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Marinero en tierra: el revolucionario Rafael Alberti

Miércoles 21 de Febrero, 2018
Fue pintor y, por encima de todo, poeta. Fue aclamado por la crítica y recibió el calor de Juan Ramón Jiménez. En unos años de vanguardia y búsqueda de voces singulares, nos enseñó que a veces no hay nada más atípico que seguir la senda del pasado

RAFAEL ALBERTI (1902-1999) fue pintor y, por encima de todo, poeta. Estuvo ahí desde el principio: Marinero en tierra (1924), un maduro cuaderno de ejercicios habitado de nostalgias y andalucismo, fue aclamado por la crítica y recibió el calor de Juan Ramón Jiménez. En unos años de vanguardia y búsqueda de voces singulares, este hijo del Puerto de Santa María (Cádiz) nos enseñó que a veces no hay nada más atípico que seguir la senda del pasado, la de los clásicos Gil Vicente, Garcilaso de la Vega y Pedro Espinosa, la de los sonetos y las canciones populares.

Del garbo alegre de su primer libro evolucionó hacia el gongorismo, contraseña de su grupo, y en Cal y canto (1927) dejó atrás los litorales de su infancia para cantar al billete de tranvía o al portero húngaro del Barcelona Franz Platko. “Yo nací –¡respetadme!– con el cine”, anuncia en uno de sus poemas.

Pues bien: en su siguiente libro, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), parte de una cita de Calderón de la Barca para homenajear a la comedia muda americana.

Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Laurel y Hardy, Ben Turpin o Harry Langdon le inspiran poemas tiernos y divertidos, en los que declara su fascinación por el séptimo arte, común a tantos miembros de su grupo; ese mismo año, Francisco Ayala publicaría Indagación del cinema.

Escritos entre 1927 y 1928, en una fase de profunda crisis espiritual en la que se plantea incluso dejar de escribir, los poemas de Sobre los ángeles se echan en brazos del surrealismo, pero sin perder de vista sus raíces hispánicas (de hecho, el título de una de las partes, Huésped de las nieblas, remite a una rima de Bécquer). Alberti se desenvuelve a la perfección con los versos cortos de las primeras composiciones y los versículos que se van adueñando de su voz para testimoniar una angustia en la que los ángeles, sueltos “en bandadas por el mundo”, encarnan la crueldad, la agonía y la desolación, pero también “lo bueno que había en mí y me cercaba”.

A partir de 1931, su poesía se aleja de lo burgués y vibra con la razón revolucionaria. Son los años de El poeta en la calle, De un momento a otro o Entre el clavel y la espada. Miembro del Partido Comunista desde 1931 y de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, creada en 1936, partió al exilio al término de la Guerra Civil, y no volvió hasta 1977. Sus memorias, los cinco tomos de La arboleda perdida, son una obra indispensable para conocer las vicisitudes no ya de un poeta, sino de la poesía y la cultura española del siglo XX.

 

“Me marché con el puño cerrado... Vuelvo con la mano abierta”

“Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera”

“Yo nunca seré de piedra, lloraré cuando haga falta, gritaré cuando haga falta, reiré cuando haga falta, cantaré cuando haga falta”

“La ciudad es como una casa grande”

“Hace falta estar ciego, tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio, cal viva, arena hirviendo, para no ver la luz que salta en nuestros actos”

“Las palabras abren puertas sobre el mar”

“Nunca escribió su sombra la fi gura de un hombre”

“Ya sabéis que mi boca es un pozo de nombres de números y letras difuntos”

“Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya”

“POR LAS CALLES, ¿QUIÉN AQUÉL? ¡EL TONTO DE RAFAEL!”

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