absolutamente inusual: las mujeres en el mundo del espionaje. De hecho, a pesar de que La mujer en el espionaje (Zeus) se publicó en 1965, continúa siendo una obra de referencia y, junto con Mujeres espías (Debate, 2008), de Laura Manzanera, prácticamente la única obra en español sobre el papel de las féminas en los servicios de inteligencia. Su libro se convirtió en un clásico y en 1975 se tradujo al polaco con el título Kobieta szpieg. Según me explicó Domenec, con algunas de ellas tuvo una relación directa, inesperada.

P: ¿Por qué un libro sobre las mujeres en el espionaje?

R: Porque son las grandes desconocidas. A pesar de la fama internacional de Mata Hari, que eclipsó a todas las demás, han existido miles de mujeres espías a lo largo de la historia, que con frecuencia han sido más eficientes que los hombres.

P: ¿Por ejemplo?

R: La condesa Lucy Hay de Carlisle, Belle Boyd, Harriet Tubman, la condesa Virgina de Castiglione, Mathilde Carré “la gata”, Gertrude Bell, Violette Szabo, la enfermera Edith Cavell… Ya en la Biblia Dalila o Rahab son ejemplos de mujeres que conspiraron o reunieron información para uno u otro bando.

Entre esas aventureras, que pusieron su talento y su vida al servicio de una causa en la que creían, destacan algunas españolas, como la cántabra Marina Vega de la Iglesia (ver Historia de Iberia Vieja, nº 149).

Pastor Petit relató una jugosa anécdota sobre estas fascinantes damas del espionaje. En 1980 escribió una obra de radioteatro, otra de sus ocupaciones, titulada La espía La Blonde en el Ebro, que se emitió en Radio 4 de Radio Nacional de España interpretada por Mercedes Sampietro y dirigida por Ricardo Palmerola (el maestro Yoda de Star Wars).

La Blonde era un enigmático personaje que Pastor Petit menciona en su libro Los dossiers secretos de la Guerra Civil. Trabajó de agente doble desinformando al bando nacional: “Hacia fines de diciembre de 1938, el SIPM –el Servicio de Información del bando nacionalista– llegó a tener conocimiento de que, efectivamente, Le Blonde había sido desenmascarado por el mando republicano y obligado a representar el papel que hemos visto. Según el informe reproducido, la intoxicación fue total desde el 25 de julio hasta el 26 de septiembre de 1938, con creciente escepticismo a partir de la última fecha y hasta diciembre de 1938. La comunicación por radio no se interrumpió, sin embargo, hasta el 25 de enero de 1939. Puede proponerse el siguiente balance: Dos meses de eficaces y corrosivas intoxicaciones a favor del Estado Mayor republicano y en perjuicio de los sublevados”.

Pues bien, el 20 de febrero de 1979, tal como recuerda en otra de sus obras, Espies catalanes (Portic, 1988), Petit recibió una llamada en su domicilio. Una voz enérgica de mujer anciana en perfecto catalán le dijo:

–Le ruego que no me haga preguntas. Yo soy La Blonde y no Le Blonde. Sepa, señor, que obré por amor cuando defendía a los “nacionales”, y por amor también cuando los engañé. Soy una mujer, no un hombre, y catalana, no francesa. Me hacía llamar Le Blonde, como si fuera un hombre y extranjero, para despistar mejor. El amor me hizo ver las cosas más claras; el amor y no la política. Mi hombre murió en un bombardeo. Todo lo hice por él. En este punto le interrogó Petit:

–Espere. ¿Se refiere al agente que la, digamos, asimiló y la hizo cambiar?

–¡Sí, sí! Insisto: obré siempre por amor. Nunca he sido de derecha ni de izquierda. ¡Odio aquella guerra! Y a los que como usted hablan y escriben de ella, no hacen más que hurgar en la herida.

¡Ya basta! ¿Me ha entendido? ¡Lo hice por amor! No soy una Mata Hari. Los espías me dan asco. El hombre que quise era un idealista. Y no escriba más sobre mí. Pero, si lo hace, recuerde que todo pasó por azar, y que no soy una mujer maquiavélica. A mí me lo daban todo hecho. ¿Lo entiende? El amor fue la causa de todo. Los compañeros que cooperaban conmigo están todos muertos. ¡No conozco a nadie más!

 

HÉROES EN LA SOMBRA

Por amor, por ideología o por dinero, lo cierto es que, según la experiencia de Domenec Pastor Petit, los espías no han ocupado su merecido lugar en la historia.

–Los espías han salvado miles de vidas. Sun Tzu decía en su El arte de la guerra que un solo espía vale por mil soldados. Personajes como Joan Pujol –Garbo– o Richard Sorge, por ejemplo, consiguieron adelantar con sus informes el desenlace de la II Guerra Mundial, informando a los mandos de cuáles eran las estrategias más oportunas para terminar con el conflicto. Ellos arriesgaron sus vidas para obtener una información que influyó definitivamente en el desarrollo de la guerra, y sin disparar un solo tiro. Solo con la información consiguieron que se acelerase el fi n de una guerra que podría haber costado muchos millones de vidas más. Lamentablemente los mejores espías, esos que nunca fueron descubiertos, jamás recibirán el reconocimiento público. Porque su destino es vivir y morir en las sombras…

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