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El payaso que inspiró a Chaplin

Martes 20 de Marzo, 2018
Marceline, un payaso español, conquistó los escenarios con los mayores espectáculos del mundo. Llegó a lo más alto y cayó desde la misma altura. Vivió dos veces: en una vida como el mejor payaso del mundo y la otra, el más absoluto de los olvidos.

Si todos, de uno u otro modo, tenemos una autobiografía moldeada por la pérdida de recuerdos, por la modificación a conveniencia de los hechos, por el influjo de los deseos, no va a ser menos la de un artista, más aún si ese artista no es solo un payaso, sino que es el «payaso más grande del mundo».

Y si bien este último calificativo puede ser chocante para un individuo de poco más de metro y medio, no lo es para quien realmente conquistó con éxito los escenarios más importantes de un siglo XX que acababa de despertar.  Así pues, entre crónica y leyenda, esta es la historia de Marceline.

Marcelino Orbés nació en Jaca (Huesca) en 1873, era hijo de Juana Casanova y Manuel Orbés, un peón caminero de Zaragoza. Quizá un día sus padres lo «entregaron» al circo, o tal vez Marcelino huyó de casa para enrolarse en la tropa de los Martini, acróbatas italianos afincados en España.

Que a finales del siglo XIX pudieran comprarse e incluso robarse niños para ponerlos a trabajar en un circo o en cualquier otra industria, dijeran lo que dijeran las leyes, es algo que no ha de extrañarnos, pues hoy, salvando todo tipo de distancias y matices, sigue sucediendo en rincones más o menos apartados de nuestro mundo.

El propio Marcelino se deleitó difundiendo hechos más fantásticos que veraces sobre su propia historia (como decir que era hijo de un arquitecto), lo que dificulta en gran medida saber a ciencia cierta quién fue, dándole al mismo tiempo, cosa que seguramente pretendía, un inconfundible barniz de gran artista.

Así, por poner solo un ejemplo, Marcelino reconocía ante un supuesto periodista que él era en realidad el príncipe Alejandro de Bulgaria, que había sido secuestrado por los rusos y consiguió escapar y ocultar su identidad trabajando en el circo.

Como señala el periodista Mariano García Cantarero en sus estudios sobre el payaso: “Lo más probable es que el muchacho se empeñara en enrolarse en el circo y que su familia acabara cediendo a sus deseos. Grandes figuras, desde Sarrasani a Grock, tuvieron comienzos parecidos.

Marcelino empezó colocando las sillas en el circo Alegría, que a finales de siglo era el mejor de España y que periódicamente actuaba en Barcelona, Zaragoza, Valencia y Palma, y allí se fue fraguando como acróbata. Quería ser payaso, pero sus mentores le hicieron acróbata. De España, y aún muy joven, dio el salto a Europa. Y recorrió el continente casi por completo: Francia, Alemania, Italia, Holanda, Bélgica...” .

Otra de las «crónicas» sobre el origen de su vida escénica cuenta cómo, tras escapar de un policía por haber realizado una fechoría, Marcelino llega al Circo Alegría, en Zaragoza, donde el jefe de pista le dijo:

–¿Qué sabes hacer?

–Cualquier cosa –respondió.

–¿Puedes hacer tres flic flacs seguidos? (Voltereta apoyando en el suelo solo las manos).

–Cinco –le dijo.

–Hazlos –pidió el jefe de pista. Y el chaval hizo siete, en lugar de cinco, lo que le valió la admiración de ese hombre.

–Eres un jovencito divertido –dijo el jefe de pista–, así que será mejor que hagamos de ti un payaso. ¿Cómo te llamas? El muchacho titubeó un momento y dijo:

–Marceline.

No era su verdadero nombre, pero temía que, si le decía el auténtico, la policía pudiera detenerlo, así que le dio el nombre de Marceline. “Entonces viajó de país en país, haciendo que millones de personas rieran, hasta que finalmente se convirtió en el mejor payaso del mundo, y fue a Londres, donde, durante cinco años, fue el clown idolatrado de toda Inglaterra”, escribe García Cantarero.

Y, al menos esas últimas líneas, cuentan la verdad; Marceline se convirtió en el payaso más importante de Londres, donde estuvo en cartel cinco años consecutivos en el Hippodrome, un auténtico templo del espectáculo construido a principios del siglo XX.

EL ESPECTACULAR SIGLO XX

El desarrollo industrial y social que vive desde sus orígenes el siglo XX lleva a construir grandes espacios en los que mostrar impresionantes espectáculos de masas donde intervienen cientos de artistas, así como animales de todo tipo, grandes estructuras escenográfi cas y toda suerte de maquinaria para efectos, incluyendo proyecciones de un cinematógrafo que muestra sus avances.

Ya en 1894 un veinteañero Marcelino, que usaba Marceline como nombre artístico, actúa como payaso en Amsterdam, en el circo de Oscar Carré. Le gustaba precisar que no era un «payaso», sino un «augusto».

Si somos exactos con los términos hay que decir que un payaso, o en inglés un clown, es el que desde niños hemos visto en los circos con la cara pintada de blanco (Carablanca es otro de los nombres que se le da) y con vestuarios dorados y/o plateados, mostrando una elegancia que va más allá de lo estrambótico. Un augusto es lo que un niño llamaría sencillamente «el tonto, el torpe», con una nariz roja y un vestuario varias tallas más grande, unos zapatos de idénticas proporciones y un sombrero amplio que parezca haber sido pisoteado con deleite. Generalmente, en la tradición del circo, un dúo de payasos está formado por un carablanca y un augusto.

Como un buen augusto, al salir a la arena, Marceline se dedica a ayudar a los mozos de pista del circo. Esta misión se concreta en deshacer lo hecho, incordiar con insistencia, tropezar con todo, aparentar que se hace, deshacer de nuevo… En definitiva: hacer reír a niños y mayores sirviendo además de intermedio mientras se cambia la pista del circo para el siguiente número.

Dos años después de su paso por Amsterdam, Marcelino ya se encuentra actuando en Londres y en 1900 comienza su éxito en el Hippodrome, un teatro para grandes eventos que cuenta con una peculiaridad: en el centro del enorme escenario hay instalada una piscina de dos metros de profundidad con capacidad para trescientos metros cúbicos de agua. Se utilizaba para los espectáculos acuáticos pudiendo cubrirse para el resto de números.

Mil trescientos cuarenta espectadores podían contemplar cómo se pasaba de los números circenses a ballets, pantomimas, espectáculos con animales, representaciones teatrales y, en cuestión de minutos, con un rápido cambio de escenario, a vibrantes recreaciones acuáticas.

En el Hippodrome de Londres participó Marcelino en un gran espectáculo, Cinderella (Cenicienta), también formaba parte del elenco un niño de diez años que tiempo después escribiría esto:

“En Navidad nos contrataron para representar los papeles de gatos y perros en La Cenicienta, en el Hippodrome de Londres. Una fila tras otra de muchachas guapas, con relucientes armaduras, entraban marcialmente y desaparecían por completo bajo el agua. Cuando se sumergía la última fi la, Marceline, el gran payaso francés (payaso francés es otra forma de denominar al augusto, no hace referencia a la nacionalidad de Marceline), vestido con un esmoquin muy holgado y con un enorme sombrero de copa, aparecía con una caña de pescar, se sentaba en una silla plegable, abría una gran caja de joyas, cebaba el anzuelo con un collar de diamantes y después lo lanzaba al agua. Al cabo de un rato lo cebaba con joyas de menos valor, arrojando algunas pulseras, hasta vaciar por completo el joyero. De repente sentía un tirón del sedal y empezaba a dar vueltas cómicamente, luchando frenético con la caña, y sacando un perrito adiestrado, que imitaba todo cuanto hacía Marceline: si este se sentaba, el perro se sentaba; si se ponía cabeza abajo, el perro hacía lo mismo”.

“El número de Marceline era divertido y encantador, y todo Londres enloqueció. En la escena de la cocina me dieron un pequeño papel, que tenía que representar con él. Yo era un gato, y Marceline, huyendo de un perro, caía sobre mi espalda, mientras yo me bebía la leche. El público se moría de risa, probablemente porque el gesto era impropio de un gato. Por fi n me fi jé en el director y salí del escenario en medio de grandes aplausos. ¡No lo vuelvas a hacer nunca más! —me dijo sin aliento—. ¡Harás que el lord chambelán nos cierre el teatro!”.

La Cenicienta fue un gran éxito, y Marceline era la principal atracción. El niño que actuó con Marceline y posteriormente escribió esto en su autobiografía era... Charles Chaplin.

NEW YORK, NEW YORK

“A pesar de que no me siento de ninguna manera incapacitado para actuar como augusto, las demandas del público son tan agotadoras que siento que tengo que cambiar de escena, tomar un soplo de aire fresco. He aceptado trabajar para los señores Thompson y Dundy para abrir el Hippodrome de Nueva York el 20 de marzo con un salario que es mayor del que ningún otro artista ha cobrado en mi campo”, escribió.

El 20 de marzo de 1905 llega Marcelino a Nueva York, el 25 son trasladados siete elefantes, veinte perros de San Huberto y ciento treinta y dos caballos, capaces de nadar y bucear, para la función inaugural del Hippodrome neoyorkino, destinado a ser el teatro más grande y más dotado de medios técnicos del mundo. Si el Hippodrome de Londres contaba con un enorme tanque de dos metros de profundidad, que se llenaba para espectáculos acuáticos, el del Hippodrome de Nueva York era aún mayor, tenía cuatro metros; el espectáculo The Raidders finalizaba con una batalla en la que los caballos se lanzaban a ese tanque de agua, se conserva incluso un fragmento de película en el que se ve cómo se desmorona un puente y personas y animales caen al agua, auténticos espectáculos de efectos especiales que, sin ser conscientes de ello y para su posterior pesar, anticipaban las ideas que desarrollaría el cine –como ejemplo lo que hoy llamamos cine de acción. Al contemplar esas imágenes en movimiento que nos han llegado podemos sentir que prácticamente los espectáculos que ofrecían eran ya “cine en directo”.

Posteriormente, el cine abarataría costes, pues no requería producción de medios para cada función, para filmar solo había que hacer el espectáculo en una ocasión, después la película podía proyectarse una y otra vez, y, aunque requiriera cada secuencia varias tomas, el alcance de público iba a ser mucho mayor.

Así es, de la misma manera que los grandes espectáculos que ofrecía el siglo XX en sus comienzos, con todo el desarrollo que adoptó y adaptó, venían a poner fin a tipos de espectáculo anteriores, otras nuevas formas de entretenimiento de masas vendrían después a terminar con la grandeza de estos «hipódromos» (hoy con suerte convertidos en casinos o desaparecidos), por un lado el music–hall ofrecía precios asequibles y diversión para las clases populares, por otro lado el que venía a derrotar al “mayor espectáculo del mundo” y a proclamar una nueva era: el cine.

Pero que no parezca que estamos hablando de cosas menores, en su primer mes el Hippodrome de Nueva York, con capacidad para más de 5.000 personas y realizando de lunes a sábado dos pases diarios, tuvo 223.000 espectadores. En ese espacio, auténtico circo en pleno Manhattan, que contaba entre otros avances con aire acondicionado y más de 7000 bombillas, siendo uno de los primeros espacios en los que comenzó a usarse la luz eléctrica, Marceline vivió en 1905 el mayor éxito de su carrera, un año antes había compartido escenario con otro de los gigantes del momento: Houdini.

En sus memorias otro artista cuenta cómo recuerda su participación siendo un joven que actuaba junto a su familia en un espectáculo en el Hippodrome, con más de mil personas en escena y casi otras tantas entre bambalinas. Recuerda el joven lo bien que fueron tratados él y su pequeña compañía familiar por Marceline y el resto de artistas. Este joven se convirtió al tiempo en Cary Grant “Creo que es el payaso más grande que vi nunca.” La declaración es de Buster Keaton, quien añadió en 1960: “Mis payasos favoritos son Marceline del Hippodrome y Slivers Oakley del espectáculo de Barnum & Bailey”.

Slivers era un famoso clown europeo, los empresarios del Hippodrome pensaron que sería una gran idea que hiciera dúo con Marceline. A pesar de las reticencias de ambos, sucedió. Se convirtieron en compañeros de escena, con el clásico divismo que se ha dado en podríamos decir todos los dúos cómicos de la historia, en esa lucha para ver cuál era el número uno. Slivers había triunfado con un número en el que él sólo jugaba un partido de béisbol y, a pesar de no jugar contra nadie más, acababa perdiendo. Era un hombre alto que llevaba grandes zapatones, el efecto de verlo junto a Marceline, que no alcanzaba el metro sesenta, era ya cómico en sí. Durante un tiempo trabajaron juntos en el mayor teatro del mundo.

LA TRAGEDIA DE LOS PAYASOS

Slivers, el colega en escena de Marceline, era viudo y tenía una hija pequeña, se enamoró de una joven de dieciséis años que le llamaba Viola Stoll. Él le regaló joyas que habían sido de su mujer. Ella, que pretendía ser bailarina, necesitada de dinero, empeñó alguna de esas joyas para huir con el resto. Fue detenida por la policía, Slivers la visitaba en la cárcel e intentó interceder por ella para que pudieran verse en libertad. Ella dejó claro que no le amaba y pidió que no se permitiese que el payaso la visitara. Slivers, encerrado en su apartamento, con el corazón destrozado, dejó la llave del gas abierta el 8 de marzo de 1916. Ese fue su final.

Las declaraciones de Marceline tras el fallecimiento de su antiguo compañero no fueron muy amigables “Está muerto y yo digo: Pobre hombre. Lo siento, pero Slivers siempre pensó que era mejor que Marcelino. Yo digo las cosas como son. Digo a la cara lo mismo que digo a espaldas de alguien. Slivers, no. Cuando yo estaba presente decía que yo era el primero. Con otra gente siempre decía que él era el primero y yo el segundo. Eso no me gusta. Slivers tenía el número del béisbol. Eso era todo. No era un acróbata”.

Slivers se sumaba a la lista de los payasos que habían vivido la comedia en la escena y la incomprensión, lo que poéticamente se llama melancolía, fuera de ella. El desamor, el fracaso, la ruina económica, la enfermedad son algunas de las cartas repartidas en la timba nocturna de los clowns; a muchos de ellos les vino mal la mano.

En la segunda mitad del siglo XX, en nuestro país, uno de los hermanos Tonetti, Manuel Villa del Río, puso fin a su vida tras sufrir la ruina y posterior depresión.

Chaplin de niño fue testigo del talento de Marceline. Marcelino nació en 1873, Chaplin en 1889. Esos dieciséis años de diferencia fueron posiblemente los que diferenciaron dos épocas de cómicos: Chaplin llegó al cine y de alguna manera lo reinventó, estuvo en el momento y lugar adecuados, Marceline, en cambio, pese a que sí protagonizó una película hoy perdida, no supo acostumbrarse a la nueva era. Así cuenta el propio Chaplin su encuentro con él: “Años más tarde Marceline fue al Hippodrome de Nueva York, donde también causó sensación. Pero cuando el Hippodrome suprimió la pista de circo, cayó pronto en el olvido. Hacia 1918, el circo de tres pistas de los hermanos Ringling vino a Los Ángeles. Marcelino trabajaba con ellos. Esperaba que figuraría como la gran estrella, pero 

“me sorprendió comprobar que era uno de tantos payasos que corrían alrededor de la enorme pista: un gran artista perdido en el vulgar lujo de un circo con tres pistas. Fui después a su camerino y me di a conocer, recordándole que yo había hecho de gato con él. Pero reaccionó con apatía. Incluso, bajo el maquillaje de payaso, parecía malhumorado y como si estuviera sufriendo un melancólico letargo.

Un año más tarde se suicidó en Nueva York. Un breve suelto en los periódicos informaba de que un inquilino de su misma casa había oído un disparo y había encontrado a Marceline tendido en el suelo con una pistola en la mano, mientras seguía sonando un disco: Moonlight and Roses».

En el entierro de Marcelino, con solo unas decenas de personas, hubo, entre otras, una corona de flores enviada por Chaplin. No había ido demasiado bien la vida para el payaso augusto, desde luego no la privada, se conserva una documentada acusación de malos tratos de Marcelino hacia su esposa, Louisa.

Él pidió el divorcio porque durante el matrimonio ella tuvo un bebé de otro hombre, el niño murió al poco tiempo. Marcelino y Louisa se separaron, ella volvió a Inglaterra y al tiempo él viajó a Europa para formalizar el divorcio. También terminó en separación la vida con su segunda pareja.

Vivía solo en un hotel, actuaba en pequeños eventos y, en los ratos de ocio, iba al cine (como quien se rinde ante un monstruo invencible que ya le está devorando). Tampoco fue bien la vida pública; una gira por Cuba que fue un fracaso absoluto, la quiebra del gran restaurante donde había invertido una fortuna, actuaciones en escenarios menores y una vuelta al Hippodrome que demostró que ya nada era lo mismo, actuaciones llenas de ternura para niños enfermos... Nuevos intentos fallidos. Poco dinero, pocas funciones, proyectos que no daban comienzo, el globo del éxito se desinflaba ante la sonrisa triste del payaso.

David Robinson, biógrafo de Chaplin, piensa que Marcelino inspiró al payaso de la película Candilejas. Fue también la impresión que yo tuve al zambullirme en la vida y obra de Marceline.

 

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